
Enero de 2022. Una mochila azul, un cuaderno de viaje, una cámara fotográfica y un sendero que se adentra en uno de los cañones más profundos del mundo. Natasha de Krombrugue tenía 28 años cuando desapareció en el valle del Colca, Perú. No era su primer viaje sola. No era su primera montaña. Había recorrido Europa, Asia, América del Sur.
Sabía moverse, sabía cuidarse, sabía regresar. Pero el 24 de enero algo cambió. Salió de su hospedaje en Cabanaconde por la mañana. No llevaba guía. No dejó ruta exacta. no estableció hora de retorno. Cuando el sol se ocultó detrás de los picos andinos, su cama permaneció vacía, su mochila intacta en la habitación, sus pertenencias esperando.
Lo que vino después fue silencio. El valle del Colca no es un lugar cualquiera. Es el segundo cañón más profundo del planeta con más de 3,270 m de desnivel entre sus paredes. Un laberinto de quebradas, ríos subterráneos y senderos que se fragmentan en docenas de bifurcaciones. Allí el oxígeno escasea, la temperatura cae en picada al anochecer y el terreno cambia sin aviso.
de tierra compacta a grava suelta, de roca estable a piedra que cede bajo el peso. Los pobladores locales conocen las historias. Hablan de turistas que se aventuran sin preparación, de cuerpos que el río arrastra kilómetros valle abajo, de rescates que llegan demasiado tarde, pero también hablan de otra cosa, de presencias, de luces que se mueven entre las rocas, de voces que llaman desde el fondo del abismo.
Natacha llegó a Cabanaconde después de recorrer Cuzco, Arequipa y otras zonas turísticas del país. Era enero, temporada de lluvias en Los Andes. Las condiciones no eran ideales, pero tampoco inusuales para alguien acostumbrado a la montaña. Llevaba ropa adecuada, conocía los riesgos básicos, había investigado antes de partir y aún así desapareció.
8 meses de búsquedas, drones sobrevolando barrancos, equipos especializados descendiendo por paredes de roca, familias cruzando el océano, voluntarios peinando quebradas y el río Colca arrastrando el misterio valle abajo, día tras día, sin devolver respuestas. Cuando finalmente la encontraron en septiembre, el cuerpo estaba tan deteriorado que la causa de muerte nunca pudo confirmarse con certeza.
La hipótesis oficial habla de un accidente, un resbalón, una caída. Pero hay preguntas que el informe forense no responde. Hay silencios que las autoridades no llenan. Hay detalles que no encajan del todo. ¿Qué ocurrió en esas horas finales? ¿Por qué ninguna evidencia apareció durante meses de rastreo intensivo en una zona supuestamente conocida que vio Natasha antes de que el cañón la tragara? Porque su cuerpo apareció precisamente donde ya habían buscado antes.
Este es un caso real documentado, investigado por autoridades peruanas y belgas, seguido por medios internacionales y aún así inconcluso. Hoy vas a conocer la historia completa de Natasha de Cronug desde su llegada al Perú. hasta el hallazgo que cerró la búsqueda, pero no las dudas, porque hay misterios que ni siquiera un cuerpo recuperado logra resolver del todo.
Y el valle del Colca guarda secretos que prefiere no compartir. Capítulo 1. La viajera y el cañón. Natacha de Crombrug era una turista común. A sus años había acumulado más sellos en su pasaporte que muchas personas en toda una vida. Belga de nacimiento, criada entre Bruselas y las ardenas, había desarrollado desde joven una fascinación por los lugares remotos.
No le interesaban los tours organizados ni las rutas marcadas en las guías convencionales. Buscaba lo auténtico, lo difícil. Lo que requería esfuerzo. Había caminado sola por los Balcanes. Había recorrido templos olvidados en el sudeste asiático. Había dormido en aldeas donde no se hablaba inglés ni francés, comunicándose con gestos y sonrisas.
Sus redes sociales mostraban montañas, senderos polvorientos, amaneceres desde cumbres lejanas, pero nunca alardeaba. solo documentaba. Su familia la describía como independiente, meticulosa, prudente. No era de las que se lanzaban al vacío sin pensar. Antes de cada viaje investigaba, leía foros de viajeros, estudiaba mapas, consultaba el clima, llevaba siempre un botiquín básico, una linterna, baterías de repuesto.
Sabía que viajar sola implicaba responsabilidad y la asumía. En enero de 2022, Natacha llegó a Perú como parte de un viaje largo por Sudamérica. No tenía fecha fija de regreso, no seguía un itinerario rígido. Se movía según el clima, las recomendaciones de otros viajeros, el instinto. Pasó por Lima, donde el océano Pacífico golpeaba la costa con violencia constante.
subió a Cuzco, la antigua capital inca, donde el aire delgado, de los 3400 m de altura obliga a caminar despacio. Visitó Arequipa, la ciudad blanca, al pie de los volcanes Misti y Chachani. Y entonces escuchó del valle del Colca. Lo escuchó en un hostal. En una conversación casual con otrosmochileros, alguien mencionó el cañón.
Otro habló de los cóndores que sobrevuelan el abismo al amanecer. Un tercero describió el descenso hacia el fondo del valle, el calor que aumenta con cada metro de desnivel. La sensación de estar adentrándose en las entrañas de la Tierra. Natasha tomó nota, buscó información. y decidió ir. El colka no es solo un cañón, es una herida geológica que parte la cordillera andina en dos.
Con 3270 m de profundidad en su punto más bajo, supera al Gran Cañón del Colorado. Sus paredes caen casi verticales, erosionadas por millones de años de viento y agua. En el fondo corre el río Colca, alimentado por descielos y lluvias de altura. Un torrente marrón que arrastra sedimentos y piedras con fuerza hipnótica. La formación del cañón comenzó hace más de 150 millones de años, cuando la placa de Nazca se hundió bajo la placa sudamericana, levantando los andes y fracturando la corteza terrestre.
El río Colca aprovechó esas fracturas excavando incansable siglo tras siglo, hasta tallar uno de los abismos más profundos del mundo. Geológicamente, el colka es inestable. Hay fallas activas, deslizamientos frecuentes, rocas que ceden sin aviso. Durante la temporada de lluvias, entre diciembre y marzo, el terreno se vuelve especialmente traicionero.
El agua se filtra entre las capas de piedra, debilita la estructura, provoca desprendimientos, senderos que un día están firmes. el siguiente. Simplemente ya no existen. Los pobladores locales lo saben. Han vivido con el cañón durante generaciones. Conocen sus ritmos, sus peligros, sus caprichos. Saben dónde no caminar después de una tormenta.
Saben québradas evitar. saben cuando el río sube demasiado rápido, pero los turistas, incluso los experimentados, no siempre saben. Cabanaconde, el pueblo donde Natacha se hospedó, es la última localidad antes de que la civilización ceda completamente al abismo. Apenas 2000 habitantes, calles de tierra, casas de adobe, una plaza pequeña con una iglesia colonial y el cañón siempre presente, extendiéndose hacia el horizonte como una cicatriz abierta en la tierra.
El pueblo vive del turismo, pero es un turismo discreto. No hay grandes hoteles, no hay restaurantes de lujo, solo pequeños hostales familiares, tiendas que venden agua y snacks, guías locales que esperan en la plaza ofreciendo sus servicios. La mayoría de los visitantes contrata guía. El terreno es traicionero.
Los senderos se bifurcan sin señalización clara. Hay zonas donde un paso en falso significa caer decenas de metros. Pero también hay quienes prefieren ir solos, experimentados, confiados. Natasha pertenecía a ese grupo. Llegó al pueblo el 23 de enero. Se registró en un pequeño hostal llamado Pachamama, regentado por una familia local.
Dejó su mochila grande en la habitación. guardó su pasaporte, su computadora portátil, ropa de repuesto. Preparó una mochila más ligera para la caminata del día siguiente. Dos botellas de agua, algunas barras energéticas, frutos secos, protector solar, su cámara Nikon, un mapa descargado en su teléfono. conversó brevemente con la dueña del hostal, una mujer quechua de unos 50 años que hablaba español con acento marcado.
Le preguntó sobre las rutas, le mencionó que quería bajar al valle, explorar, tomar fotografías. La dueña le sugirió contratar un guía. Natasha sonrió, agradeció, pero declinó. dijo que tenía experiencia, que estaría bien. No especificó un sendero concreto, no pidió recomendaciones detalladas sobre horarios o puntos de referencia.
Parecía saber lo que hacía, o al menos parecía creer que lo sabía. Esa noche Cabanaconde estaba tranquilo, pocas luces encendidas. El viento soplaba frío desde las alturas, arrastrando el olor a eucalipto de los árboles plantados en las laderas. El río, invisible en la oscuridad del cañón rugía lejano, un murmullo constante que nunca cesa.
Natasha escribió en su diario como solía hacer cada noche. Repasó mapas en su teléfono, revisó el pronóstico del tiempo. Nublado, posibilidad de lluvia por la tarde. Nada alarmante, y durmió. El 24 de enero amaneció nublado. La temporada de lluvias había comenzado semanas atrás y aunque esa mañana no llovía, el cielo mantenía un tono gris amenazante.
Las nubes bajas ocultaban las cumbres. La humedad se sentía en el aire. Natasha salió del hostal alrededor de las 8 de la mañana. Llevaba pantalones de treking grises, una chaqueta ligera azul, botas de montaña bien atadas, su cámara colgaba del cuello, su mochila ajustada a la espalda. No avisó una hora específica de regreso, no dejó nota, no contrató guía, simplemente salió caminando hacia el borde del cañón, donde varios senderos descendían hacia el abismo.
Fue vista por última vez cerca del mirador principal, un punto turístico desde donde se aprecia la inmensidad del valle. Estaba tomando fotografías. Un vendedor ambulante la recordaríadespués en su testimonio a la policía. Una mujer joven, rubia, sola, con mochila azul. Le ofreció artesanías tejidas, pulseras de alpaca.
Ella sonrió, dijo que no con amabilidad y continuó caminando hacia el inicio de uno de los senderos que bajan al valle. El vendedor no le prestó más atención. Era común ver turistas bajando solos. Algunos regresaban al atardecer, otros acampaban abajo y volvían al día siguiente. No había razón para preocuparse y después de eso nada.
Cuando el sol comenzó a ocultarse detrás de los picos andinos y Natacha no regresó al hostal. La dueña no se alarmó de inmediato. Los viajeros a veces cambian de planes. Se quedan en otro pueblo valle abajo. Deciden extender la caminata, conocen a otros mochileros y se unen a ellos. Pero cuando cayó la noche completa, cuando las 9 de la noche pasaron y la habitación seguía vacía, la inquietud comenzó a crecer.
La dueña revisó la habitación. La mochila grande seguía allí, el pasaporte, la laptop, la ropa, todo intacto, como si Natasa hubiera salido solo por unas horas, como si estuviera a punto de regresar, pero no regresó. A la mañana siguiente, el 25 de enero, la dueña del hostal notificó a las autoridades locales. La policía de Cabanaconde, un destacamento pequeño de apenas cuatro oficiales, inició las primeras consultas.
Preguntaron en el pueblo, revisaron los registros de otros alojamientos, hablaron con guías locales, con comerciantes, con otros turistas, nadie más. la había visto después de aquella mañana del 24. El valle del Colca acababa de tragarse a Natacha de Crombrug y lo que vendría después sería una de las búsquedas más extensas y desconcertantes en la historia reciente del turismo andino.
Pero antes de que las operaciones de rescate comenzaran, antes de que los equipos internacionales llegaran, antes de que los medios convirtieran su nombre en noticia, hubo silencio, un silencio profundo como el que solo puede existir en el fondo de un cañón de 3000 m de profundidad. El silencio de la piedra, del agua que corre sin testigos, del viento que borra huellas.
El cañón había recibido a Natacha, pero no parecía dispuesto a devolverla. Capítulo 2. Las primeras 72 horas. Las primeras 72 horas después de una desaparición son críticas. Los expertos en búsqueda y rescate lo saben, los familiares lo intuyen, las autoridades lo repiten. Pasado ese umbral.
Las probabilidades de encontrar a alguien con vida caen drásticamente. El frío nocturno cobra su precio. La deshidratación avanza, las lesiones empeoran. Y en un lugar como el valle del Colca, donde el terreno puede matar de 100 formas diferentes, el tiempo no perdona. Cuando la policía de Cabanaconde recibió la denuncia de desaparición la mañana del 25 de enero, ya habían pasado más de 24 horas desde la última vez que alguien vio a Natasha.
Un día entero perdido, un día en el que pudo haber caminado kilómetros valle abajo, haberse desviado por cualquier quebrada secundaria o haber sufrido un accidente en algún punto remoto del cañón. El sargento Marco Quispe, a cargo del pequeño destacamento policial, conocía el valle mejor que nadie. Había nacido en Cabanaconde. Había crecido escuchando historias de turistas perdidos, de rescates imposibles, de cuerpos que el río arrastraba hasta aparecer días después a kilómetros de distancia.
Sabía que cada hora contaba. organizó un primer grupo de búsqueda con lo que tenía a mano, tres policías locales, dos guías de montaña del pueblo, cuatro voluntarios, nueve hombres en total para rastrear uno de los cañones más grandes del mundo. Era insuficiente, pero era un comienzo. Dividieron el área en sectores.
el sendero principal que baja desde Cabanaconde hacia el oasis de Sangale, uno de los destinos más comunes entre turistas. Las rutas alternativas hacia los pueblos de Tapay y Malata, los miradores cercanos donde Natacha había sido vista por última vez. Cada grupo tomó una dirección diferente. Comenzaron a descender.
El sendero principal es empinado, serpente, interminable. Baja casi 100 m en menos de 3 horas de caminata. La pendiente es tan pronunciada que las rodillas tiemblan incluso en el descenso. Hay tramos donde el camino se reduce a medio metro de ancho con precipicios a ambos lados. Hay secciones donde la grava suelta resbala bajo las botas, obligando a avanzar con cuidado extremo.
Los rescatistas llamaban su nombre Natasha. Natasha. Sus voces rebotaban contra las paredes del cañón, multiplicándose en ecos distorsionados que regresaban vacíos. Revisaban cada desviación del sendero, cada roca grande que pudiera ocultar un cuerpo, cada barranco donde alguien pudiera haber caído. Nada. En el oasis de Sangalle, un pequeño grupo de cabañas rústicas rodeadas de palmeras y piscinas naturales, preguntaron a los dueños de los alojamientos.
¿Habían visto a una mujer rubia, belga, sola, con mochila azul? Nadie la recordaba.Consultaron el libro de registro de visitantes. El nombre de Natasha no aparecía. Eso era extraño. Sangalle era el destino más común para quienes bajaban al valle. Un lugar para descansar, comer algo, pasar la noche antes de subir de vuelta.
Si Natacha había descendido por el sendero principal, tendría que haber pasado por allí a menos que hubiera tomado otra ruta o que algo le hubiera ocurrido antes de llegar. El segundo grupo de búsqueda exploró el camino hacia Tapay, un pueblo minúsculo suspendido en la ladera opuesta del cañón. Para llegar allí desde Cabanaconde, hay que cruzar el río por un puente colgante y subir por un sendero zigzagueante que trepa casi verticalmente.
Es una caminata agotadora, poco frecuentada por turistas, pero era posible que Natacha, buscando algo menos transitado, hubiera elegido esa dirección. Preguntaron a los pobladores de Tapay, mostraron una fotografía de Natasha tomada de su perfil de redes sociales. Nadie la había visto. El pueblo tenía apenas 50 habitantes.
Si una turista extranjera hubiera pasado por allí, todos lo sabrían. El tercer grupo recorrió los miradores y senderos secundarios cerca de Cabanacondde, áreas menos definidas, más peligrosas. Había rutas informales que se desviaban del camino principal, bajando por quebradas laterales donde el terreno era inestable.
Algunos turistas aventureros las usaban para explorar zonas menos conocidas, pero también eran lugares donde un error de cálculo podía ser fatal. Encontraron huellas de botas en varios puntos, pero el terreno polvoriento no permitía determinar cuándo habían sido hechas. Podían ser de ayer o de hace una semana.
En un lugar transitado por decenas de excursionistas. Las huellas no significaban nada. Al caer la noche del 25 de enero, los grupos regresaron a Cabanaconde sin resultados. Habían cubierto los senderos principales, habían preguntado en los pueblos cercanos, habían gritado hasta quedar roncos y no habían encontrado ni un solo rastro concreto de Natasha.
El sargento Quispe sabía que necesitaban más recursos. Llamó a la comisaría de Chivai, la capital de la provincia, solicitando refuerzos. También contactó con la policía de Alta Montaña de Arequipa, unidades especializadas en rescates en terreno extremo. La situación estaba escalando. Mientras tanto, en Bélgica, la familia de Natacha comenzaba a recibir las primeras noticias alarmantes.
Un mensaje de la embajada belga en Lima, una llamada del Ministerio de Asuntos Exteriores. Palabras cuidadosas, protocolares, pero imposibles de malinterpretar. Su hija había desaparecido en Perú. Las autoridades locales estaban buscando. Aún no había información concreta. Eric de Crombruge, el padre de Natasha, sintió que el piso se abría bajo sus pies.
Sabía que su hija viajaba sola. Sabía que le gustaba la montaña. Había visto las fotografías que publicaba en redes sociales. Cumbres nevadas, valles profundos, senderos solitarios. Siempre había confiado en su criterio, siempre había creído que sabía cuidarse. Pero esto era diferente. Esto era el silencio, la ausencia, la incertidumbre.
Junto con su esposa tomaron la decisión inmediata. Viajarían a Perú. Contactaron a la embajada para obtener información actualizada. Compraron boletos para el primer vuelo disponible, empacaron ropa abrigada y rezaron. El 26 de enero, segundo día de búsqueda, la operación se intensificó. Llegaron refuerzos de Chibai y Arequipa, dos unidades de la policía de alta montaña entrenadas específicamente para este tipo de terreno.
Un equipo de bomberos voluntarios con experiencia en rescate vertical. Más guías locales que conocían cada rincón del valle. En total, más de 30 personas participando activamente en la búsqueda. Ampliaron el perímetro, exploraron quebradas más remotas, descendieron por barrancos que requerían cuerdas y arneses.
Revisaron cuevas naturales donde alguien herido podría haberse refugiado. Siguieron el curso del río Colca, sabiendo que si Natacha había caído al agua, la corriente podría haberla arrastrado varios kilómetros valle abajo. El río era otro problema. Enero, en plena temporada de lluvias, el colca bajaba crecido.
El agua marrón y turbulenta arrastraba troncos, rocas, sedimentos. Buscar en el río era peligroso. Requería moverse con extremo cuidado por las orillas resbaladizas, escudriñar entre las rocas, revisar cada remanso donde algo podría quedar atrapado. No encontraron nada. Paralelamente, las autoridades comenzaron a revisar registros de transporte, autobuses que salían de Cabanaconde hacia otros pueblos, taxis colectivos.
cualquier vehículo que hubiera salido del área el 24 de enero. La posibilidad remota de que Natacha hubiera decidido cambiar de planes abruptamente, tomar transporte sin avisar, continuar viaje a otro destino. Consultaron con conductores, con vendedores de boletos. Nadie recordaba a una mujer con su descripción.
Y de todas formas, eso no explicaría por qué había dejado su pasaporte, su laptop, todas sus pertenencias en el hostal. Nadie abandona esas cosas voluntariamente. El 27 de enero, tercer día de búsqueda, la operación alcanzó su máxima intensidad. La embajada belga había presionado a las autoridades peruanas para que se tomara el caso con absoluta seriedad.
Los medios de comunicación comenzaban a reportar la desaparición. El nombre de Natasha aparecía en portales de noticias locales y con la atención mediática llegaron más recursos. Un dron fue enviado desde Arequipa. Equipado con cámaras de alta resolución y sensores térmicos, podía sobrevolar áreas inaccesibles a pie, detectar fuentes de calor, cubrir en horas, lo que a los rescatistas a pie les llevaría días.
El operador, un joven oficial de policía especializado en tecnología de búsqueda, comenzó los vuelos sistemáticos sobre el valle. Las imágenes que el dron enviaba eran impresionantes y desalentadoras a la vez. kilómetros de terreno fracturado, quebradas que se ramificaban en docenas de direcciones, zonas donde la vegetación baja ocultaba cualquier cosa que estuviera en el suelo.
El valle era inmenso. Encontrar a una persona allí era como buscar una moneda en el océano. Aún así, continuaron los padres de Natacha. Llegaron a Perú. Ese mismo día atterrizaron en Lima, tomaron un vuelo a Arequipa y de ahí viajaron por carretera hasta Cabanaconde. 6 horas de viaje desde Arequipa subiendo por carreteras de montaña, atravesando páramos fríos, viendo como el paisaje se volvía cada vez más árido y vertical.
Cuando llegaron al pueblo, Eric y su esposa fueron directamente al puesto policial. Querían ver los mapas. Querían entender qué se estaba haciendo. Querían, sobre todo, estar cerca, sentir que estaban haciendo algo, aunque solo fuera a esperar. El sargento Quispe los recibió con respeto y franqueza, les explicó la situación.
Les mostró en el mapa las áreas ya cubiertas y las que aún faltaban explorar. les dijo que estaban haciendo todo lo posible, pero también fue honesto. El valle era enorme, el tiempo estaba corriendo y cada hora que pasaba reducía las posibilidades. Esta noche, los padres de Natacha durmieron en el mismo hostal donde su hija se había hospedado, en una habitación al lado de la que ella había ocupado, rodeados de sus pertenencias que permanecían intactas esperando.
Las 72 horas críticas habían pasado y Natacha seguía desaparecida. El valle no entregaba respuestas, solo silencio. Y ese silencio comenzaba a sentirse ensordecedor. Capítulo 3. La búsqueda internacional. Cuando un caso de desaparición se extiende más allá de las primeras 72 horas sin resultados, algo cambia. La urgencia no disminuye, pero la estrategia debe ajustarse.
Ya no se trata solo de encontrar a alguien con vida, se trata de encontrar cualquier evidencia, un rastro, un objeto, una pista que permita reconstruir lo que ocurrió. A finales de enero de 2022, el caso de Natasha de Crombrug se había convertido en noticia internacional. Los medios belgas cubrían la historia diariamente.
Portales peruanos publicaban actualizaciones constantes y con la atención mediática llegó algo crucial. Más recursos. El gobierno belga envió un equipo especializado de búsqueda y rescate. Cinco expertos entrenados en operaciones de montaña, equipados con tecnología de rastreo y experiencia en terreno extremo.
Llegaron a Cabanaconde el 2 de febrero, 9 días después de la desaparición. El líder del equipo belga era Luke Jansens, veterano de operaciones de rescate alpino con más de 20 años de experiencia. Había buscado personas perdidas en los Alpes, en los Pirineos, en regiones remotas de Nepal. Sabía que cada terreno tiene sus particularidades y el valle del Colca presentaba desafíos únicos.
Lo primero que hizo Jansens fue reunirse con el sargento Quispe y revisar todo lo actuado. Mapas marcados con áreas cubiertas, testimonios recogidos, registros de los vuelos del dron. Era un trabajo serio, pero Jansens notó que faltaba sistematización. Las búsquedas habían sido intensas, pero algo caóticas.
Múltiples grupos moviéndose sin coordinación central perfecta, sectores que se superponían mientras otras zonas quedaban sin cubrir. Chanens propuso una nueva estrategia: dividir el valle en cuadrículas, asignar equipos específicos a cada sector. Documentar exhaustivamente cada área revisada. Usar el dron de forma sistemática antes de enviar equipos a pie.
El equipo belga trajo equipo especializado, detectores de metales de largo alcance, cámaras térmicas portátiles de última generación y algo más perturbador, perros entrenados en búsqueda de cadáveres. Nadie quería decirlo en voz alta, pero todos lo pensaban. Después de 9 días sin comida, sin agua, expuesta al frío nocturno, las probabilidades de encontrar a Natacha con vida eran casi nulas.
Ahora se trataba de encontrar su cuerpo,de dar cierre a la familia. Los perros comenzaron a trabajar el 3 de febrero. Eran dos pastores alemanes belgas, entrenados específicamente para detectar restos humanos. Los llevaron a los senderos principales, a las quebradas secundarias, a las zonas donde el dron había captado anomalías.
Los perros olfateaban metódicamente buscando el olor de la descomposición. En varias ocasiones marcaron algo. Se detenían, ladraban, rascaban el suelo. Los rescatistas excavaban, pero siempre encontraban lo mismo. Restos de animales, cabras caídas por barrancos, llamas muertas. El valle estaba lleno de muerte natural, pero no de Natacha.
Mientras tanto, los padres se habían convertido en parte activa de la búsqueda. Eric de Crombrugando. Cada mañana se levantaba antes del amanecer y salía con los equipos. Tenía 60 años. No estaba acostumbrado a caminar por terreno de alta montaña. El aire delgado le dificultaba respirar, pero nada de eso importaba.
Su hija estaba allá afuera y él tenía que buscarla. Lo acompañaban voluntarios locales, guías que donaban su tiempo sin cobrar, hombres y mujeres de Cabanaconde que habían visto las noticias y decidido ayudar. Formaron grupos de búsqueda mixtos. Descendían juntos por las quebradas. Llamaban el nombre de Natacha en español.
en francés, en inglés y seguían buscando. La madre de Natasha adoptó un rol diferente, coordinaba con la embajada, hablaba con periodistas, mantenía activa la presencia en redes sociales. Crearon una página web, Looking for Natasha. publicaban actualizaciones diarias, compartían mapas de las áreas exploradas, pedían información a cualquier persona que hubiera estado en el valle esos días.
Las redes sociales se llenaron de mensajes de apoyo. Miles de personas compartiendo la fotografía de Natasha. viajeros que habían estado en Cabanaconde revisando sus propias fotos por si hubieran captado algo relevante. Pero también llegaron los teóricos. En foros de internet comenzaron a circular especulaciones.
Algunos sugerían crimen, otros hablaban de trata de personas y luego estaban los que mencionaban lo paranormal. El valle del Colca, decían, era un lugar de poder ancestral. Había leyendas sobre espíritus que habitaban las quebradas. La familia ignoró estas teorías. Se enfocaron en lo tangible, en las búsquedas físicas, en presionar para que se destinaran más recursos.
A mediados de febrero, dos semanas después de la desaparición, se tomó una decisión controversial. Las autoridades peruanas anunciaron que iban a reducir la intensidad de las búsquedas, no las suspenderían completamente, pero ya no habría equipos grandes desplegados diariamente. Los recursos eran limitados. Habían cubierto todas las áreas accesibles múltiples veces.
Eric de Krombruger protestó. exigió reuniones con autoridades de mayor rango. Su hija llevaba solo dos semanas desaparecida. No podían rendirse así, pero la realidad era implacable. El valle del Colca tenía más de 100 km de longitud, innumerables quebradas laterales, áreas donde el terreno era tan inestable que era peligroso siquiera intentar acceder.
Aún así, algunos no se rindieron. Un grupo de guías locales liderados por Gregorio Mamani decidió continuar buscando por su cuenta. Gregorio tenía 42 años. Conocía el valle como nadie. Había trabajado como guía durante 20 años y había visto cosas. Había visto como el valle se tragaba a las personas. Pero sentía que algo en este caso era diferente, una intuición de que Natacha estaba en algún lugar que aún no habían revisado correctamente.
Así que siguió buscando con un grupo pequeño de voluntarios locales, sin paga, sin reconocimiento oficial, exploraron rutas que casi nadie transitaba. Descendieron por barrancos que requerían cuerdas. Revisaron cuevas que apenas aparecían en los mapas. Hablaron con pastores que vivían aislados en las laderas. Nada. Febrero llegó a su fin.
Marzo comenzó. La temporada de lluvias continuaba. Algunos días llovía tanto que los senderos se convertían en ríos de barro. El río Colca crecía volviéndose más violento, arrastrando todo a su paso. Los padres permanecieron en Perú. Se negaban a volver a Bélgica sin respuestas. Habían alquilado una habitación en Arequipa, pero viajaban al valle cada semana.
Mantenían presión mediática, publicaban actualizaciones constantes. No nos rendiremos. escribió Eric en un comunicado público. Nuestra hija está allá afuera y la vamos a encontrar. Pero en privado, la desesperación comenzaba a infiltrarse. ¿Cuánto tiempo podían sostener esto? ¿Cuándo era el momento de aceptar que quizás nunca sabrían qué pasó? El valle del Colca no respondía, solo observaba inmutable, antiguo, indiferente al dolor humano.
Y mientras el mundo seguía girando, mientras las noticias pasaban a otros temas, mientras la atención pública se desvanecía lentamente, el cañón guardaba su secreto. Marzo se convirtió en abril.abril en mayo y el silencio del valle se volvió casi insoportable. Capítulo 4. Hipótesis y teorías. Cuando las semanas se convierten en meses sin respuestas, la mente humana necesita llenar el vacío.
Las autoridades peruanas manejaban varias líneas de investigación, cada una con su propia lógica. Cada una con sus propias limitaciones, pero ninguna con evidencia concluyente. La primera hipótesis, la más obvia, era la del accidente por caída. El valle del Colca es un terreno mortal, incluso para excursionistas experimentados.
Los senderos son empinados, irregulares, traicioneros. Hay secciones donde la grava suelta resbala sin aviso, tramos donde el borde del camino se desmorona, áreas donde una piedra que parece estable cede al primer contacto. Durante la temporada de lluvias, cuando Natacha desapareció, el riesgo se multiplica. El agua debilita la estructura del suelo, convierte la tierra en barro resbaladizo.
Un paso mal calculado, un resbalón y la gravedad hace el resto. Si Natacha había caído por un barranco, especialmente en una zona apartada del sendero principal, encontrarla sería extremadamente difícil. El valle tiene cientos de quebradas laterales, grietas profundas entre rocas, cavidades ocultas por vegetación.
Un cuerpo podría quedar atrapado en cualquiera de esos lugares. Invisible desde arriba, inaccesible desde abajo. Los rescatistas habían descendido por docenas de barrancos, pero el valle era demasiado extenso. Había lugares donde simplemente no podían llegar sin arriesgar sus propias vidas. El sargento Quispe consideraba esta la hipótesis más probable, no por evidencia directa, sino por estadística.
La mayoría de las muertes en el Colca eran por caídas accidentales, pero había algo que no encajaba del todo. Si Natasha había caído cerca de los senderos principales, alguien tendría que haber visto algo. Otros excursionistas, guías con grupos. Pobladores locales. ¿Cómo desaparece alguien sin que nadie escuche un grito? Vea una mochila abandonada, note fuera de lugar.
La segunda hipótesis era más oscura, el crimen. La policía no podía descartarla. Interrogaron a guías locales que habían estado en el valle ese día. Revisaron antecedentes, preguntaron si alguien había actuado de forma sospechosa, investigaron si Natacha había tenido interacciones conflictivas. No encontraron nada sólido.
Todos los guías tenían coartadas verificables. Además, si hubiera sido un crimen, tendría que haber evidencia. Sangre, signos de lucha, objetos abandonados. La cámara de Natasha, su teléfono, deberían estar en algún lugar. Era posible que un atacante los hubiera ocultado, pero parecía improbable. El valle era demasiado vasto, demasiado expuesto.
Ocultar un cuerpo sin dejar rastro requeriría una planificación casi imposible. Aún así, la policía mantuvo la hipótesis abierta. La tercera hipótesis era la más perturbadora, la desorientación, seguida de muerte por exposición. El valle del Colca puede desorientar incluso a quienes conocen la montaña. Los senderos se bifurcan constantemente.
Algunos están marcados, otros no. Si Natasha había tomado un desvío equivocado, podría haber terminado en un área completamente diferente, sin señal de celular, sin referencias claras para orientarse. La muerte por exposición en montaña es lenta y cruel. Primero viene la sed, luego la debilidad. El frío nocturno baja la temperatura corporal.
La hipotermia genera confusión. hace que las personas tomen decisiones irracionales. Eventualmente el cuerpo se apaga. Si esto le había ocurrido a Natasha, podría haber caminado kilómetros en dirección equivocada antes de colapsar. podría estar en alguna quebrada lateral que ni siquiera estaba en los mapas principales. Gregorio Mamani, el guía local que continuaba buscando por su cuenta, consideraba esta posibilidad seriamente.
Había visto casos similares, turistas que aparecían kilómetros fuera de las rutas lógicas. La montaña confunde, el cansancio afecta el razonamiento. Pero había una cuarta hipótesis que circulaba principalmente en internet y en conversaciones privadas entre pobladores locales. Una hipótesis que las autoridades no investigaban oficialmente, la hipótesis de lo inexplicable.
El Valle del Colca tiene historia. Los pueblos preencaicos consideraban el cañón un lugar sagrado. Los incas construyeron terrazas agrícolas en sus laderas, templos en sus alturas, ofrendas en sus profundidades. Creían que los apús, los espíritus de las montañas residían allí. Los pobladores actuales mantienen creencias similares.
Hablan de lugares donde no se debe caminar al anochecer, de zonas donde la gente escucha voces sin fuente, de luces que se mueven entre las rocas. Cuando alguien desaparece en el valle sin dejar rastro, los ancianos del pueblo dicen lo mismo. El valle se lo llevó. Un pastor llamado Fortunato Condori fue entrevistado por los equipos de búsqueda.
Tenía 73 años. Les dijo algoinquietante. El 24 de enero había escuchado algo extraño, un sonido como de viento fuerte, pero concentrado, como si soplara solo en un punto específico del valle. Y luego silencio, un silencio tan profundo que incluso los pájaros dejaron de cantar. Los rescatistas anotaron su testimonio con cortesía profesional, pero no lo investigaron.
Entre los voluntarios locales, sin embargo, el testimonio circuló y algunos recordaron otras historias, otras desapariciones en el valle a lo largo de los años que nunca fueron completamente explicadas. Eran relatos reales, memorias distorsionadas, leyendas alimentadas por el misterio del lugar.
Imposible saberlo, pero formaban parte del tejido narrativo del valle. Eric de Crombrug escuchó algunas de esas historias, las descartó. Necesitaba hechos, necesitaba lógica. Las historias de espíritus no lo ayudaban. Pero en las noches de insomnio, cuando el cansancio bajaba, sus defensas racionales, no podía evitar preguntarse y si el valle realmente era diferente.
Lo descartaba al amanecer, pero la pregunta permanecía. Mientras tanto, el tiempo seguía pasando. Marzo se convirtió en abril. Abril en mayo, las búsquedas activas se habían reducido a exploraciones esporádicas. El caso seguía abierto, pero sin avances. Los medios comenzaron a perder interés. El nombre de Natasha empezó a desvanecerse de las primeras páginas, pero su familia no se rendía y el valle, silencioso, antiguo, imperturbable, continuaba guardando su secreto, porque había algo allá abajo, en algún lugar, entre las miles de toneladas de
roca, entre las quebradas sin nombre. entre las sombras donde el sol nunca llega, algo que pronto sería encontrado, pero no de la forma que nadie esperaba. Los meses de silencio estaban a punto de terminar, pero las respuestas que traerían solo generarían más preguntas. Capítulo 5. El hallazgo. Septiembre de 2022.
meses habían pasado desde que Natasha de Krombrugue salió de su hostal aquella mañana de enero. 8 meses de búsquedas, de esperanzas que se desvanecían, de noches sin respuestas. 8 meses en los que el valle del Colca guardó silencio hasta que el río habló. El 15 de septiembre, un grupo de trabajadores locales realizaba labores de mantenimiento en las orillas del río Colca, varios kilómetros valle abajo, desde Cabanaconde.
Estaban limpiando escombros arrastrados por las lluvias cuando uno de ellos vio algo que lo hizo detenerse. Entre las piedras, medio enterrado en sedimentos y arena. Había algo que no pertenecía al río, restos de ropa, fragmentos de tela desgastada y junto a ellos, parcialmente cubiertos por grava, restos humanos en avanzado estado de descomposición.
El trabajador retrocedió, llamó a sus compañeros. Nadie tocó nada. Uno de ellos tomó su teléfono y llamó a la policía. La notificación llegó al sargento Quispe dos horas después. Organizó un equipo inmediatamente, contactó a especialistas forenses y llamó a la embajada belga. Había que informar a la familia.
Eric de Crombrug recibió la llamada en Bruselas. Había regresado a Bélgica en julio después de 5co meses en Perú. Cuando le dijeron que habían encontrado restos humanos en el río Colca, supo, simplemente supo. No había confirmación oficial todavía. Los análisis de ADN tardarían días, pero en su interior la certeza era absoluta.
El lugar del hallazgo estaba aproximadamente a 30 km desde Cabanaconde, siguiendo el curso del río. Era una zona remota, accesible solo por senderos difíciles. No era un lugar donde los equipos hubieran concentrado sus esfuerzos inicialmente porque parecía demasiado lejos, pero el río Colca tiene su propia lógica.
Durante los meses de lluvia, el caudal aumenta exponencialmente. Todo lo que cae en él es arrastrado valle abajo con violencia implacable. Si Natacha había caído al río, la corriente la habría llevado kilómetros antes de que quedara atrapada entre rocas. El equipo forense llegó al sitio al día siguiente. Acordonaron el área, fotografiaron todo y comenzaron la recuperación.
El estado del cuerpo era crítico. 8 meses expuesto a los elementos. Quedaba muy poco que pudiera identificarse visualmente, pero había elementos que permitían hacer conexiones, fragmentos de ropa que coincidían con las descripciones, restos de una bota de montaña y material biológico suficiente para extracción de ácido desoxirribonico.
Las muestras fueron enviadas a laboratorios en Lima. El proceso tomaría entre una y dos semanas. Mientras esperaban la confirmación oficial, las autoridades trabajaron en la reconstrucción de lo ocurrido. ¿Cómo había llegado Natasha hasta ese punto del río? ¿En qué momento cayó al agua? Luke Jansens del equipo belga de búsqueda revisó los mapas, estudió el curso del río, analizó las corrientes.
Su conclusión fue inquietante. Para que el cuerpo terminara donde fue encontrado, Natasha tendría que haber entrado al agua mucho más arriba del valle,posiblemente cerca de Cabana Conde. Pero las búsquedas iniciales habían cubierto esas áreas. ¿Cómo no la encontraron entonces? Había dos posibilidades. Primera, el cuerpo había estado sumergido durante meses, solo recientemente liberado por cambios en el caudal.
Segunda, Natasha había caminado mucho más lejos de lo imaginado antes de caer al río. Ambas opciones eran frustrantes porque significaban que estuvieron cerca. El 28 de septiembre, 13 días después del hallazgo, llegaron los resultados del análisis de ADN. Confirmación positiva. Los restos pertenecían a Natasha de Cron Bruge.
La noticia fue comunicada oficialmente a la familia, a los medios, al mundo que había seguido el caso. El misterio de su desaparición había terminado. Natasha estaba muerta, pero las preguntas no terminaron. El informe forense fue categórico. Debido al estado avanzado de descomposición, era imposible determinar la causa exacta de muerte.
No había fracturas óseas evidentes, no había signos de violencia intencional. Pero 8 meses en el río borran casi toda evidencia. La hipótesis oficial, muerte por accidente. Natasha probablemente resbaló, cayó a una quebrada o al río y murió por ahogamiento o trauma. Su cuerpo fue arrastrado por la corriente hasta donde fue encontrado meses después.
era la explicación más lógica, la más probable, pero no explicaba todo. No explicaba por qué ningún equipo encontró objetos personales, su cámara, su teléfono, su mochila, nada. No explicaba por qué los perros de búsqueda no marcaron zonas cercanas al río durante las primeras semanas. No explicaba el testimonio del pastor Fortunato sobre el sonido extraño del 24 de enero y no explicaba la sensación compartida por varios rescatistas locales de que algo en este caso siempre se sintió diferente.
Gregorio Mamani fue uno de los que ayudó en la recuperación. Cuando vio el lugar donde Natacha fue encontrada, algo en él se rompió. Había estado allí, en ese mismo sector, durante las primeras semanas y no había visto nada. ¿Cómo era posible? La respuesta oficial. El cuerpo estaba oculto por sedimentos. invisible hasta que el río finalmente lo expuso.
Pero Gregorio no podía sacudirse la sensación de que había algo más. Los restos fueron repatriados a Bélgica en octubre. Hubo un funeral privado en Bruselas. Eric de Cron Brugue dio un discurso breve. agradeció a todos los que habían ayudado. Su voz se quebró varias veces. Natasha amaba la montaña, dijo.
Y aunque su vida terminó demasiado pronto, en un lugar lejano y de una forma que nunca comprenderemos del todo, sé que ella habría querido que recordáramos no cómo murió, sino cómo vivió. con valentía, con curiosidad, con libertad. Cerró los ojos y añadió casi en un susurro. Pero nunca dejaré de preguntarme qué vio en esas últimas horas, si sintió miedo, si llamó pidiendo ayuda.
Esas preguntas me acompañarán el resto de mi vida. El caso fue oficialmente cerrado en noviembre de 2022. Muerte accidental, archivado. Pero en Cabanaconde, entre los pobladores que viven con el valle día tras día, el caso de Natacha se convirtió en otra historia más. Otra advertencia sobre los peligros del cañón.
Otro nombre que se pronuncia en voz baja cuando los turistas preguntan si es seguro caminar solos. Y en las noches tranquilas, cuando el viento sopla frío y el río murmura en las profundidades, algunos todavía se preguntan, ¿qué fue realmente lo que ocurrió el 24 de enero de 2022? un simple accidente, un paso en falso o algo más, algo que el valle nunca admitirá, porque el valle del Colca es antiguo, más antiguo que cualquier civilización humana.
Y los lugares antiguos tienen sus propias reglas, sus propios secretos y no siempre comparten lo que saben. El cuerpo fue encontrado, pero el misterio en cierto modo permanece intacto. El caso de Natasha de Cronbrug quedó registrado en los archivos peruanos como accidente mortal en zona de montaña. Un expediente más entre decenas que se acumulan cada año en regiones andinas.
Turistas que subestiman el terreno, excursionistas que se aventuran solos, personas que simplemente tienen mala suerte. Pero hay casos que trascienden el papel, que permanecen en la memoria colectiva, que se convierten en advertencia y en misterio al mismo tiempo. Este es uno de ellos. Natacha no era una turista imprudente.
Tenía experiencia en montaña. Había viajado por lugares difíciles, conocía los riesgos. Y aún así, el valle del Colca la derrotó, la tragó sin testigos, la mantuvo oculta durante 8 meses y cuando finalmente la devolvió, lo hizo sin entregar todas las respuestas. ¿Qué podemos aprender de este caso? Primero, lo obvio, la montaña no perdona.
No importa cuánta experiencia tengas, no importa cuántos viajes hayas hecho antes, un solo error es suficiente, un resbalón en el lugar equivocado, una decisión apresurada, un desvío mal calculado. El valle del Colca, con sus 3270 m deprofundidad es uno de los terrenos más peligrosos del mundo. Los senderos son engañosos. El clima cambia sin aviso.
El terreno se vuelve traicionero con la lluvia y la ayuda cuando llegas a necesitarla puede estar demasiado lejos. Contratar un guía local no es señal de debilidad, es sentido común. Los guías conocen el valle, saben dónde no caminar después de una tormenta. Saben québradas evitar. Saben cuándo dar la vuelta, aunque el objetivo esté cerca. Natasha decidió caminar sola.
Era su derecho, era su estilo, pero esa decisión tuvo consecuencias irreversibles. Segundo, la importancia de la comunicación. Natasha no dejó un plan específico, no avisó una ruta exacta, no estableció una hora de retorno clara. Cuando desapareció, nadie sabía con certeza hacia dónde había ido. Eso complicó todo.
Los equipos de búsqueda tuvieron que cubrir áreas enormes sin saber por dónde empezar. Perdieron tiempo explorando sectores que quizás nunca transitó. Y mientras tanto, el rastro se enfriaba. Avisar a alguien, dejar una nota, marcar una ruta en un mapa, establecer un horario de checkin. Son precauciones simples que pueden marcar la diferencia entre una búsqueda efectiva y una búsqueda a ciegas.
Tercero, las limitaciones de los rescates en terreno extremo. Las autoridades peruanas y los equipos belgas hicieron todo lo que pudieron. Desplegaron recursos, tecnología, personal especializado y aún así no fue suficiente. El valle es demasiado vasto. Hay lugares donde no se puede llegar. Quebradas demasiado peligrosas para explorar.
Sectores donde enviar rescatistas sería enviarlos a morir. La naturaleza tiene sus propias reglas y a veces simplemente gana. Cuarto, y quizás lo más perturbador, lo inexplicable. Hay elementos, en este caso, que no encajan perfectamente. Los objetos personales que nunca aparecieron, los perros de búsqueda que no marcaron nada en las primeras semanas, el cuerpo encontrado en un lugar que supuestamente ya había sido revisado.
La explicación oficial tiene lógica, probablemente es correcta, pero deja pequeños espacios vacíos. Preguntas sin respuesta completa. ¿Es posible que haya algo más? ¿Algo que no comprendemos sobre cómo funcionan estos lugares remotos? Sobre cómo la montaña se comporta cuando nadie la observa. Los pobladores locales tienen sus propias explicaciones.
Hablan del valle como una entidad viva, con voluntad, con caprichos. No son explicaciones científicas, pero nacen de generaciones de observación, de patrones que han visto repetirse. ¿Debemos descartarlas completamente? ¿O hay sabiduría antigua? en esas advertencias que no entendemos del todo. No tengo respuestas definitivas, solo preguntas.
Lo que sí sabemos con certeza es esto. Natasha de Crombrug salió a caminar una mañana de enero. No regresó. Durante 8 meses, su familia vivió con la peor incertidumbre que un ser humano puede experimentar. Y cuando finalmente obtuvieron respuestas, esas respuestas no trajeron paz completa. Porque saber que murió no es lo mismo que saber cómo vivió sus últimas horas, si sufrió, si tuvo esperanza de ser rescatada, si se dio cuenta de que se había perdido o si todo ocurrió tan rápido que no hubo tiempo para el miedo.
Esas preguntas viajarán con su familia. el resto de sus vidas. El valle del Colca sigue allí. Imperturbable, majestuoso, peligroso. Cada año miles de turistas lo visitan. La mayoría regresa con fotografías hermosas y recuerdos memorables, pero algunos no regresan. Y el valle los guarda entre sus rocas, en sus quebradas, bajo su río eterno.
Si alguna vez decides visitar el Colca, hazlo con respeto, con preparación, con humildad ante la naturaleza. Contrata un guía, avisa tu ruta, lleva equipo adecuado. No subestimes el terreno. Y si escuchas historias de los pobladores sobre lugares donde no debes ir, sobre sonidos extraños, sobre personas que desaparecieron sin rastro, no las descartes como superstición, porque quizás esas historias son la forma en que la montaña habla.
La forma en que advierte, la forma en que dice, “Ten cuidado, yo soy más antigua que tú, más fuerte, más paciente y no siempre devuelvo lo que tomo.” El expediente del caso Natasha de Crombrug está archivado, cerrado, resuelto oficialmente. Pero en las noches de Cabanaconde, cuando el viento baja del cañón arrastrando el sonido del río, algunos todavía pronuncian su nombre, no con miedo, con respeto, como se pronuncian los nombres, de quienes el valle eligió quedarse.
Y hasta hoy nadie volvió a hablar de eso sin que un escalofrío recorriera la espalda. Porque el valle del Colca recuerda, y nosotros también deberíamos. Dicen que el bosque lo tomó y que el bosque no devuelve. En el caso del cola fue el cañón y la lección permanece.
News
¿Quién fue DANIEL DEL FIERRO?
En una hacienda de Guanajuato en 1898, las hijas más bellas del lugar sentían algo que jamás deberían haber sentido…
La Historia Nunca Contada de Las Herederas Flores:Las hermanas que fueron amantes de su propio padre
En una hacienda de Guanajuato en 1898, las hijas más bellas del lugar sentían algo que jamás deberían haber sentido…
¡45 años de amor, pero al morir él, ella halló un terrible secreto que arruinó toda su existencia!
Los años pasaron sin darse cuenta. La boda, un pequeño apartamento de dos habitaciones, el primer hijo tan esperado, luego…
“La abandonó embarazada — 10 años después, su hija viajó sola para encontrarlo”
Hace 10 años él huyó la misma noche que supo del embarazo. Hoy su hija de 10 años acaba de…
Juan Gabriel DETUVO la Canción a Mitad del Show Cuando vio a un Anciano Siendo Sacado por Seguridad
Juan Gabriel estaba a mitad de Amor eterno cuando vio a dos guardias de seguridad arrastrando a un anciano hacia…
HORRORIZÓ A PANAMÁ: un retiro de empresa, tres días en la montaña y siete empleados desaparecidos
La cordillera central de Chiriquí, Panamá, es un lienzo de verdes profundos y niebla perpetua. Un lugar donde la majestuosidad…
End of content
No more pages to load






