
En 1796, el héroe de la Revolución Americana que se convirtió en el primer presidente de los Estados Unidos, el hombre cuyo rostro aparece en el billete de un dó. El hombre al que llaman el padre de la nación y el padre de la libertad, publicó un anuncio en los periódicos de Filadelfia.
El anuncio ofrecía $10 de recompensa. No por un criminal, no por un traidor, no por un enemigo de la patria, por una mujer de 22 años llamada Ona Judge, que había cometido un crimen imperdonable, robarse a sí misma. George Washington, el presidente de los Estados Unidos, el héroe de la Revolución Americana, el hombre que había luchado por la libertad de su país contra la tiranía británica, acababa de convertirse en cazador de esclavos.
¿Por qué el padre de la libertad perseguía a una mujer joven con toda la fuerza del gobierno federal? ¿Qué había hecho Ona Judge para enfurecer tanto al hombre más poderoso de Estados Unidos? ¿Cómo escapó de la casa presidencial sin que nadie la detuviera? Y la pregunta más importante de todas.
¿Logró Washington capturarla? Durante 3 años, el presidente usó agentes federales, el poder de la ley y su influencia política para cazar a esta mujer. Onaj no tenía dinero, no tenía protección legal, no tenía armas, solo tenía una cosa, la determinación de ser libre. Esta es su historia. Monton, Virginia, 1774. Una mujer esclavizada llamada Betty dio a luz a una niña.
El padre era Andrew Judge, un sirviente contratado blanco que trabajaba como sastre en la plantación. La bebé nació con piel clara, ojos negros y cabello oscuro y rizado. La llamaron Ona George. Según la ley de Virginia, el estatus de un niño seguía el de la madre. No importaba que el padre fuera blanco y libre. Si la madre era esclava, el hijo nacía esclavo.
Onach era propiedad de la familia Washington desde el momento en que respiró por primera vez. A los 10 años la llevaron de la pequeña cabaña donde vivía con su madre a la mansión principal de Mount Bernon. Martha Washington necesitaba una nueva dama de compañía personal. Ona aprendió a coser, a vestir a la señora Washington, a peinar su cabello, a acompañarla en sus visitas sociales.
Era un trabajo privilegiado comparado con el trabajo en los campos. On recibía ropa fina porque debía reflejar el estatus de Marta. Vivía en la casa principal. Comía mejor que los esclavos de campo, pero seguía siendo esclava. En 1789, George Washington fue elegido primer presidente de los Estados Unidos. Tenía 57 años. Onaudge tenía 15.
Martha Washington empacó sus pertenencias y seleccionó a los esclavos que la acompañarían a Nueva York, la capital temporal de la nación. Ona Judge fue una de ellos. Dejó atrás a su madre Betty, a su hermana menor Delfi y la única vida que había conocido. Viajó al norte como propiedad personal de la primera dama de Estados Unidos y sin saberlo estaba a punto de descubrir algo que cambiaría su vida para siempre, que la libertad era posible. Nueva York, primavera de 1790.
Onay caminaba tres pasos detrás de Martha Washington por las calles de la capital. Era su primera semana en la ciudad y todo le parecía extraño. Los edificios eran más altos que en Mount Bernon. Las calles estaban llenas de carruajes. El aire olía diferente a mar y a multitudes. Pero lo más extraño de todo eran las personas negras que veía en las calles.
Caminaban solas, sin cadenas, sin supervisión. Entraban y salían de tiendas como si tuvieran derecho a estar allí. Ona vio a un hombre negro vestido con traje fino, hablando con un comerciante blanco, no como esclavo a amo, como igual a igual. Vio a una mujer negra cargando una canasta de verduras que claramente había comprado, no recogido para un amo.
Marta notó que Ona miraba fijamente, “Ojos al frente”, le ordenó. Ona obedeció, pero no podía dejar de pensar en lo que había visto. Esa noche, en la pequeña habitación del ático, donde dormía con otras esclavas de la casa presidencial, Ona preguntó en voz baja, ¿quiénes son esas personas negras en las calles? Una de las esclavas mayores, una cocinera llamada Giles, respondió sin levantar la vista de su costura.
Libres, libres, negros. libres. Aquí en el norte hay muchos. Pennyvania los liberó. Nueva York está empezando a liberarlos también. Ona se quedó en silencio. Había crecido en Mount Bernon, rodeada de esclavos. Conocía a más de 100 personas esclavizadas en la plantación, pero nunca, ni una sola vez en sus 15 años de vida, había visto a una persona negra que fuera libre.
No sabía que eso era posible. Al año siguiente, en diciembre de 1790, el gobierno trasladó la capital de Nueva York a Philadelphia. Los Washington empacaron de nuevo. Ona empacó de nuevo y esta vez, cuando llegaron a Philadelphia, lo que vio la dejó completamente asombrada. Filadelfia tenía 6,000 personas negras libres. 6,000.
era la comunidad de negros libres más grande de Estados Unidos. Tenían suspropias iglesias, sus propias escuelas, sus propios negocios. Caminaban por las calles de Filadelfia con la cabeza en alto. Algunos eran prósperos, algunos eran pobres, pero todos eran libres. Y Ona Judge, viviendo en la casa del presidente de los Estados Unidos, era una de menos de 100 esclavos que quedaban en toda la ciudad.
Martha Washington notó el cambio en Ona casi inmediatamente. La muchacha miraba por las ventanas más tiempo del necesario. Cuando salían a visitas sociales, Ona observaba a cada persona negra que pasaba. Marta lo atribuyó a curiosidad juvenil y no le dio mayor importancia. Pero Ona no solo miraba, Ona estaba aprendiendo.
En junio de 1792, Marta llevó a Ona al teatro. Era un privilegio inusual. Marta quería que Ona la ayudara a vestirse para la ocasión y luego la acompañara. Durante la obra, Ona no prestó mucha atención al escenario. Estaba mirando al público. Vio a familias negras libres sentadas en las galerías superiores. Vestían ropa sencilla, pero digna.
Reían, aplaudían, vivían. En abril de 1793, Marta llevó a Ona a ver acróbatas callejeros. En junio de ese año fueron al circo. Cada salida era lo mismo. Ona veía más personas. negras libres, más evidencia de que la vida que ella conocía no era la única posible. Y luego Ona descubrió algo más, algo que lo cambió todo.
Un día, mientras esperaba a Marta fuera de una tienda, una mujer negra de mediana edad se le acercó. Llevaba un vestido sencillo, pero limpio. No parecía rica, pero tampoco parecía esclava. ¿Trabajas para los Washington?, preguntó la mujer en voz baja. Ona asintió cautelosa. Soy miembro de la Sociedad de Abolición de Pennsylvania, dijo la mujer.
Si alguna vez necesitas ayuda, hay personas en esta ciudad que pueden ayudarte. Antes de que Ona pudiera responder, Marta salió de la tienda. La mujer desapareció entre la multitud. Esa noche Ona no pudo dormir. Ayuda. ¿Qué tipo de ayuda? Ayuda para qué. En las semanas siguientes, Ona comenzó a hacer preguntas discretas a las personas negras que encontraba en sus salidas con Marta.
Aprendió sobre la ley de abolición gradual de Pennsylvania, aprobada en 1780. La ley decía que cualquier esclavo traído a Pennsylvania desde otro estado y que viviera allí durante 6 meses consecutivos sería automáticamente liberado. 6 meses. Esa era la diferencia entre esclavitud y libertad. Ona llevaba viviendo en Filadelfia más de un año.
Debería ser libre. Pero no lo era. Unos días después, Ona estaba ayudando a empacar las pertenencias de Marta para un viaje breve. Le pareció extraño. No era época de regresar a Mount Bernon. Marta le explicó casualmente, “Vamos a visitar a la familia en Trenton. Solo serán unos días.
” Trenton, Nueva Jersey, fuera de Pennsylvania. Ona entendió inmediatamente. Los Washington la estaban sacando del estado antes de que cumpliera 6 meses de residencia continua. Cuando preguntó discretamente a los otros esclavos de la casa, descubrió que todos hacían estos viajes regulares. Cada 5co meses y medio, aproximadamente, los enviaban de visita a Mount Bernon o a Nueva Jersey.
Nunca por casualidad, nunca por coincidencia, siempre justo antes de los 6 meses. George Washington, el presidente de los Estados Unidos, el hombre que había firmado leyes y pronunciado discursos sobre libertad, estaba usando un truco legal para mantenerla esclavizada. Conocía la ley de Pennsylvania y la estaba evadiendo deliberadamente.
Ona se sentó en su pequeña habitación del ático esa noche y miró por la ventana hacia las calles de Filadelfia. Allá abajo, personas negras libres caminaban a sus casas después de un día de trabajo. Trabajo que habían elegido en casas que eran suyas, con familias que nadie podía venderles. Y ella, viviendo en la casa más poderosa de Estados Unidos, seguía siendo propiedad, seguía siendo mercancía, seguía siendo algo que podía ser movido de un estado a otro como un mueble para evitar que una ley la liberara. Durante 5 años, desde
1790 hasta 1795, Ona Judge vivió esta doble vida. De día servía a Martha Washington con eficiencia y discreción. Vestía a la primera dama, peinaba su cabello, la acompañaba a eventos sociales donde políticos y sus esposas hablaban sobre libertad y derechos, mientras una esclava de 20 años le servía té. De noche Ona miraba por la ventana y soñaba, pero los sueños no liberan a nadie.
Jona Judge no era una soñadora, era una observadora, una planificadora, una mujer que estaba aprendiendo lentamente que si quería libertad nadie se la iba a dar. Tendría que tomarla ella misma. Lo único que necesitaba era el momento correcto. Y en marzo de 1796 ese momento llegó. Philadelphia, 21 de marzo de 1796. La mansión presidencial estaba más agitada que de costumbre.
Había una boda. Elisa Park Custis, la nieta mayor de Martha Washington, se casaba con Thomas Low, un comerciante inglés bastante mayor que ella. Low habíallegado a Estados Unidos con una fortuna hecha en la India y tres hijos de piel oscura cuyas madres nunca mencionaba. Ahora buscaba expandir su imperio comprando tierras en el nuevo distrito de Columbia.
El Deisa tenía 20 años, mal genio y una reputación que hacía que las esclavas de la casa presidencial hablaran en susurros. Ona Judge estaba en el segundo piso ayudando a preparar las habitaciones de invitados cuando escuchó voces en el pasillo. Se detuvo, las manos quietas sobre las sábanas que estaba doblando. Es el regalo perfecto decía Martha Washington.
Ona ha sido entrenada por mí personalmente. Sabe vestir, peinar, coser. Es discreta y eficiente. ¿Estás segura, abuela? La voz de Elisa sonaba complacida. Sé que es tu favorita. Precisamente por eso quiero que tengas lo mejor. Y además, Marta bajó la voz, pero Ona todavía podía escucharla. Será bueno para Ona también. Cuando tu abuelo y yo muramos, todos nuestros esclavos serán liberados según su testamento.
Pero Ona técnicamente pertenece a la herencia custis, no a nosotros. Si te la doy ahora, al menos sabrá que tiene un futuro seguro contigo. Las voces se alejaron por el pasillo. Ona se quedó completamente inmóvil. Las sábanas resbalaron de sus manos y cayeron al suelo. La iban a regalar como un jarrón, como un mueble, como un vestido que ya no le quedaba a Marta.
Se la iban a dar a Elisa Castislow. Ona conocía las historias sobre Elisa. Todas las esclavas las conocían. Ela gritaba por cualquier cosa. Elisa había abofeteado a una mucama por derramar agua. Ela cambiaba de opinión 10 veces al día y culpaba a sus sirvientes cuando las cosas no salían como ella quería. Las esclavas que habían trabajado temporalmente para Ela regresaban con moretones y miradas vacías.
Y ahora Ona sería de ella permanentemente. Peor aún, Ela y Thomas vivirían en Virginia, en la plantación que LW estaba comprando cerca de Mount Bernon, lejos de Filadelfia, lejos de los 6000 negros libres, lejos de las calles donde había visto lo que era posible, de vuelta al sur, donde nunca, nunca sería libre. Ona recogió las sábanas del suelo con manos temblorosas, terminó de preparar las habitaciones, bajó las escaleras, sirvió el té a los invitados de la boda, sonrió cuando Marta la presentó a Elisa como mi mejor muchacha. Elisa la miró de arriba
a abajo como quien inspecciona un caballo. Es bonita, dijo. Eso está bien. No me gustan las sirvientas feas. Esa noche Ona se sentó en su pequeña habitación del ático y miró por la ventana hacia las calles oscuras de Filadelfia. Había vivido 5co años en esta ciudad. 5 años viendo lo que podía ser su vida.
5 años de esperanza creciendo lentamente dentro de ella como una planta que finalmente encuentra luz. Y en una sola conversación escuchada por casualidad, esa esperanza casi se apaga. Casi. Ona cerró los ojos y pensó, “Ela y Thomas se irían a Virginia después de la boda. Los Washington regresarían a Mount Bernon para el verano en dos meses, como siempre hacían.
Y cuando Marta empacara para ese viaje, Ona estaría en las maletas, no como pasajera, como propiedad. dos meses. Tenía 2 meses para decidir qué tipo de vida quería vivir. Durante las siguientes semanas, Ona trabajó como siempre. Vestía a Marta, acompañaba a Marta, servía a Marta, pero cada vez que salía de la mansión presidencial, sus ojos buscaban algo diferente.
Buscaba caras, caras negras, caras de personas libres. Y comenzó a hacer preguntas. ¿Cconoces a alguien que ayude a personas como yo?, preguntó en voz baja a una mujer negra que vendía flores en la esquina. La mujer la miró largamente. ¿Estás segura de lo que estás preguntando? Estoy segura. La mujer escribió una dirección en un pedazo de papel.
Esta iglesia los domingos por la tarde pregunta por el Reverend Allen. Ona nunca fue a esa iglesia. era demasiado arriesgado, pero guardó el papel doblado en el bolsillo de su vestido como un amuleto. En abril, Marta notó que Ona estaba distraída. “¿Te sientes bien?”, preguntó una mañana mientras Ona peinaba su cabello. “Sí, señora.
Estás muy callada últimamente. Perdón, señora.” Marta la miró en el espejo. Sé que te preocupa ir con Elisa, pero será bueno para ti. Elisa te necesita y estarás cerca de tu familia en Mount Bernon. Ona no dijo nada. Cerca de su familia. Su madre Betty había muerto el año anterior. Su hermana Delphie estaría bien sin ella.
Y de todas formas, ¿qué era la familia comparada con la libertad? Además, continuó Marta, cuando el presidente y yo muramos, tú serás joven todavía. Elisa podría liberarte entonces. Es una posibilidad, una posibilidad. Quizás, tal vez, algún día. Ona había vivido 22 años de posibilidades que nunca se materializaban.
En mayo, los Washington comenzaron los preparativos para el viaje de verano a Moon Vernon. Las maletas salieron de los armarios. La ropa comenzó a empacarse. Los esclavos recibieron instrucciones sobre quéllevar y qué dejar. Yona Judge tomó su decisión. No iría a Virginia, no sería regalada a Ela Castis. No pasaría el resto de su vida esperando una libertad que probablemente nunca llegaría.
Pero había un problema, un problema enorme. Esconderse en Filadelfia era imposible, era la capital. Los Washington tenían conexiones con cada autoridad de la ciudad. Y lo peor de todo, Elizabeth Landon, la hija del senador de New Hampshire, John Langdon, y amiga cercana de la familia Custis, vivía en Filadelfia y conocía perfectamente el rostro de Ona.
Si Ona se escondía en Filadelfia, la encontrarían en días. Necesitaba salir de la ciudad. Necesitaba ir lejos, tan lejos que los Washington no pudieran simplemente enviar a alguien a buscarla, tan lejos que fuera más difícil que valioso recuperarla. Pero, ¿cómo? No tenía dinero. No tenía contactos fuera de Philadelphia, no tenía documentos que probaran que era libre.
Si intentaba viajar sola, cualquier persona blanca podría detenerla y exigir ver los papeles de su amo. Sin esos papeles, la arrestarían como esclava fugitiva inmediatamente. Una tarde de mediados de mayo, Ona estaba en el mercado comprando vegetales para la cocina cuando vio algo que le detuvo el corazón. Un barco, específicamente un cartel anunciando salidas de barcos.
Nancy, capitán John B. salidas regulares a Porsmoth, New Hampshire, Porsh, New Hampshire, a 300 millas de Philadelphia, New Hampshire, donde la esclavitud estaba casi extinta, donde había menos de 50 esclavos en todo el estado, donde un esclavo fugitivo podría posiblemente desaparecer entre la pequeña pero existente comunidad negra libre. Ona memorizó el nombre.
Nancy, capitán Boles, Portsmuth, y comenzó a planear su escape. Onaj se despertó antes del amanecer, no por los ruidos de la casa, no por algún llamado de Marta. Se despertó porque su cuerpo sabía que este era el día, sábado, el último sábado antes de que los Washington partieran hacia Mount Bernon el lunes. Si no actuaba hoy, nunca más tendría otra oportunidad.
se quedó quieta en su pequeño catre de lático, escuchando la respiración de las otras esclavas que dormían a su alrededor. Jailes roncaba suavemente. Mol se movió y murmuró algo en sueños. Nadie sabía lo que Ona estaba a punto de hacer. Ni siquiera podían saberlo. Era más seguro para ellas no saber nada. Durante las últimas dos semanas había hecho los preparativos en silencio absoluto.
Había empacado sus pocas pertenencias personales en un pequeño bulto, dos vestidos sencillos, un chal, un pañuelo que había sido de su madre, nada de la ropa fina que Marta le había dado, nada que fuera obviamente propiedad de los Washington, nada que llamara la atención. Había hablado con la mujer de las flores.
La mujer había hablado con alguien más. Ese alguien había hablado con otra persona. La comunidad negra libre de Filadelfia funcionaba como una red invisible, pasando información en susurros, protegiendo a los suyos, y alguien, en algún punto de esa cadena había contactado al capitán Boles. El plan era simple, pero requería timing perfecto.
Los Washington cenaban todos los sábados a las 6 de la tarde. La cena duraba aproximadamente una hora. Durante ese tiempo, los esclavos domésticos tenían un breve respiro. Era el momento en que nadie esperaba ver a Ona en ningún lugar específico. El Nancy zarparía del puerto a las 7:30.
Ona tenía 90 minutos para dejar atrás 22 años de esclavitud. El día transcurrió con una lentitud torturante. Ona ayudó a Marta a vestirse por la mañana, preparó su té, acompañó a Marta en una breve visita social. Cada tarea la realizó exactamente como siempre. Ningún gesto fuera de lugar, ninguna palabra deás, ninguna mirada que delatara lo que estaba a punto de hacer.
A las 5 de la tarde, Ona ayudó a Marta a vestirse para la cena. Le abrochó los botones del vestido azul oscuro, le arregló el cabello en el estilo que Marta prefería, le puso el collar de perlas alrededor del cuello. Marta se miró en el espejo y sonríó satisfecha. Gracias, Ona. Siempre haces un trabajo tan impecable. Gracias, señora.
Cuando volvamos de Mount Bernon en el otoño, tendremos que empezar a preparar tu traslado a casa de Lisa. Será un gran cambio para ti, pero estoy segura de que te adaptarás bien. Ona sintió que su corazón se aceleraba, pero su voz salió perfectamente tranquila. Sí, señora. Marta se puso de pie y bajó las escaleras hacia el comedor.
Ona esperó un momento, respiró profundo y la siguió. A las 6 en punto, George y Martha Washington se sentaron a cenar. Ona ayudó a servir el primer plato y luego regresó a la cocina. Supuestamente estaba preparando la bandeja de postre. Los otros esclavos estaban ocupados con sus propias tareas. Hércules, el chef principal, gritaba órdenes sobre la cocción de la carne.
Jilles llevaba platos de un lado a otro. Nadie miraba a Ona. Ona caminó hacia la puerta traserade la cocina. Su mano tocó el picaporte de metal. Estaba frío. Nadie dijo nada. Abrió la puerta. El aire de la tarde entró trayendo el olor de la ciudad. Nadie la detuvo. On salió al callejón detrás de la mansión presidencial del hombre más poderoso de Estados Unidos y comenzó a caminar. No corrió.
Correr llamaría la atención inmediatamente. Caminó con paso firme, pero no apresurado, como si estuviera haciendo un mandado para Marta, como si tuviera todo el derecho de estar en la calle, como si fuera libre. Las calles de Filadelfia estaban llenas de actividad del sábado por la tarde. Comerciantes cerrando sus tiendas, familias paseando antes de la cena, carruajes moviéndose de un lado a otro.
Ona mantuvo la cabeza ligeramente baja, pero no demasiado. Demasiado sumisa y parecería sospechosa, demasiado altiva y alguien podría recordar su cara. Dos cuadras más adelante, una mujer negra estaba esperando en una esquina. Era la mujer de las flores. Sus ojos se encontraron por un breve segundo. La mujer no dijo nada, solo asintió ligeramente y comenzó a caminar.
Ona la siguió manteniendo unos pasos de distancia. Caminaron durante 10 minutos por calles cada vez más estrechas y menos iluminadas, alejándose del centro de la ciudad hacia los barrios donde vivía la comunidad negra libre. Finalmente, la mujer se detuvo frente a una casa modesta de madera. Tocó la puerta dos veces, luego una vez más, una señal.
La puerta se abrió. La mujer entró. Ona la siguió. Adentro, un hombre negro de mediana edad cerró la puerta rápidamente detrás de ellas. La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por una vela. “Tus cosas están allí”, dijo el hombre señalando una silla en la esquina. El pequeño bulto de Ona estaba sobre la silla.
Junto a él había un chal más grande de color oscuro y un sombrero de ala ancha, ropa para pasar completamente desapercibida. El barco sale en 40 minutos dijo el hombre. Te llevaré al puerto ahora. Es una caminata de 15 minutos. Busca el Nancy. Capitán Boles está esperando. Ona se cambió rápidamente, quitándose el vestido fino que Marta le había dado y poniéndose uno de sus vestidos sencillos, se envolvió en el chal oscuro y se puso el sombrero.
¿Por qué me ayudan? preguntó en voz baja, “No me conocen. Si los descubren.” El hombre la miró directamente a los ojos. Porque podemos y porque alguna vez hace años alguien nos ayudó a nosotros. Así funciona esto. Nos ayudamos unos a otros. La mujer de las flores tocó brevemente el hombro de Ona. Sé valiente, ya casi estás libre.
15 minutos después, onaj estaba caminando hacia el puerto de Filadelfia, envuelta en el chal oscuro. El hombre caminaba varios pasos adelante, como si no la conociera. El sombrero de ala ancha ocultaba gran parte de su rostro. En la creciente oscuridad del atardecer, parecía simplemente otra mujer negra libre yendo a algún lado.
El puerto era un caos de actividad. Marineros cargando cajas y barriles, comerciantes gritando últimas órdenes, barcos preparándose para zarpar con la marea de la noche. El aire olía a mar, a pescado, a alquitrán. Ona buscó entre los nombres pintados en los cascos de los barcos y entonces lo vio Nancy.
El barco no era grande, era un bergantín mercante de dos mástiles, del tipo que hacía viajes regulares entre Philadelphia, Nueva York y los puertos de Nueva Inglaterra. La madera del casco estaba oscurecida por años de viajes. Las velas estaban siendo desplegadas. Los marineros se movían por la cubierta con la eficiencia de hombres. que han hecho esto 1000 veces.
El hombre que había acompañado a Ona se acercó a la pasarela. Habló brevemente con un marinero. El marinero miró hacia Ona, asintió y desapareció en el barco. Un minuto después, un hombre de unos 40 años apareció en la cubierta. Tenía barba gris y ropa de capitán. Bajó por la pasarela y se acercó a Ona.
¿Eres la muchacha?, preguntó en voz baja. Ona asintió. Soy John Bols, capitán del Nancy. Sube ahora rápido y quédate abajo hasta que estemos fuera del puerto. Ona subió por la pasarela. Sus piernas temblaban, pero no se detuvo. Pisó la cubierta del Nancy. Un marinero joven la guió rápidamente hacia una escalera que bajaba a la bodega.
Abajo, entre cajas de mercancías y barriles de suministros, había un pequeño espacio despejado con una manta. “Espera aquí”, dijo el marinero. “No hagas ruido. Zarparemos en 10 minutos”. Ona se sentó en la manta, en la oscuridad de la bodega, envuelta en el chal oscuro, esperó. Arriba escuchó pasos, voces, órdenes siendo gritadas, el crujido de las cuerdas, el golpe de las velas desplegándose y luego sintió el movimiento.
El Nancy se alejaba del muelle. Ona Judge cerró los ojos por primera vez en 22 años. Estaba en un lugar donde George Washington no podía alcanzarla. Todavía no era libre. No legalmente, pero estaba en camino y eso era suficiente por ahora. El Nancy navegó durante cinco días por la costaatlántica.
Ona permaneció la mayor parte del tiempo en la bodega, saliendo solo por las noches cuando la tripulación estaba dormida para respirar aire fresco encubierta. El capitán Bolles le traía comida dos veces al día y nunca le hizo preguntas. Cuando lleguemos a Portmood, le dijo la tercera noche, baja del barco rápido y no hables con nadie del muelle.
La comunidad negra libre es pequeña allí, pero existe. Ellos te ayudarán. El 26 de mayo, el Nancy entró en el puerto de Porsmou, New Hampshire. Ona bajó del barco con su pequeño bulto bajo el brazo. Portsmouth era diferente a Philadelphia, más pequeño, más tranquilo. Las calles eran estrechas y las casas de madera estaban pintadas de colores brillantes.
El aire olía a pino y a mar, y había muy poca gente negra. Ona caminó por las calles tratando de no parecer perdida. Finalmente vio a un hombre negro mayor reparando una red de pesca cerca del muelle. se acercó cautelosamente. Disculpe, señor, necesito ayuda. El hombre la miró de arriba a abajo. Sus ojos eran inteligentes y cautelosos.
¿De dónde vienes, Filadelfia? El hombre asintió lentamente. Entendió sin que Ona tuviera que decir más. Hay familias negras libres aquí que pueden ayudarte. Quédate en Porsmou por ahora, es más seguro. Durante las siguientes semanas, Ona vivió en una pequeña habitación con una familia negra libre de Portsmoth. Encontró trabajo como costurera.
Portmuth tenía solo unos 360 negros libres, pero la comunidad era unida. Nadie hacía preguntas. Todos entendían que a veces la gente llegaba de otros lugares por razones que era mejor no discutir. Ona comenzó a respirar un poco más tranquila. Quizás lo había logrado, quizás realmente era libre. Entonces, una tarde de octubre, Ona estaba comprando hilo en una tienda del centro cuando vio a una mujer blanca elegante entrando.
La mujer tenía unos 20 años, vestía ropa cara y llevaba un sombrero con plumas. Elizabeth Landon, la hija del senador John Langdon, amiga cercana de la familia Custis. Los ojos de Elizabeth recorrieron la tienda distraídamente y luego se detuvieron en Ona. Por un segundo pasó nada. Luego Elizabeth entrecerró los ojos como tratando de recordar algo.
El reconocimiento cruzó su rostro como un relámpago. Ona salió de la tienda inmediatamente. No corrió, pero caminó rápido. Su corazón latía tan fuerte que podía escucharlo en sus oídos. Llegó a la casa donde vivía, subió a su habitación y esperó. Tres días después, un hombre tocó la puerta. La familia con la que Ona vivía abrió. Buenas tardes.
Mi nombre es Joseph Whipple. Soy el recaudador de aduanas de Porsmood. Estoy buscando una buena sirvienta doméstica para mi esposa. Me dijeron que hay una joven costurera viviendo aquí que podría estar interesada en el trabajo. La mujer de la casa miró al hombre con desconfianza. ¿Quién le dijo eso? Un conocido mutuo respondió Whipple vagamente.
La mujer subió las escaleras y le dijo a Ona, “Hay un hombre abajo preguntando por ti. Dice que busca una sirvienta, pero algo no me gusta.” Ona bajó las escaleras de todos modos, no tenía opción. Rechazar una entrevista de trabajo sería sospechoso. Joseph Whipple era un hombre de unos 50 años con expresión seria. La saludó educadamente y comenzó a hacer preguntas sobre sus habilidades de costura.
Las preguntas parecían normales al principio. Luego comenzó a hacer otro tipo de preguntas. ¿De dónde vienes originalmente, Virginia, señor? ¿Y cómo llegaste a Porsmood? Vine en barco, señor. ¿Viajaste sola? Ona sintió que su estómago se apretaba. Sí, señor. Whipple la miró largamente. ¿Alguna vez trabajaste para alguna familia prominente? Ona no respondió.
Whipple suspiró. Parecía incómodo. Señorita Judge, no vine aquí para ofrecerte trabajo. Vine porque recibí una carta del secretario del tesoro, Oliver Walcott. El presidente Washington sabe que estás aquí. El mundo de Ona se detuvo. Washington me ha pedido que te convenza de regresar a Mount Bernon, continuó Whipple.
Me aseguró que no serás castigada si vuelves voluntariamente, que te tratarán bien y que no voy a volver, dijo Ona. Whippple parpadeó sorprendido. Señorita Judge, debes entender tu posición legalmente sigue siendo propiedad de la herencia Custis. El presidente tiene todo el derecho. No voy a volver, repitió Ona más fuerte esta vez.
¿Por qué no? Washington dice que nunca te maltrató, que vivías mejor que la mayoría de los esclavos. ¿Qué? Porque quiero ser libre. dijo simplemente, “Aquí soy libre. Si vuelvo, nunca lo seré.” Whipple la miró con una expresión extraña, casi parecía admiración. “Entiendo”, dijo finalmente, “pero debo hacer mi trabajo.
¿Hay algo que pueda decirle a Washington que te haga cambiar de opinión?” Ona pensó por un momento, “Dígale que regresaré si él promete liberarme cuando llegue. Un documento legal firmado.” Wipel asintió. Le transmitiré tu mensaje. El hombre sefue. Ona se sentó en las escaleras temblando. Lo habían encontrado.
A solo 4 meses de su escape, George Washington ya sabía exactamente dónde estaba. Dos meses después, en diciembre, Whipple regresó. tocó la puerta con expresión incómoda. “Tengo la respuesta del presidente”, le dijo a Ona. “Rechazó tu propuesta. Dice que sería injusto para los otros esclavos de Mount Bernon liberarte como recompensa por huir, que eso causaría descontento.
Que entonces no voy a regresar”, dijo Ona. Whipple se frotó la cara. Se veía cansado. Washington me ha ordenado que te capture por la fuerza, si es necesario, que te ponga en un barco de vuelta a Virginia. Ona lo miró directamente a los ojos. Va a hacerlo. Hubo un largo silencio. No, dijo Whipple finalmente. No voy a hacerlo.
Soy Tengo creencias personales sobre la esclavitud que no comparto públicamente por mi posición, pero no puedo en conciencia. forzarte a volver. Sin embargo, agregó rápidamente, tampoco puedo protegerte. Washington enviará a alguien más, alguien que no tendrá mis escrúpulos. Lo sé, dijo Ona. Gracias por advertirme. Whipple se fue.
Ona cerró la puerta y se quedó de pie en el pequeño salón. George Washington, el hombre más poderoso de Estados Unidos, había intentado capturarla. Había usado su posición como presidente, había contactado a funcionarios federales, había ofrecido perdón a cambio de su retorno y ella había dicho que no. Ona no sabía cuánto tiempo tenía antes de que Washington intentara algo más.
días, semanas, meses tal vez, pero por ahora seguía libre y valdría la pena todo lo que viniera después solo por poder decir eso. Portmood pasó de otoño a invierno. Ona encontró más trabajo como costurera. Las mujeres de Portmout apreciaban sus habilidades con la aguja. Poco a poco comenzó a construir algo parecido a una vida.
En enero de 1797 conoció a un hombre. Se llamaba Jack Steins. Era marinero negro libre y tenía una sonrisa que hacía que Ona olvidara por un momento, que seguía siendo legalmente una esclava fugitiva. Jack navegaba en barcos mercantes que iban y venían de Porsmood. Cuando estaba en puerto buscaba a Ona. “Me gustas”, le dijo una tarde de febrero directo y sin rodeos. “Y creo que yo te gusto a ti.
¿Quieres casarte conmigo?” Ona lo miró sorprendida. Soy una esclava fugitiva. Los Washington todavía me buscan. Casarte conmigo sería peligroso. Terminó Jack. Lo sé, no me importa. Podrían venir por mí en cualquier momento. Entonces enfrentaremos eso cuando suceda. Pero mientras tanto, ¿por qué no vivir? se casaron ese mismo mes.
El reverendo Samuel Haven de la South Church realizó la ceremonia. Fue pequeña, solo algunos amigos de la comunidad negra libre, pero fue real. Y por primera vez en su vida, Ona Judge tuvo algo que era completamente suyo, no porque alguien se lo diera, sino porque lo había elegido. Los meses pasaron. Ona se convirtió en Ona Stains.
En agosto de 1798. Dio a luz a una niña, la llamaron Elisa. Ona sostenía a su bebé en brazos y pensaba en algo que nunca se había permitido pensar antes. Su hija nacería libre. Bueno, técnicamente no. Según la ley, como Ona seguía siendo legalmente esclava, su hija también lo era, propiedad de la herencia custis, como lo era Ona.
Pero aquí en Porsh, nadie sabía eso, nadie cuestionaba eso. Ela crecería como una niña libre. Entonces llegó agosto de 1799. Ona estaba en casa con Elisa, que ya tenía un año, cuando escuchó un golpe en la puerta. Abrió sin pensar. Un hombre blanco de unos 30 años estaba en el umbral, bien vestido, rostro familiar. Ona lo había visto antes, hace años, en Mount Bernon. Burwell Basset Jr.
sobrino de Martha Washington. “Hola, Ona”, dijo Baset con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Ha pasado mucho tiempo. Ona intentó cerrar la puerta. Baset puso su pie en el marco. Espera, solo quiero hablar. El presidente Washington me envió. Tiene una oferta. Ya escuché su oferta hace 3 años. Esta es diferente. Washington está viejo.
Ona tiene 67 años. No va a vivir mucho más. Si vuelves ahora voluntariamente, te liberará cuando él muera. Lo promete un documento legal firmado ante testigos. No, Ona, sé razonable. Tienes una bebé ahora. ¿Qué vida puede tener aquí? Si vuelves, tu hija podría crecer en Mount Bernon, educada con oportunidades. Washington incluso.
Mi hija es libre aquí, dijo Ona firmemente. En Mount Bernon sería esclava como yo lo fui, como mi madre lo fue. No. Baset perdió la sonrisa. Entonces, no me dejas opción. Tengo órdenes de llevarte de vuelta por la fuerza si es necesario. Ona sostuvo a Elisa más fuerte. Vas a arrastrar a una madre con su bebé por las calles de Porsmuth en pleno día.
Si tengo que hacerlo, sí. Pero Baset dudó. Estaba en territorio hostil. Portmuth era una ciudad del norte con fuertes sentimientos abolicionistas. Usar fuerza contra una mujer con un bebé causaría un escándalo. Y lo peor detodo, Baset necesitaba planear cómo hacerlo sin causar un disturbio. “Dame un día para pensarlo”, dijo Ona rápidamente.
“Un día, luego te daré mi respuesta final.” Baset la miró con desconfianza. Un día, “Pero si intentas huir. ¿A dónde voy a ir con una bebé de un año?”, preguntó Ona. Estaré aquí mañana. Baset asintió y se fue. En el momento en que la puerta se cerró, Ona comenzó a empacar. Tenía que moverse rápido. Baset volvería en 24 horas, quizás menos.
Pero Baset cometió un error, un error crucial. Esa noche cenó en la casa del senador John Langdon. Durante la cena, Baset mencionó casualmente que había venido a Portmoth en un asunto del presidente Washington, un asunto relacionado con una esclava fugitiva llamada Ona Judge, que había sido localizada en la ciudad. John Langdon escuchó con expresión neutra.
No dijo nada durante la cena, pero tan pronto como Baset se fue, Langdon llamó a uno de sus sirvientes. Hay una mujer negra llamada Ona Stain. viviendo cerca del puerto. Encuéntrala. Dile que hay un hombre que viene a capturar la mañana. Dile que debe irse de Porsmuth esta noche.
El sirviente encontró a Ona dos horas después. Para entonces Ona ya estaba empacada y esperando exactamente ese tipo de advertencia, ya que estaba en el mar. Pero Nancy Jack, de la familia que el pescador había mencionado años atrás, ofreció su casa en Greenland. Ona cargó a Elaisa, tomó su pequeño bulto de pertenencias y desapareció en la noche.
Cuando Baset regresó a la mañana siguiente, la casa estaba vacía. Preguntó, buscó, amenazó, ofreció dinero. Nadie en Porsh dijo nada. La comunidad negra libre no hablaba, los blancos abolicionistas no cooperaban. Y el senador Langdon, cuando Basset finalmente fue a verlo, se encogió de hombros. Es una ciudad pequeña, señor Basset, pero es sorprendente cómo la gente puede desaparecer cuando quiere.
Baset regresó a Virginia con las manos vacías. George Washington intentó una vez más, escribió cartas, contactó a otras personas, pero Pors se había cerrado como una hostra. Nadie iba a ayudar al presidente a capturar a una mujer que solo quería ser libre. Y el 14 de diciembre de 1799, George Washington murió en Mount Bernon.
Ona se enteró de la noticia en enero de 1800. Estaba en la casa de Nancy Jack en Greenland cosiendo junto a la ventana. Jack Stains había regresado del mar y estaba sentado cerca del fuego. Elisa jugaba en el suelo con bloques de madera. Un vecino trajo el periódico. El presidente Washington murió el mes pasado dijo. Ona dejó de coser.
Sus manos se quedaron quietas sobre la tela. ¿Estás bien? Preguntó Jack. Ona pensó en la pregunta. Estaba bien. El hombre que la había perseguido durante 3 años, el hombre que había usado el poder de la presidencia para intentar capturarla, el hombre que le había negado la libertad una y otra vez.
Ese hombre estaba muerto y ella estaba viva y libre. Sí, dijo Ona finalmente. Estoy bien. En su testamento, George Washington liberó a los 124 esclavos que poseía personalmente, pero Ona no estaba entre ellos. Ona era propiedad de la herencia Custis, no de Washington directamente. Técnicamente seguía siendo esclava, pero estaba en New Hampshire, a 300 millas de Virginia, viviendo bajo un nombre diferente, con una familia.
Y Washington estaba muerto. El hombre que la había perseguido, el único que realmente había insistido en capturarla, ya no existía. Martha Washington murió en 1802. Los esclavos Dauer fueron divididos entre los nietos Custis. Nadie vino a buscar a Ona. La familia probablemente asumió que estaba muy lejos, muy escondida o demasiado difícil de encontrar.
Tenían razón en las tres cosas. Ona Sins vivió el resto de su vida en Greenland, New Hampshire. Tuvo dos hijos más, William en 1801 y Nancy en 1802. Jack murió en 1803. dejándola viuda a los 30 años. La vida fue dura. Trabajó constantemente como costurera. Vivió en pobreza. Sus tres hijos murieron antes que ella, pero vivió libre.
Y cuando le preguntaron décadas después si alguna vez lamentó haber dejado a los Washington, su respuesta fue simple y directa. No soy libre y he sido, confío, hecha hija de Dios por estos medios. Onajch había desafiado al hombre más poderoso de Estados Unidos y había ganado. Esta no es una historia sobre George Washington el héroe.
Es una historia sobre George Washington, el hombre. El hombre que fue presidente y luego usó el poder de la presidencia para cazar a una mujer de 22 años. El hombre que habló de libertad y luego manipuló leyes para mantener personas esclavizadas. El hombre que pudo haberla liberado con una simple firma, pero nunca lo hizo, ni siquiera cuando ella se lo pidió, ni siquiera a cambio de que regresara voluntariamente.
Washington rechazó la propuesta de Ona, porque según él sería injusto para los otros esclavos de Mont Bernon. Liberarla como recompensa por huir causaría descontento entre los que se habíanquedado, pero nunca se preguntó si era justo mantenerla esclavizada en primer lugar. Onay murió el 25 de febrero de 1848 en Greenland, New Hampshire.
Tenía 74 años. Había sido técnicamente una esclava fugitiva durante 52 años, pero había vivido como mujer libre. George Washington murió en Mount Bernon. Su tumba está marcada y es visitada por millones de personas cada año. La tumba de Ona George nunca fue marcada. Nadie sabe exactamente dónde fue enterrada. Pero eso no cambia el hecho más importante de su historia.
Ella escapó del hombre más poderoso de Estados Unidos. Rechazó todas sus ofertas. Sobrevivió a todos sus intentos de captura y murió libre. A veces la historia no se trata de los hombres poderosos que construyeron naciones. A veces se trata de las personas que ellos intentaron mantener encadenadas y que se negaron a permanecer así.
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