El sol de agosto caía implacable sobre la hacienda Santa Gertrudis en las afueras de Puebla. Era 1789 y el polvo del camino real se mezclaba con el olor a caña de azúcar que llegaba desde los campos. Dentro de la casona principal, donde las paredes gruesas de adobe mantenían un fresco artificial, doña Lucía de Villaseñor y Alarcón observaba por la ventana del segundo piso.

Sus manos, todavía elegantes a pesar de sus 42 años, sostenían con fuerza el rosario de perlas que había sido de su abuela. Desde esa posición privilegiada podía ver el patio de servicio, donde las esclavas lavaban la ropa en grandes tinas de madera, pero sus ojos no seguían el movimiento repetitivo de las manos sobre las prendas.

Estaban fijos en una sola figura. Isabel movía las sábanas con una gracia natural que contrastaba con el trabajo brutal. Su piel, del color de la canela oscura brillaba bajo el sol. Tenía 23 años y aunque su condición la obligaba a trabajar desde el amanecer hasta el anochecer, había algo en ella que no se podía quebrar.

Quizás era la forma en que alzaba la barbilla cuando creía que nadie la observaba o el brillo de inteligencia en sus ojos negros. Doña Lucía apretó más fuerte el rosario. Sabía exactamente qué veía su esposo en esa mujer. Antes de continuar con esta historia, me gustaría pedirte un favor. Si estás disfrutando este relato, suscríbete al canal para no perderte más historias como esta y déjame un comentario contándome desde dónde nos estás viendo. Tu apoyo significa mucho.

Ahora sí, continuemos. El coronel don Esteban de Villaseñor había regresado de la ciudad de México hacía tres días. Como comandante de la guarnición regional, sus ausencias eran frecuentes y prolongadas. Lucía había aprendido a llenar esos vacíos con la administración de la hacienda, las obras de caridad en la parroquia y las largas conversaciones con su confesor, el padre Marcelino.

Pero esta vez algo había cambiado. Lo notó en la forma en que Esteban evitaba su mirada durante la cena, en cómo se retiraba temprano a su despacho, en el nerviosismo de los sirvientes cuando ella entraba a una habitación. Fueron los rumores del mercado los que confirmaron sus sospechas. Su propia dama de compañía, doña Ramona, había regresado del pueblo con la noticia entregada con la delicadeza de quien maneja un cuchillo afilado.

Dicen que Isabel está en estado, señora. Ya van tres meses. Según comentan las lavanderas, Lucía había recibido la información sin pestañear, agradeciendo la discreción antes de despedir a Ramona. Luego a solas había permitido que la rabia la invadiera. No era la primera vez. Había habido otras, por supuesto, pequeñas indiscreciones que ella había ignorado, creyendo que eran parte del precio de un matrimonio ventajoso. Pero esto era diferente.

Esa noche, durante la cena, Lucía rompió el silencio que se había instalado entre ellos. Necesito hablar contigo sobre un asunto delicado, Esteban. Su esposo levantó la vista del plato de mole, su rostro aún apuesto, a pesar de los 47 años que cargaba. Las canas en sus sienes le daban un aire distinguido que a Lucía siempre le había parecido injusto.

Los hombres envejecían con dignidad, mientras las mujeres simplemente envejecían. Sobre qué, querida. La voz del coronel era controlada, pero Lucía detectó la tensión. Sobre Isabel dejó el nombre suspendido en el aire como una acusación. Y sobre el niño que espera, Esteban dejó los cubiertos con cuidado. No sé de qué me hablas. No me insultes con mentiras, por favor.

Tengo ojos y oídos en esta casa y también en el pueblo. Lucía tomó un sorbo de vino. Necesitaba algo que calmara el temblor en sus manos. Solo quiero saber qué piensas hacer al respecto. El coronel se recostó en su silla estudiando a su esposa. Habían pasado 20 años desde su matrimonio, arreglado por sus respectivas familias para unir fortunas y apellidos.

Lucía había traído una dote considerable y conexiones con la nobleza española. Esteban había aportado las tierras, el título militar y el prestigio local. Habían cumplido su deber dándole a la familia dos hijos varones que ahora estudiaban en el seminario de la capital. Pero el amor, esa cosa esquiva de la que hablaban los poetas, nunca había existido entre ellos.

Es mi hijo”, dijo finalmente Esteban, “y lo reconoceré como tal”. El golpe de la copa de Lucía contra la mesa resonó en el comedor. ¿Estás loco? Reconocer al bastardo de una esclava. ¿Tienes idea del escándalo que provocarías? No es el primero en hacerlo. Don Álvaro de Lisarazo reconoció a tres y su esposa lo aceptó con gracia.

Doña Beatriz de Lisarazo es una tonta sin dignidad, escupió Lucía. Yo no lo soy. Esteban se puso de pie, su estatura imponente proyectando una sombra sobre la mesa. No te estoy pidiendo permiso, Lucía, te estoy informando. El niño llevará mi apellido. Le daré una educación y un futuro. Hace por encimade mi cadáver.

Si es necesario, las palabras quedaron flotando entre ellos, frías y definitivas. Durante las semanas siguientes, la tensión en la hacienda Santa Gertrudis se volvió palpable. Los sirvientes caminaban de puntillas, evitando provocar la ira de doña Lucía, quien pasaba horas en su habitación o en la capilla privada.

Isabel fue trasladada a una casita pequeña en el extremo opuesto de la propiedad, alejada de las miradas curiosas y los comentarios venenosos de las otras esclavas. El coronel la visitaba abiertamente, sin preocuparse por las apariencias, llevándole frutas frescas, telas finas y todo lo que pudiera necesitar.

Lucía observaba estos movimientos desde su ventana, catalogando cada transgresión, cada humillación pública. Su mente, educada en conventos y entrenada en la administración de una casa noble, comenzó a trabajar en un plan. No podía detener el nacimiento del bastardo, pero sí podía controlar lo que vendría después.

En diciembre de 1789, Isabel dio a luz a un niño. El parto fue difícil, atendido por la partera más experimentada de la región, traída especialmente por el coronel desde Cholula. El bebé era robusto, de piel más clara que su madre, pero con sus mismos ojos oscuros. Esteban lo sostuvo con una ternura que Lucía jamás le había visto mostrar con sus hijos legítimos.

Lo bautizó como Alonso Ignacio, dejando claro para todos quién era su padre. Es hermoso, ¿verdad?, le dijo el coronel a Lucía cuando finalmente la obligó a conocer al niño. Habían pasado tres días desde el nacimiento. Lucía miró la pequeña cara arrugada sin expresión. Es un bebé. Todos los bebés se parecen.

Es mi hijo insistió Esteban. Y quiero que lo trates con respeto. Lo trataré como lo que es. Un esclavo nacido de esclava, sin importar quién sea su padre. Lucía se dio la vuelta, sus faldas susurrando contra el piso de madera. Pero haré algo más. Le compraré su libertad a Isabel. Esteban la detuvo con una mano en el brazo.

¿Qué? La compraré y la liberaré. Luego le daré dinero suficiente para que se establezca en otro lugar, lejos de Puebla, quizás en Veracruz, o mejor aún en Acapulco. Lucía sonrió, pero no había calidez en el gesto. Por supuesto, se llevará al niño con ella. Es lo mejor. Una madre necesita a su hijo, ¿no crees? No permitiré que te lleves a mi hijo.

No lo estoy haciendo por ti, Esteban. Lo hago por mí, por mi dignidad, por el nombre de esta familia que tanto te esfuerzas en manchar. Lucía liberó su brazo de un tirón. Puedes reconocerlo legalmente si quieres, pero no vivirá bajo mi techo. No soportaré verlo crecer, sabiendo que cada día es un recordatorio de tu traición.

La discusión se extendió durante semanas. Esteban se negaba rotundamente. Isabel lloraba en silencio mientras amamantaba a su hijo y Lucía permanecía firme en su posición. Finalmente fue el padre Marcelino quien medió entre ellos. El anciano sacerdote, confesor de ambos esposos, propuso una solución que ninguno había considerado.

“Dejen que Isabel decida”, dijo durante una reunión tensa en el despacho del coronel. Es la madre, tiene derecho a elegir el futuro de su hijo. Isabel fue llamada. Entró al despacho con el pequeño Alonso Ignacio en brazos, sus ojos moviéndose nerviosamente entre el coronel y doña Lucía.

Nunca había estado en esa parte de la casa. Las paredes forradas de libros, los mapas militares, el olor a tabaco y cuero la intimidaban. Isabel, comenzó el padre Marcelino con voz gentil, doña Lucía ha ofrecido comprarte tu libertad y la de tu hijo. Te daría dinero para comenzar una nueva vida en otra ciudad. ¿Qué opinas? La joven esclava miró al coronel buscando alguna señal.

Esteban tenía el rostro pétrireo, pero sus ojos suplicaban. Yo no sé, padre. Esta es mi casa. Aquí nací. Aquí está mi familia. Pero serías libre, insistió Lucía, podrías trabajar para ti misma, elegir tu propio camino. Tu hijo crecería como un hombre libre sin las cadenas de la esclavitud. Mi hijo ya es libre, respondió Isabel con una firmeza que sorprendió a todos.

El coronel así lo ha declarado y yo yo quiero quedarme. Aquí está todo lo que conozco. Lucía sintió que la rabia la invadía nuevamente, pero mantuvo la compostura. Muy bien, entonces el niño se quedará, pero tú trabajarás como siempre y no habrá privilegios especiales por ser la madre del bastardo del coronel.

Así quedó sellado el destino del pequeño Alonso Ignacio. Greció en la hacienda, entre los campos de caña y los establos, vestido mejor que los otros niños esclavos, pero sin el reconocimiento completo de su padre en público. El coronel lo visitaba regularmente, le enseñaba a leer y escribir en secreto, le contaba historias de batallas y honor.

Isabel lo criaba con el amor feroz de una madre que sabía que su hijo era especial, diferente, marcado por un destino que aún no comprendía del todo. Pero la historia estaba lejos de terminar,porque 18 meses después del nacimiento de Alonso Ignacio, Isabel volvió a quedar embarazada. Y esta vez el coronel no mostró ninguna vergüenza al proclamar que el niño en camino también era suyo.

Lucía recibió la noticia mientras bordaba en el salón principal. Su dama de compañía, doña Ramona, le trajo el rumor con la misma mezcla de lástima y morbo de la primera vez. Dicen que ya van 4 meses, señora. La muchacha no puede ocultarlo más. Esta vez Lucía no lloró ni gritó, simplemente dejó el bordado a un lado y caminó hacia la capilla.

Se arrodilló frente al altar, sus rodillas protestando contra el frío del piso de piedra, y rezó. Rezó por fortaleza, por paciencia, por una señal divina que le indicara qué hacer. Pero las únicas respuestas que recibió fueron el eco de sus propias palabras y el silencio pesado de Dios. El segundo hijo nació en junio de 1791. Era otra vez varón, más pequeño que su hermano, pero igualmente saludable.

El coronel lo llamó Tomás Ignacio, continuando con la tradición de incluir su propio nombre. Esta vez, Lucía no asistió al bautizo. Se encerró en su habitación con Jaqueca, un recurso que comenzaba a usar con frecuencia. Los meses se convirtieron en años. La hacienda Santa Gertrudis continuaba prosperando bajo la administración meticulosa de Lucía, quien canalizaba su dolor en trabajo incesante.

Expandió los cultivos, negoció mejores precios para el azúcar, estableció relaciones comerciales con mercaderes en la Ciudad de México y Veracruz. Si no podía controlar a su esposo, al menos controlaría la fortuna familiar. Esteban, por su parte, dividía su tiempo entre sus deberes militares y sus visitas a la casita donde Isabel criaba a sus dos hijos.

Los niños lo adoraban, corrían a sus brazos cuando lo veían llegar. Escuchaban embobados sus historias. El coronel se sentía más padre con ellos que con sus hijos legítimos, a quienes apenas veía una vez al año cuando regresaban del seminario. Y entonces, en 1793 llegó el tercer embarazo. Isabel tenía ahora 26 años.

El trabajo constante y los partos habían dejado marcas en su cuerpo, pero seguía siendo hermosa. Sus ojos conservaban ese brillo de inteligencia, aunque ahora también portaban un peso de preocupación. Sabía que cada embarazo era un clavo más en el ataúda, pero no podía rechazar al coronel no porque fuera su dueño, sino porque lo amaba.

Era un amor nacido en la desigualdad. nutrido en la clandestinidad, pero real al fin. Cuando el coronel le confirmó el tercer embarazo, Isabel lloró. “No sé si puedo soportar su odio una vez más”, le confesó a Esteban mientras él acariciaba su vientre apenas abultado. “Doña Lucía me mira como si quisiera verme muerta. No permitiré que te haga daño”, prometió el coronel. “ni nuestros hijos.

Pero había promesas que no podía cumplir porque Lucía de Villaseñor y Alarcón había llegado a un punto de quiebre. 20 años de matrimonio sin amor, tres hijos bastardos nacidos de la misma esclava. la humillación constante de ver a su esposo construir una segunda familia bajo su propio techo. Todo eso había transformado a la mujer piadosa y educada en algo diferente, algo más oscuro y peligroso.

En septiembre de 1793, Lucía comenzó a reunirse en secreto con doña Leonor Campuzano, viuda de un hacendado de Tlaxcala. Leonor tenía reputación de conocer remedios herbales, tanto para curar como para otros propósitos menos santos. Las dos mujeres se encontraban en la casa de Leonor, alejadas de oídos curiosos, compartiendo té y conversaciones que nunca fueron documentadas.

Fue durante una de estas visitas que Lucía mencionó su problema. Estoy cansada, Leonor, cansada de la humillación. Cansada de fingir que no me importa. ¿Has pensado en el divorcio?, preguntó Leonor, aunque ambas sabían que era una opción casi imposible en la sociedad novohispana. La Iglesia nunca lo permitiría.

Nuestro matrimonio fue bendecido por el obispo mismo y aunque lo hiciera, perdería todo. La dote, la posición social, el control de la hacienda. Lucía movió el té en su taza sin beberlo. No, el problema no es Esteban, es ella, la esclava Isabel. El nombre salió como veneno de sus labios. Mientras ella esté viva, Esteban seguirá volviendo a ella, seguirá llenándola de hijos que comparten su sangre.

Leonor dejó su taza con cuidado. ¿Qué está sugiriendo, Lucía? Solo digo que si ella no estuviera, si algo le pasara durante el parto, por ejemplo, estas cosas suceden. Las mujeres mueren dando a luz todos los días, especialmente si hay complicaciones, añadió Leonor lentamente, comprendiendo la dirección de la conversación.

O si la partera no es tan habilidosa como debería. Las dos mujeres se miraron. Un entendimiento silencioso pasó entre ellas, el tipo de acuerdo que nunca se pone en palabras para poder negarlo después. El tercer hijo de Isabel nació en abril de 1794. Era una niña, la primera después de dosvarones.

El coronel la sostuvo con lágrimas en los ojos, maravillado por la pequeña criatura que tenía los mismos ojos de su madre. La llamó Ana Isabel en honor a Isabel. El parto había sido difícil, más que los anteriores. Isabel sangraba más de lo normal y la partera, una mujer mayor llamada doña Guadalupe, que había sido recomendada por doña Leonor Campusano, parecía más interesada en preparar sus tes de hierbas que en atender a la madre.

Pero Isabel sobrevivió débil y pálida, pero viva. Lucía recibió la noticia del nacimiento de la niña con una calma que sorprendió a los sirvientes. No hubo gritos ni escenas dramáticas. Simplemente asintió y continuó con sus tareas diarias. Pero por la noche, en la privacidad de su habitación, rompió el espejo de su tocador con el puño cerrado.

La sangre manchó el cristal roto mientras las lágrimas finalmente caían. Los tres niños crecieron juntos en la casita del extremo de la hacienda. Alonso Ignacio, ahora de 4 años, era el líder natural. Tomás Ignacio, de dos, lo seguía en todo. Y la pequeña Ana era el tesoro de todos. especialmente de su madre, quien veía en la niña una esperanza para el futuro.

El coronel visitaba diariamente trayendo regalos y cariño. Les enseñó a los niños a montar a caballo, a leer mapas, a apreciar la música. soñaba con darles una educación completa, quizás enviar a los varones a estudiar a España cuando fueran mayores. La niña podría casarse bien si lograba superar el estigma de su nacimiento. Pero Lucía observaba y esperaba.

Su plan inicial había fallado, pero no se rendiría. comenzó a documentar cada visita del coronel a la casita, cada peso que gastaba en Isabel y los niños, cada vez que faltaba a sus deberes como esposo por estar con su amante. Escribía cartas detalladas al obispo, quejándose de la situación pecaminosa bajo su techo. Buscaba aliados entre las familias nobles de Puebla, plantando semillas de escándalo y desaprobación.

También comenzó a acercarse a los niños. Les llevaba dulces cuando el coronel no estaba. Les hablaba con voz suave, ganándose su confianza poco a poco. Alonso Ignacio era el más suspicaz, pero Tomás y la pequeña Ana respondían a su amabilidad con sonrisas tímidas. Isabel veía estos acercamientos con terror.

Conocía a doña Lucía mejor que nadie. había visto el odio en sus ojos durante años. Intentó advertir al coronel, pero Esteban desestimó sus preocupaciones. “Está aceptando la situación finalmente”, le dijo. Demasiado optimista o demasiado ciego para ver la verdad. Es mejor así. Los niños necesitan conocer a toda la familia.

“No confío en ella”, insistió Isabel. Hay algo en la forma en que los mira, como si estuviera planeando algo. Eres demasiado suspicaz, amor. Lucía es una mujer devota. No haría daño a niños inocentes. Pero Isabel conocía una verdad que el coronel se negaba a ver. No había furia más peligrosa que la de una mujer humillada durante años, esperando pacientemente el momento perfecto para su venganza.

Y ese momento se acercaba, llevado por las ruedas inexorables del tiempo y las circunstancias. En 1796, 2 años después del nacimiento de Ana, una epidemia de viruela azotó la región de Puebla. Comenzó en los barrios pobres del pueblo, donde las condiciones sanitarias eran precarias, y se extendió rápidamente hacia las haciendas circundantes.

El coronel, en su papel de comandante militar, tuvo que organizar cuarentenas y coordinar con las autoridades civiles y religiosas para contener el brote. La hacienda Santa Gertrudis no fue inmune. Varios esclavos enfermaron y dos ancianos murieron. Lucía organizó un hospital improvisado en uno de los graneros, donde las mujeres de la casa atendían a los enfermos bajo la supervisión del médico local, don Julián Rivas.

Era un trabajo peligroso, pero Lucía lo realizaba con una dedicación que impresionaba a todos. Se arrodillaba junto a las camas, limpiaba las llagas purulentas. administraba los remedios con sus propias manos. “Es admirable su caridad, doña Lucía”, le dijo el padre Marcelino durante una de sus visitas al granero hospital.

“Ariesga su propia vida por cuidar a estos pobres.” Es mi deber cristiano, padre”, respondió ella, aunque sus ojos mostraban algo más que piedad religiosa, mostraban cálculo. La viruela llegó a la casita donde vivían Isabel y los niños una semana después. Fue Alonso Ignacio quien enfermó primero con fiebre alta y erupciones que cubrían su pequeño cuerpo.

Isabel estaba aterrorizada. Había visto morir a su propia madre de viruela cuando era niña. Recordaba el horror de esas últimas semanas. El coronel trajo al doctor Rivas inmediatamente, pero el médico solo pudo ofrecer los tratamientos estándar: reposo, compresas frías, tes de hierbas para bajar la fiebre. Es joven y fuerte, dijo el doctor, intentando tranquilizar a los padres.

tiene buenas posibilidades de sobrevivirsi lo cuidamos bien. Isabel no se separó del lado de su hijo durante días. Le cantaba canciones de cuna que su propia madre le había enseñado. Le mojaba los labios con agua cuando la fiebre lo consumía. Rezaba todas las oraciones que conocía. Tomás y la pequeña Ana fueron aislados en otra habitación, cuidados por una esclava mayor llamada Micaela, quien había sobrevivido a la viruela en su juventud y era inmune.

Fue durante esta crisis cuando Lucía hizo su movimiento. Llegó a la casita una tarde cargando una canasta con medicinas y alimentos. Vengo a ayudar”, anunció a Isabel, quien la recibió con sorpresa y desconfianza. No es necesario, señora. Ya tenemos todo lo que necesitamos. Tonterías. Soy la señora de esta hacienda y todos bajo este techo son mi responsabilidad, incluidos estos niños.

Lucía entró sin esperar invitación, moviéndose con la autoridad de quien está acostumbrada a ser obedecida. se acercó a la cama donde Alonso Ignacio ardía en fiebre. Pobre criatura, se ve tan mal. El doctor dice que se recuperará. Isabel mantenía la distancia interponiéndose entre Lucía y su hijo. Por supuesto que sí, pero necesita cuidados especiales.

Lucía sacó un frasco de su canasta. Esto es un tónico que don Julián me dio. Es muy efectivo contra la fiebre. Dale una cucharada cada 4 horas. Isabel tomó el frasco sin apartar los ojos de Lucía. ¿Por qué hace esto? ¿Por qué ayudarnos ahora después de tanto tiempo de odiarnos? Lucía sonríó y por primera vez en años la sonrisa casi parecía genuina.

Porque he tenido mucho tiempo para reflexionar sobre el odio, el resentimiento, el pecado. El padre Marcelino me ha ayudado a ver que mi ira solo me destruye a mí misma. Estos niños no tienen culpa de las circunstancias de su nacimiento. Y tú, tú solo fuiste instrumento de la voluntad de Dios. Voluntad de Dios.

Isabel no podía creer lo que escuchaba. Si Dios no quisiera que estos niños existieran, no habrían nacido. Quizás es una prueba para mí para enseñarme humildad y caridad. Lucía se acercó más bajando la voz. He sido cruel contigo, Isabel, y lo lamento. Déjame hacer las paces. Déjame cuidar de tu hijo mientras está enfermo. Isabel quería rechazar la oferta.

Cada instinto le gritaba que no confiara en esta mujer, pero estaba exhausta. Llevaba días sin dormir y Alonso empeoraba. La parte de ella que era madre, que haría cualquier cosa por salvar a su hijo, quería creer que Lucía había cambiado. Está bien, dijo finalmente, con voz quebrada por el cansancio. Pero yo seguiré aquí.

No dejaré a mi hijo. Por supuesto que no. Solo quiero ayudar. Durante los siguientes días, Lucía se convirtió en una presencia constante en la casita. Venía cada mañana con comida fresca. ropa limpia, medicinas. Ayudaba a Isabel a cambiar las sábanas, preparaba caldos nutritivos, leía pasajes de la Biblia en voz alta.

Era tan convincente en su papel de samaritana arrepentida que incluso Isabel comenzó a bajar la guardia. Alonso mejoró lentamente. La fiebre bajó, las erupciones comenzaron a secarse. El doctor Rivas declaró que estaba fuera de peligro, aunque quedaría marcado con algunas cicatrices. Isabel lloró de alivio, abrazando a su hijo recuperado.

Pero entonces, dos días después de que Alonso se declarara curado, Tomás se despertó con fiebre. El segundo hijo había estado aislado todo este tiempo, pero la viruela encontró su camino. O quizás alguien se lo llevó. Isabel estaba demasiado ocupada cuidando a Tomás para notar como Lucía pasaba tiempo especial con la pequeña Ana, jugando con ella en la habitación contigua, dándole dulces, ganándose su confianza por completo.

El patrón se repitió. Días de fiebre alta, erupciones dolorosas, Isabel al borde del colapso por el miedo y el agotamiento, y Lucía allí, siempre presente, siempre útil, administrando las medicinas con sus propias manos cuando Isabel caía dormida por puro agotamiento. Tomás también sobrevivió, aunque estuvo más cerca de la muerte que su hermano.

Hubo una noche en que el Dr. Rivas preparó a la familia para lo peor, pero el niño luchó y ganó. Isabel atribuyó su supervivencia a las oraciones constantes y a los cuidados dedicados de doña Lucía, quien había demostrado ser una aliada inesperada. El coronel estaba asombrado por la transformación de su esposa.

“Sabía que había bondad en tu corazón”, le dijo durante una cena, pocas semanas después de que ambos niños se declararan recuperados. Sabía que eventualmente verías que estos niños merecen amor. Lucía sonrió tomando un delicado sorbo de vino. Todos los niños merecen amor, Esteban, sin importar su origen. Lo que nadie sabía, lo que ni siquiera Isabel sospechaba, era que la pequeña Ana no había sido aislada apropiadamente.

Mientras sus hermanos luchaban contra la enfermedad, la niña de 3 años había estado expuesta constantemente al contagio. Lucía se había asegurado deello, llevándola a la habitación de los enfermos, permitiendo que tocara las sábanas contaminadas, dándole de beber del mismo vaso que sus hermanos febriles.

Y ahora, con Alonso y Tomás recuperados, era el turno de Ana. La niña comenzó con fiebre una tarde de agosto. Isabel, ya experimentada en reconocer los síntomas, sintió que el corazón se le partía. No otra vez, por favor, Dios, no otra vez. Rezaba mientras sostenía a su hija ardiendo en fiebre. Pero esta vez fue diferente. Ana era más pequeña, más frágil que sus hermanos.

La fiebre la consumió rápidamente y las erupciones cubrieron su pequeño cuerpo con una velocidad alarmante. El doctor Rivas vino, vio y movió la cabeza con preocupación. Es muy joven. Su cuerpo está luchando. Pero, ¿pero qué? Isabel lo agarró del brazo. ¿Qué está diciendo? que debemos prepararnos para cualquier resultado. Lucía estaba allí, por supuesto, había estado allí durante toda la epidemia, cuidando a los tres niños con dedicación aparentemente incansable.

Ahora sostenía la mano de Isabel mientras la madre lloraba sobre el cuerpo febril de su hija. Tenfe susurraba Lucía, Dios es misericordioso. Pero esa noche, cuando Isabel finalmente cayó en un sueño agotado en una silla junto a la cama de Ana, Lucía se acercó a la niña. La pequeña estaba semiconsciente, delirando por la fiebre.

Lucía sacó un frasco pequeño de su bolsillo diferente a las medicinas que había estado administrando. Era un líquido claro, sin olor, hecho de una mezcla de hierbas que doña Leonor le había preparado meses atrás. Es una lástima, murmuró Lucía mientras abría el frasco. Eres una niña hermosa. En otras circunstancias podrías haber tenido una buena vida, pero tu existencia es un insulto, un recordatorio constante de mi humillación.

Ana abrió los ojos, esos ojos oscuros que eran exactamente como los de su madre. Por un momento, pareció ver a Lucía con claridad a pesar de la fiebre. Señora, susurró con voz débil, sh. Pequeña, esto te hará sentir mejor. Te prometo que no sentirás dolor. Lucía vertió el líquido en un vaso de agua, mezclándolo bien.

Luego levantó la cabeza de la niña gentilmente. Bebe esto, mi niña, te ayudará a dormir. Ana bebió obedientemente, demasiado enferma para resistir. El líquido bajó por su garganta, amargo, pero enmascarado por el agua azucarada. Lucía dejó la cabeza de la niña devuelta en la almohada y se alejó guardando el frasco en su bolsillo.

“Señora”, la voz de Isabel la sobresaltó. La madre se había despertado mirándola con ojos somnolientos. “Solo le di un poco de agua.” “Tenía sed”, respondió Lucía con calma. Vuelve a dormir, yo vigilaré a la niña. Isabel asintió demasiado agotada para cuestionar y cerró los ojos nuevamente. Lucía se sentó en la otra silla, las manos cruzadas sobre su regazo esperando.

La pequeña Ana murió antes del amanecer. Su respiración se volvió más débil, más espaciada, hasta que finalmente se detuvo. Lucía llamó a Isabel solo cuando ya era demasiado tarde para hacer algo. El grito de Isabel despertó a toda la casa. Se lanzó sobre el cuerpo de su hija, soyloosando, maldiciendo a Dios y al destino. El coronel llegó corriendo, su rostro descompuesto al ver a su única hija muerta.

cayó de rodillas junto a la cama, lágrimas corriendo por sus mejillas. “¿Qué pasó?”, preguntó con voz quebrada. Estaba mejorando. El doctor dijo que estaba mejorando. El doctor Rivas fue llamado nuevamente, examinó el pequeño cuerpo, movió la cabeza con tristeza. La viruela es impredecible, especialmente en niños tan pequeños. A veces, cuando pensamos que lo peor ha pasado, la enfermedad ataca de nuevo.

Lo siento mucho. Nadie cuestionó su diagnóstico. ¿Por qué lo harían? La viruela había matado a docenas de personas en la región. Era una tragedia, sí, pero no inusual. El funeral de Ana fue pequeño, pero emotivo. El padre Marcelino ofició la ceremonia en la capilla de la hacienda. Lucía estuvo presente vestida de negro, sus ojos secos mientras los de todos los demás lloraban.

Cuando Isabel pasó junto a ella sollozando sin control, Lucía extendió una mano en consuelo. “Lo siento tanto por tu pérdida”, dijo, y casi sonaba sincera. Los días siguientes fueron oscuros para Isabel. se movía como sonámbula, cuidando mecánicamente de sus dos hijos sobrevivientes, pero sin realmente estar presente. El coronel trataba de consolarla, pero sus propias lágrimas lo traicionaban.

Había amado a su pequeña Ana con una intensidad que lo sorprendía. Lucía, mientras tanto, regresó a su rutina normal. La epidemia había terminado, los enfermos se habían recuperado o muerto y la vida en la hacienda Santa Gertrudis continuaba. Ella supervisaba las cosechas, atendía su correspondencia, asistía a misa.

Si sentía algún remordimiento por lo que había hecho, no lo mostraba. Pero había sido cuidadosa, muy cuidadosa. El frasco con el venenohabía sido destruido, quemado en el fuego de su chimenea la misma noche de la muerte de Ana. Doña Leonor Campusano había muerto convenientemente seis meses atrás, llevándose el secreto de la preparación del veneno a la tumba.

No había testigos, no había evidencia, solo una niña muerta por causas naturales durante una epidemia. O eso creía Lucía. Lo que no sabía era que esa noche, cuando le había dado el veneno a Ana, alguien más había estado despierto. Alonso Ignacio, el hijo mayor, se había levantado para ir al baño.

Había visto a través de la puerta entreabierta como doña Lucía sacaba un frasco de su bolsillo, cómo se lo daba a su hermana pequeña, cómo le decía palabras que el niño no entendió completamente, pero que sonaban mal, peligrosas. Alonso Ignacio tenía solo 5 años, pero era inteligente. Sabía que algo terrible había pasado.

Pero era solo un niño, un esclavo ilegítimo. ¿Quién le creería si acusaba a la señora de la hacienda de asesinar a su hermana? Así que guardó el secreto enterrándolo profundo en su corazón junto al dolor de perder a Ana. Pero no olvidó. Los niños nunca olvidan las injusticias. especialmente las que cambian el curso de sus vidas.

La relación entre el coronel y Isabel cambió después de la muerte de Ana. Algo se rompió entre ellos, una inocencia que ya no podían recuperar. Isabel se volvió más retraída, menos confiada. Esteban visitaba menos frecuentemente, dedicándose más a sus deberes militares como forma de escapar del dolor.

Lucía observaba estos cambios con satisfacción. Su plan había funcionado, aunque no exactamente como lo había imaginado originalmente. No había eliminado completamente la segunda familia de su esposo, pero había causado suficiente dolor como para debilitar el vínculo entre ellos. Los años pasaron, Alonso y Tomás crecieron convirtiéndose en jóvenes fuertes y capaces.

El coronel los educó secretamente contratando tutores que venían disfrazados de comerciantes para enseñarles literatura, matemáticas, historia. Soñaba con enviarlos eventualmente a estudiar a la Universidad de México, quizás incluso a España. Pero en 1810 todo cambió. El cura Miguel Hidalgo dio el grito de Dolores, iniciando la guerra de independencia de México.

La Nueva España se sumió en el caos. El coronel de Villaseñor, como oficial del ejército realista fue llamado a defender el orden establecido contra los insurgentes. Fue durante una de las batallas cerca de Puebla que Esteban de Villaseñor recibió una herida de bala en el pecho. Lo trajeron de vuelta a la hacienda más muerto que vivo, sangrando profusamente, delirando por la fiebre.

El doctor Rivas hizo lo que pudo, pero la bala estaba alojada demasiado cerca del corazón. No sobrevivirá la noche, le dijo a Lucía en privado. Debe llamar al padre Marcelino para la extrema unción. Lucía sintió nada. Miró al hombre que había sido su esposo durante casi 30 años y no sintió ni amor ni odio, solo un vacío frío. Pero hizo su deber.

Llamó al sacerdote, organizó las vigilias, envió mensajes a sus hijos legítimos en la capital. Isabel llegó corriendo cuando escuchó la noticia, sus dos hijos adolescentes detrás de ella. Lucía les bloqueó la entrada a la habitación del coronel. No tienen derecho a estar aquí. Esta es una reunión familiar.

Mis hijos tienen derecho a despedirse de su padre”, respondió Isabel con una firmeza nueva, forjada en años de dolor y pérdida. Sus hijos son bastardos, no tienen derechos. Lucía se mantuvo firme en la puerta. Fue Alonso Ignacio quien habló entonces. A sus 16 años era casi tan alto como un hombre adulto, con los ojos de su madre, pero la mandíbula de su padre.

Déjenos pasar, señora, o gritaremos tan fuerte que todo Puebla sabrá lo que hizo. Lucía lo miró con sorpresa. ¿De qué hablas, muchacho? Sé lo que le hizo a mi hermana Ana. Lo vi esa noche. Vi el frasco, la escuché hablar. Tenía 5 años, pero lo recuerdo todo. La voz de Alonso temblaba, pero no se quebró.

Déjenos pasar o todos sabrán que usted es una asesina. El silencio que siguió fue denso y peligroso. Lucía estudió al joven frente a ella, viendo la determinación en sus ojos, la verdad de sus palabras escrita en cada línea de su rostro. Podía negarlo, por supuesto. ¿Quién creería a un esclavo bastardo sobre la palabra de una dama noble? Pero la acusación sola causaría un escándalo, mancharía su reputación, arruinaría todo lo que había construido.

Lentamente se apartó de la puerta. 5 minutos nada más. Isabel entró con sus hijos. El coronel Esteban de Villaseñor estaba pálido, su respiración superficial, pero cuando vio entrar a sus hijos naturales, sus ojos se iluminaron. Mis muchachos”, susurró con voz débil, “Mis valientes muchachos.” Alonso y Tomás se arrodillaron junto a la cama.

Isabel se quedó de pie, las lágrimas corriendo silenciosamente por sus mejillas. El coronel extendió una manotemblorosa tocando la cara de cada uno de sus hijos. “Los he querido”, dijo con esfuerzo. “Siempre los he querido.” Lo saben, ¿verdad? Sí, padre”, respondieron los muchachos al unísono. “Tengan cuidado cuando yo no esté, cuiden a su madre y cuídense entre ustedes.

” El coronel tosió sangre manchando sus labios. Alonso, tú eres el mayor. Eres fuerte como yo. Protege a tu hermano. Lo prometo, Padre. Isabel, mi amor. Perdóname por todo, por no poder darte más. El coronel la miró con ojos que se apagaban rápidamente. “Fuiste la luz de mi vida y tú la mía”, soyó Isabel tomando su mano. Siempre lo fuiste.

El coronel Esteban de Villaseñor murió poco después, rodeado de su familia legítima e ilegítima. El padre Marcelino le administró la extrema unción y sus últimas palabras fueron una oración por el perdón de sus pecados. El funeral fue elaborado como correspondía a un oficial de alto rango del ejército realista.

Asistieron autoridades de toda la región, familias nobles, oficiales militares. Lucía jugó su papel de viuda afligida con perfección, vestida de negro riguroso, aceptando condolencias con gracia. Isabel y sus hijos no fueron invitados. se quedaron en su casita llorando en privado, sin el reconocimiento público de su pérdida.

Pero la verdadera sorpresa vino cuando se leyó el testamento del coronel. Había dejado instrucciones específicas. La hacienda y la mayoría de la fortuna iban a Lucía y a sus dos hijos legítimos, como era esperado. Pero también había dejado una suma considerable de dinero para Isabel y documentos de libertad.

tanto para ella como para sus hijos. Más aún, había reconocido legalmente a Alonso y Tomás como sus hijos, dándoles el apellido Villaseñor y una porción de la herencia. Lucía se puso furiosa cuando el notario leyó estas cláusulas. Esto es un ultraje, un insulto a mi dignidad y a la memoria de nuestro matrimonio. Son las últimas voluntades del coronel, señora respondió el notario con calma profesional, firmadas y selladas apropiadamente, son legalmente vinculantes.

Las disputaré en los tribunales. su derecho, por supuesto, pero debo advertirle que el coronel anticipó esta posibilidad y dejó evidencia sustancial de su paternidad. Cartas, testimonios de testigos, incluso un retrato que mandó hacer en secreto de sus hijos naturales. El notario ajustó sus anteojos. Una disputa legal solo resultaría en un escándalo público.

¿Está segura de que eso es lo que desea? Lucía se hundió en su silla derrotada. Esteban la había superado incluso en la muerte, asegurando el futuro de sus hijos bastardos, de una manera que ella no podía deshacer sin destruir también su propia reputación. Isabel recibió la noticia con asombro, libertad, dinero, reconocimiento para sus hijos.

Era más de lo que jamás había soñado. Lloró de nuevo, pero esta vez de alivio y gratitud. ¿Qué haremos ahora, madre?, preguntó Tomás, abrumado por las posibilidades que se abrían ante ellos. Viviremos, respondió Isabel, enderezando sus hombros. Viviremos libres y con dignidad. Es lo que tu padre hubiera querido. Pero Alonso tenía otros planes.

La muerte de su padre, combinada con el inicio de la guerra de independencia, había encendido algo en él. Había crecido escuchando historias de injusticia, viendo a su madre y hermano, tratados como menos que humanos, a pesar de compartir la sangre de un coronel. Ahora, con el país en revolución veía una oportunidad para cambiar el orden establecido.

Voy a unirme a los insurgentes, anunció una noche durante la cena. Isabel casi dejó caer su plato. ¿Qué? No, absolutamente no. Tu padre murió luchando contra los insurgentes. ¿Cómo puedes siquiera pensar en traicionar su memoria? Padre luchó por mantener un sistema que nos trataba como propiedad, madre, un sistema que permitía que doña Lucía matara a mi hermana sin consecuencias.

Alonso se inclinó hacia adelante, sus ojos ardiendo con pasión. La independencia significa libertad para todos. Significa que personas como nosotros podemos tener voz, derechos, dignidad. Significa muerte. Intervino Tomás. He escuchado las historias. Las batallas son sangrientas, hermano. Podrías morir. Entonces moriré luchando por algo en lo que creo.

En lugar de vivir en las sombras como nuestro padre nos obligó a hacer. La discusión se extendió durante horas. Isabel suplicó, lloró, amenazó, pero Alonso había heredado la terquedad de su padre y una vez que tomaba una decisión, nada podía cambiarlo. Una semana después, Alonso Ignacio dejó la hacienda Santa Gertrudis en medio de la noche.

Llevaba consigo solo lo esencial, algo de dinero, un caballo y el retrato que su padre había mandado hacer en secreto de los tres hermanos juntos. era lo único que le quedaba de Ana y no pensaba dejarlo atrás. Tomás quería ir con él, pero Alonso se negó. Alguien tiene que cuidar de madre. Prométeme que te quedarás con ella, quela protegerás.

Lo prometo dijo Tomás abrazando a su hermano con fuerza. Pero vuelve. Está bien. No nos dejes como padre nos dejó. Volveré. Te lo juro. Así que Alonso Ignacio resultó ser un soldado nato. Tenía el instinto militar de su padre, la inteligencia estratégica y el coraje en batalla. Ascendió rápidamente entre las filas insurgentes, ganándose el respeto de sus comandantes.

Luchó en varias batallas importantes, siempre con el retrato de sus hermanos guardados cerca de su corazón. Durante uno de estos enfrentamientos, cerca de Oaxaca, en 1812, Alonso fue herido. Una bala le atravesó el hombro, dejándolo inconsciente en el campo de batalla. Cuando despertó, estaba en una casa improvisada como hospital, siendo atendido por una joven enfermera llamada Clara.

Lara tenía 19 años, hija de un hacendado que había sido ejecutado por los realistas por simpatizar con la causa insurgente. Había perdido todo, su familia, su hogar, su posición social, pero había encontrado propósito cuidando a los heridos de la guerra. Era hermosa, con el cabello negro recogido en una trenza larga y ojos que habían visto demasiado sufrimiento para alguien tan joven.

“No te muevas”, le ordenó cuando Alonso intentó incorporarse. “La herida es profunda. Si no tienes cuidado, volverá a sangrar. ¿Cuánto tiempo he estado aquí?” Su voz salió ronca. Tres días tuviste fiebre, deliraste mucho. Clara le acercó un vaso de agua. Hablabas de una niña llamada Ana, tu hermana, supongo.

Alonso asintió, sintiendo el familiar dolor en el pecho que no tenía nada que ver con la herida de Bala. Murió cuando era pequeña. La asesinaron. Lo siento. Clara no preguntó más, respetando su dolor. Había aprendido que todos los que luchaban en esta guerra cargaban con sus propios fantasmas. Durante las semanas de recuperación, Alonso y Clara pasaron mucho tiempo juntos.

Ella le contó sobre su padre, sobre cómo los soldados realistas habían llegado a su hacienda una noche. Lo habían sacado de su cama y fusilado frente a su familia por el crimen de dar refugio a unos insurgentes heridos. No pude hacer nada, confesó con lágrimas en los ojos. Solo tenía 16 años. Mi madre murió poco después de pena y vergüenza.

Mis hermanos menores fueron enviados a un orfanato en la capital. No sé si siguen vivos. Alonso compartió su propia historia. Le habló de su padre, el coronel, de Isabel, su madre esclava, de sus hermanos y de la pequeña Ana asesinada por doña Lucía. Por eso lucho, le dijo, no solo por la independencia de España, sino por un México donde niños como mi hermana no puedan ser asesinados sin consecuencias solo porque nacieron del lado equivocado de la sociedad.

Es una causa noble, respondió Clara tomando su mano. Vale la pena luchar por ella. Vale la pena morir por ella si es necesario. Se casaron 6 meses después en una ceremonia simple oficiada por un cura insurgente. No hubo gran celebración, no había tiempo ni recursos para eso en medio de la guerra, pero fue real y significativo una afirmación de vida y esperanza en medio de tanta muerte.

Mientras tanto, en la hacienda Santa Gertrudis, las cosas empeoraban. La guerra había interrumpido el comercio, los campos eran saqueados regularmente por ambos bandos y los esclavos comenzaban a huir inspirados por las promesas de libertad de los insurgentes. Lucía luchaba por mantener el control, pero sentía que todo se desmoronaba a su alrededor.

Isabel y Tomás todavía vivían en la casita, técnicamente libres, pero sin realmente irse. ¿A dónde irían? Todo lo que conocían estaba aquí. Tomás trabajaba ahora como capataz su estatus de hijo reconocido del coronel, dándole una posición de autoridad sobre los otros trabajadores. Isabel se había vuelto más callada con los años, el peso de sus pérdidas encorbando sus hombros.

Un día de 1814 llegó un mensajero a la hacienda. Traía noticias de que Alonso Ignacio había muerto en batalla cerca de Valladolid. Isabel recibió la noticia con un grito que pareció desgarrar el cielo. Cayó de rodillas golpeando el suelo con los puños, maldiciendo a Dios, al coronel, a la guerra, a todo. Tomás la sostuvo mientras lloraba, sus propias lágrimas cayendo silenciosamente.

Había perdido a su hermano mayor, su protector, su mejor amigo. Ahora era el único hijo varón que quedaba. Y el peso de esa responsabilidad era abrumador. Lucía recibió la noticia con una mezcla de satisfacción y algo que podría haber sido arrepentimiento. El muchacho había sido un problema, sí, pero también había sido valiente.

Parte de ella, una parte muy pequeña que rara vez reconocía, respetaba eso. Pero la noticia de la muerte de Alonso resultó ser prematura. Había sido herido gravemente, sí, dado por muerto en el campo de batalla, pero Clara lo había encontrado, todavía respirando débilmente entre los cadáveres. Con ayuda de otros insurgentes, lo había llevado a un lugarseguro.

Había cuidado de él durante meses mientras luchaba por sobrevivir. Alonso vivió, pero quedó marcado. La herida en su pecho nunca sanó completamente, dejándolo con dolor crónico y dificultad para respirar. Ya no podía luchar en el frente, así que se convirtió en estratega, ayudando a planear operaciones desde la retaguardia. Pasaron años.

La guerra de independencia se arrastró con victorias y derrotas para ambos lados. Muchos de los líderes insurgentes originales murieron o fueron capturados. Nuevos nombres surgieron. Guerrero y turbide, victoria. El movimiento evolucionó, cambió, se adaptó. En 1821 finalmente llegó el fin. México ganó su independencia de España.

El virreinato de la Nueva España dejó de existir, reemplazado por el Imperio Mexicano. Era una independencia imperfecta, llena de compromisos y contradicciones, pero era libertad al fin. Alonso Ignacio regresó a Puebla en septiembre de 1821, 11 años después de haberse ido. Traía consigo a Clara, ahora su esposa de 7 años y a sus dos hijos pequeños, una niña de 5 años llamada Ana en honor a su hermana muerta, y un niño de tres llamado Esteban como su abuelo.

Isabel no reconoció a su hijo al principio. El joven de 18 años que se había ido era ahora un hombre de 29. marcado por la guerra, con cicatrices visibles en su rostro y cuerpo y otras invisibles en su alma. Pero cuando habló, cuando la llamó madre, con esa voz que había madurado, pero seguía siendo la misma, Isabel supo, “Mi hijo”, soyó abrazándolo con fuerza. “Mi hijo ha vuelto.

Pensé que estabas muerto. Todos dijeron que estabas muerto. Casi lo estuve. varias veces. Alonso devolvió el abrazo cerrando los ojos, pero tenía que volver. Tenía una promesa que cumplir. Tomás salió corriendo de la casa al escucharla conmoción. Los dos hermanos se abrazaron golpeándose las espaldas, riendo y llorando al mismo tiempo.

“Eres un bastardo por hacernos creer que estabas muerto”, dijo Tomás entre risas. “Lo siento, las comunicaciones eran difíciles durante la guerra. La reunión familiar fue emotiva y caótica. Clara fue recibida con calidez por Isabel, quien inmediatamente se enamoró de sus nietos. La pequeña Ana, tímida pero curiosa, se escondía detrás de las faldas de su madre mientras observaba a esta abuela que acababa de conocer.

Pero había un asunto pendiente. Alonso no había regresado solo por reunirse con su familia. había regresado con un propósito específico. Esa tarde caminó hasta la casa principal de la hacienda Santa Gertrudis. Lucía estaba en el salón bordando como siempre había hecho. Había envejecido considerablemente en los 11 años desde que Alonso se había ido.

Su cabello era completamente blanco. Ahora, su espalda encorbada, sus manos temblando ligeramente mientras sostenía la aguja. Doña Lucía, dijo Alonso desde la puerta. Ella levantó la vista y por un momento el miedo cruzó su rostro, pero luego recuperó su compostura característica. Alonso Ignacio, escuché que habías vuelto. Sí, y vine a hablar contigo.

Sobre qué vienes a regodearte sobre tu victoria. México es independiente. Tu causa ganó. ¿Qué más quieres? Alonso entró al salón moviéndose lentamente debido a sus viejas heridas. Se sentó frente a Lucía sin ser invitado. Quiero la verdad sobre mi hermana Ana, sobre lo que realmente le pasó esa noche. El silencio que siguió fue denso.

Lucía dejó su bordado a un lado, sus ojos estudiando al hombre frente a ella. No sé de qué hablas. Sí, lo sabes. Yo te vi. Tenía 5 años, pero lo recuerdo todo. El frasco que sacaste de tu bolsillo, las palabras que le dijiste, cómo le diste de beber. Alonso se inclinó hacia delante.

Mataste a mi hermana, una niña inocente de 3 años. La envenenaste mientras yacía enferma en su cama. Lucía no respondió de inmediato. Sus ojos, hundidos en un rostro marchito por los años y el remordimiento se fijaron en un punto distante. Cuando finalmente habló, su voz era apenas un susurro. “¿Y qué piensas hacer con esa información? ¿Denunciarme? ¿Llevarme ante las autoridades del Nuevo México?” “Podría,”, respondió Alonso. “Debería.

Un niño murió por tu odio y tu orgullo. Lo sé. Las palabras salieron quebradas. Cada noche de estos 25 años lo he sabido. El silencio se extendió entre ellos, cargado con el peso de décadas de secretos y sufrimiento. Lucía cerró los ojos, lágrimas finalmente escapando por las arrugas de su rostro. No espero perdón, continuó.

No lo merezco. Tu hermana era inocente y yo yo la maté por puro rencor, por orgullo herido, por no poder soportar ver a tu padre amar a otra mujer más de lo que me amó a mí. Abrió los ojos mirando directamente a Alonso. Pero ya pagué mi precio. He vivido en el infierno de mi propia creación. ¿No es suficiente castigo? Alonso la estudió.

Esta mujer que había sido tan poderosa, tan cruel, ahora reducida a una sombra frágil y quebrada, parte de él quería justicia, venganza,ver su nombre destruido como ella había intentado destruir el suyo. Pero otra parte, la parte que había visto demasiada muerte en la guerra, estaba simplemente cansada. Mi madre tendrá que decidir”, dijo finalmente, poniéndose de pie con esfuerzo. Es su hija quien murió.

Es su perdón el que necesitas, no el mío. Dos días después, Lucía fue citada a la casita donde Isabel vivía. fue el encuentro más extraño e incómodo que cualquiera de los presentes había presenciado. Dos mujeres que habían sido enemigas durante décadas, sentadas frente a frente con los hijos sobrevivientes observando contención.

Lucía, por primera vez en su vida, se humilló. se arrodilló frente a Isabel, su orgullo finalmente destruido. “Maté a tu hija”, confesó con voz quebrada. “La envené mientras dormías, porque no pude soportar ver la felicidad que tenías con el hombre que era mi esposo, y he vivido con ese pecado cada día desde entonces.

” Isabel no lloró. Había llorado todas las lágrimas que tenía durante los últimos 25 años. simplemente miró a la mujer arrodillada frente a ella. Esta mujer que había tenido tanto poder y lo había usado para la crueldad más grande. Lo sé, dijo finalmente Isabel. Alonso me lo contó. Parte de mí siempre lo supo, incluso entonces veía cómo mirabas a mis hijos con odio, con deseos de hacernos daño.

Lo siento. Las palabras eran inadecuadas, patéticas frente a la magnitud del crimen. “Tu perdón no me devuelve a mi hija”, respondió Isabel con voz firme. No borra 25 años de dolor. No cambia nada. Lo sé. Isabel se puso de pie caminando hacia la ventana donde solía observar a sus tres hijos jugar.

Ahora solo quedaban dos y Ana era apenas un recuerdo doloroso. Pero aferrarse al odio solo me ha traído más sufrimiento. He perdido demasiado ya. Mi hija, años con mi hijo mientras luchaba en la guerra, mi juventud se volvió hacia Lucía. No te perdonaré. Ese perdón no es mío para dar. Solo Ana puede perdonarte y ella está con Dios. Pero no buscaré venganza.

No arrastraré tu nombre por el lodo. No porque no lo merezcas, sino porque estoy cansada, cansada de cargar odio. Lucía sollyozaba abiertamente ahora, su cuerpo temblando. Gracias. Es más de lo que merezco. Mucho más. Coincidió Isabel. Ahora vete y lleva tu culpa contigo. Es el único castigo que puedo darte. Lucía de Villaseñor y Alarcón murió 6 meses después en la primavera de 1822.

El padre Marcelino, quien había sido su confesor durante décadas, reveló después de su muerte que ella había escrito una confesión completa de su crimen. El sacerdote la presentó a la familia, pero siguiendo el último deseo de Isabel, el documento fue quemado sin ser hecho público.

Que los muertos descansen dijo Isabel mientras las llamas consumían las palabras escritas. y que los vivos aprendan a vivir sin odio. Isabel vivió otros 12 años rodeada de sus nietos y bisnietos. Tomás prosperó estableciendo un negocio exitoso en Puebla. Alonso se convirtió en abogado usando su educación y experiencia militar para ayudar a construir el nuevo México.

Ambos hermanos se aseguraron de que la historia de su hermana Ana fuera contada a sus hijos, no con amargura, sino como lección sobre los peligros del orgullo y el poder del perdón. La Hacienda Santa Gertrudis eventualmente fue dividida y vendida. Los campos que una vez trabajaron esclavos, ahora empleaban trabajadores libres. La casita donde Isabel había criado a sus tres hijos fue demolida, pero se plantó un jardín en su lugar con tres árboles, uno por cada hijo.

Y en el cementerio de Puebla, tres tumbas cuentan una historia silenciosa. Lucía de Villaseñor y Alarcón descansa en una tumba elaborada. Su nombre y títulos grabados en mármol. A pocos metros, Isabel descansa en una tumba más simple, pero digna, con las palabras madre amada, mujer libre, corazón perdonador. Y entre ellas, apenas visible entre las hierbas, una pequeña cruz marca el lugar donde fue enterrada Ana Isabel.

No tiene epitafio grabado porque nadie sabía qué palabras podrían capturar la brevedad trágica de su vida. Pero los que conocen la historia se detienen allí a veces dejando flores frescas. Y si uno escucha con atención en las tardes tranquilas, casi se puede oír el eco de una niña riendo, jugando eternamente en un lugar donde el odio no puede alcanzarla, donde el amor de su madre la protege y donde finalmente mente.