Hay droga en tu copa”, susurró la empleada. “Lo que el SEO hizo después dejó a todos sin palabras. Hay una droga en tu bebida. No la tomes.” El susurro de Sofía rozó el oído de Rafael Quintana como una navaja de hielo. Sus labios casi tocaban su piel mientras se inclinaba para recoger una servilleta imaginaria. Los dedos de Rafael se congelaron sobre el vaso de whisky.

“¿Qué dijiste? Tu prometida pagó al mesero pesos. Las palabras salían atropelladas mientras Carlos se acercaba con una sonrisa profesional. Por favor, créeme. El cerebro de Rafael procesó todo en un segundo. La insistencia de Patricia para que bebiera, el documento en su bolsillo que ella quería que firmara después del brindis. Los mareos extraños de las últimas semanas.

Sofía, necesito más servilletas en la mesa. 12. Carlos interrumpió sus ojos evaluando la cercanía entre ellos. Enseguida Sofía se enderezó su corazón golpeando contra sus costillas. Rafael la tomó suavemente del brazo. Gracias. Tres horas antes, Sofía amarró su cabello en un moño perfecto mientras el elevador subía hacia el restaurante más exclusivo de la Torre Esmeralda, 40 pisos sobre la Ciudad de México, donde una copa de vino costaba más que su renta mensual.

Llegas tarde”, gruñó el gerente. El metro se detuvo. “A los clientes Quintana no les importan tus excusas. Mesa principal, fiesta de compromiso.” Sofía conocía a Rafael Quintana de Vista, el billonario más joven de México, creador de la plataforma financiera que hasta ella usaba para enviar dinero a su hermana menor. Siempre dejaba propinas generosas, siempre decía gracias.

Su prometida era otra historia. Esa copa tiene una mancha. Patricia Villarreal ni siquiera la miraba. Cámbiala. Por supuesto, señorita. Señora Quintana, practícalo. Sofía mordió su lengua y cambió la copa perfectamente limpia. Su libro de derecho constitucional esperaba en su casillero 4 horas más y podría estudiar para su examen. “Carlos, ven acá.

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” La voz de Patricia cortó desde el pasillo de servicio. Sofía estaba acomodando copas cuando las voces llegaron a través de la puerta entreabierta. 50,000 ahora, 50,000 después. ¿Qué tengo que hacer? La voz de Carlos temblaba. Esto, el sonido de pastillas cayendo en un vaso en su whisky. El tercero siempre pide tres después del brindis.

Señora Villarreal, esto es ¿Quieres el dinero o no? Tu madre necesita la operación, ¿verdad? Sofía casi deja caer la bandeja. Su mente gritaba, “¡No te metas, no es tu problema. Tienes que pagar la colegiatura. Tu hermana depende de ti. Después de que firme los papeles esta noche, tendré acceso a todo.” Continuó Patricia. “6 meses de matrimonio y me largo con la mitad.

El muy idiota ni siquiera pidió investigación prenupsial. Las manos de Sofía temblaban.” pensó en Rafael, en cómo siempre preguntaba por su nombre, cómo había pagado la cuenta médica del lavaplatos cuando su hijo se enfermó. “Está bien”, susurró Carlos. “Lo haré.

” Presente Patricia posaba para fotos con sus amigas, su risa cristalina llenando el salón. Rafael observaba el vaso en su mano. El líquido ámbar parecía normal, olía normal. “Mi amor, ¿no vas a brindar?” Patricia deslizó su mano por su brazo. Claro. Rafael sonríó. Pero primero quiero que tú pruebes mi whisky. Dicen que está excelente.

¿Sabes que no me gusta el whisky por nosotros? Intercambió su copa de champagne por el vaso. Un sorbo. Los ojos de Patricia parpadearon. Prefiero mi champagne”, insisto. Su voz era acero envuelto en seda. Sofía observaba desde la estación de servicio, sus manos apretando una charola vacía. Patricia tomó el vaso, sus dedos temblando ligeramente. “¡Salud!”, dijo Rafael levantando la copa de champaña. Patricia acercó el whisky a sus labios.

El olor la hizo dudar. Sus ojos buscaron a Carlos, quien había palidecido junto a la barra. “¿Pasa algo, mi amor?”, Rafael preguntó, “Yo tengo que ir al baño.” Patricia dejó el vaso sobre la mesa después del brindis. Rafael, ¿o prefieres que hablemos sobre los 50,000 pesos que le diste a Carlos? El color desapareció del rostro de Patricia. Los murmullos comenzaron entre los invitados.

Sofía retrocedió hacia la cocina. Su cuerpo temblando había hecho lo correcto. Había destruido su vida, pero había hecho lo correcto. Sofía Cervantes se congeló. Rafael estaba parado en la puerta de la cocina. Sí, señor Quintana, quédate cerca. Esto apenas comienza.

A través de la ventana de la cocina vio a Patricia tambaleándose, el champagne haciendo efecto. Carlos corría hacia la salida, pero la seguridad ya lo esperaba. Su teléfono vibró. un mensaje de su hermana. ¿Conseguiste el dinero para mis libros? Sofía cerró los ojos. Mañana no tendría trabajo. Mañana sería el fin. Pero esta noche había salvado a un hombre de la mujer que amaba.

¿O eso creía? ¿Cómo lo supiste? Rafael había arrastrado a Patricia hacia el balcón privado. Sus dedos apretaban su brazo mientras los invitados murmuraban adentro. No sé de qué hablas. Patricia intentó soltarse. Me estás lastimando. El whisky, Carlos, los 50,000 pesos. La máscara perfecta de Patricia se resquebrajó. Alguien te está mintiendo. Ah, sí. Rafael sacó su teléfono.

Carlos, ven acá. El mesero apareció en la puerta. Dos guardias de seguridad flanqueándolo. Su camisa blanca estaba empapada de sudor. “Diles la verdad”, ordenó Rafael. “Yo yo no. Tu madre necesita una operación. Patricia te ofreció 100,000 pesos, la mitad por adelantado. Rafael no apartaba los ojos de su prometida.

Me equivoco Carlos cayó de rodillas. Perdóneme, señor Quintana. Mi madre se está muriendo. No tenemos seguro. Yo nunca. ¿Qué había en el vaso? Ripnol, tres pastillas. Los invitados ahogaron un grito colectivo. Patricia retrocedió contra la varandilla. Esto es ridículo. Escupió. ¿Vas a creerle a un mesero sobre mí? Soy tu prometida.

Ya no. Sofía observaba todo desde la cocina, su corazón destrozándose con cada segundo. El gerente se acercó por detrás. Cervantes. Mi oficina ahora. Una semana después, el departamento de Sofía en Ecatepec olía a humedad y desesperación. Dos horas en metro desde Polanco, un universo de distancia del mundo de Rafael Quintana.

¿No conseguiste otro trabajo? Su hermana Luna, de 16 años, comía cereal con agua porque la leche se había terminado. Estoy buscando. ¿Por qué te despidieron? Me involucré en algo que no debía. El celular de Sofía vibró. Número desconocido. Bueno, señorita Cervantes, soy Andrea Salinas, asistente del señor Quintana. El estómago de Sofía se hundió.

Si es sobre el incidente, el señor Quintana quiere verla hoy, 3 de la tarde. No puedo aceptar dinero. No es dinero, es sobre Patricia Villarreal. Sofía miró a Luna, quien fingía no escuchar. ¿Dónde? Torre cuantum, piso 50. No llegué tarde. La línea se cortó. ¿Quién era?, preguntó Luna. Nadie importante. Sofía, no me mientas. Has estado llorando todas las noches. Tengo que salir.

Sofía agarró su único blazer decente. Hay frijoles en la estufa. ¿Vas a conseguir trabajo? Tal vez. Torre Quantum 3000 pm. El edificio de Rafael Quintana perforaba el cielo de Polanco como una aguja de cristal. Sofía se sentía microscópica en el lobby de mármol. Nombre, ladró la recepcionista sin levantar la vista. Sofía Cervantes.

Tengo cita con piso 50, elevador ejecutivo. Las puertas se abrieron directamente en una oficina que era más grande que tres de su departamento. Rafael estaba de espaldas mirando la ciudad. Gracias por venir, señor Quintana. Si esto es sobre Patricia intentó matarme. Sofía se congeló. ¿Qué? Rafael se giró. Lucía exhausto, con ojeras profundas. No era la primera vez.

Encontré RoNol en mi departamento, en mi café. Llevo semanas sintiéndome mal. Dios mío. Contraté investigadores después de tu advertencia. Patricia tiene deudas por 30 millones de pesos. Apostando, comprando, mintiendo. Se sentó pesadamente. Iba a drogarme para que firmara un poder notarial. No era solo el acuerdo prenupsial.

¿Por qué me está contando esto? Porque me salvaste la vida y porque necesito tu ayuda. No soy detective. Soy estudiante de derecho. Sofía retrocedió. Era estudiante. Ya no puedo pagar. Patricia tiene un socio, alguien con poder, por eso no está en la cárcel ahora mismo. Rafael se acercó. Necesito pruebas legales. Necesito alguien que entienda la ley. Tiene abogados. Todos comprados o amenazados.

Patricia conoce mis círculos. La desesperación tiñó su voz. Eres la única persona que sé con seguridad que no está con ella. No puedo. Te pagaré. No quiero su dinero. Entonces hazlo por justicia. Por Carlos, que está en la cárcel mientras ella está libre. Por las otras víctimas. Otras. Rafael sacó una carpeta. Fotos de tres hombres, todos millonarios.

Todos murieron en accidentes después de relacionarse con Patricia. Las manos de Sofía temblaron al ver las fotos. Esto es asesinato, probablemente, pero necesito pruebas. ¿Por qué no la policía? La misma policía que la dejó salir después de 4 horas. Rafael rió amargamente. Patricia tiene videos comprometedores de medio gobierno.

El teléfono de Sofía sonó. Luna, contesta dijo Rafael. Sofía, la voz de Luna estaba quebrada. Hay hombres aquí. Dicen que si no pagas la renta hoy, nos sacan. Luna, cálmate. Están tirando nuestras cosas a la calle. Sofía miró a Rafael las lágrimas quemando sus ojos. Tengo que irme. Espera. Rafael tomó su teléfono. Dirección. No, la dirección Sofía.

Se la dio odiándose por hacerlo. Rafael habló rápidamente con alguien. Resuelto. Tienes dos meses pagados. No puedo aceptar. No es caridad, es un adelanto. Sus ojos la perforaron. ¿Por qué vas a ayudarme a meter a Patricia en la cárcel? ¿O prefieres que mate a alguien más? Sofía pensó en Luna, en los hombres muertos, en Carlos en una celda.

¿Qué necesita que haga? Primero, necesitamos encontrar al socio de Patricia. Rafael se acercó a la ventana. Alguien la está protegiendo. Alguien poderoso. ¿Alguna idea? Solo una. Se giró hacia ella. Mi padre. El mundo de Sofía se tambaleó. Patricia Villarreal no era solo una casaunas, era un arma apuntada al corazón del Imperio Quintana.

Y Sofía acababa de aceptar interponerse en su camino. “Tu padre está muerto.” Las palabras de Sofía cortaron el silencio de la oficina. Rafael la miró sorprendido. ¿Cómo lo sabes? Todo México lo sabe. Murió cuando usted tenía 15 años. Lo dijeron en su perfil de Forbs. Ese no era mi padre biológico. Rafael se sirvió agua con manos temblorosas.

Mi verdadero padre es Aurelio Montalbán. Sofía casi se atraganta. El senador, el mismo que aprobó las leyes bancarias que me hicieron rico. Irónico, ¿no? La amargura goteaba de cada palabra. Nunca me reconoció, pero Patricia lo sabe. De alguna manera lo descubrió. ¿Cree que están trabajando juntos? Mi madre me lo advirtió antes de morir.

Tu padre te destruirá si puede. Rafael aplastó el vaso de papel. Nunca le creí. El teléfono de Sofía vibró. Un mensaje del casero. Pago recibido. Pueden quedarse. Gracias, murmuró hacia Rafael. No me agradezcas todavía. Esto apenas empieza. Tres días después, Sofía llegó a la Universidad Nacional Autónoma a las 10 de la noche después de buscar trabajo todo el día. Sin referencias de la Torre Esmeralda, nadie la contrataba.

Cervantes, llegaste. El profesor Mendoza la esperaba. ¿Estudiaste para el examen? Algo, algo es el 40% de tu calificación. Tuve complicaciones. La vida es complicada. El derecho es preciso. Le entregó el examen. Tienes dos horas. Sofía miró las preguntas. Su mente exhausta por día sin dormir bien, luchaba por concentrarse. Artículo 14. Constitucional. Debido proceso.

Las palabras nadaban en la página. Su teléfono vibró. Rafael. Patricia se reunió con mi padre hace una hora. Tengo fotos. Sofía lo ignoró y siguió escribiendo. No podía perder su carrera por esto. Otro mensaje. Están planeando algo. Necesito verte, señorita Cervantes. El profesor la miraba. ¿Algún problema? No, profesor.

Terminó el examen sabiendo que había reprobado. Mientras caminaba hacia el metro, llamó a Rafael. ¿Dónde estás? UNAM, Ciudad Universitaria. Voy por ti. No, tomó el metro. Patricia tiene gente vigilándote. Sofía se giró. Un hombre con gabardina la seguía desde la facultad. ¿lo ves? Sí. Camina hacia la biblioteca central. Mi chóer está ahí.

Sofía aceleró. El hombre también. Su corazón latía desbocado mientras corría hacia el mural de Ogorman. Un Mercedes negro la esperaba. Entre”, ordenó el chóer. El hombre de la gabardina se quedó parado hablando por teléfono. “Casa de Rafael, Lomas de Chapultepec, no debiste traerme aquí.” Sofía miraba la mansión minimalista.

Si Patricia está vigilando, que vea. Ya sabe que estás ayudándome. Rafael la guió hacia su estudio. Mira esto. En la pantalla, Patricia y Aurelio Montalván cenaban en un restaurante privado. Las fotos eran borrosas pero claras. ¿Cómo las conseguiste? El mesero me las vendió. Después de lo de Carlos, muchos empleados están asustados. ¿Qué dicen? Patricia le mostró documentos.

Montalván sonreía. Rafael su en una foto. Mira su mano, un cheque. La cantidad era ilegible, pero eran muchos ceros. Tu padre la está financiando para destruirme. Rafael se derrumbó en una silla. Mi propia sangre. Sofía sintió algo inesperado. Compasión. Este hombre que tenía todo estaba más solo que ella.

¿Por qué te odia tanto? Mi madre era su secretaria. Cuando quedó embarazada, él estaba casado. Me pagó para desaparecer. Rafael miraba el vacío, pero nunca esperó que su bastardo se volviera más rico que él. Patricia, ¿cómo lo supo? Contraté un detective para investigarla. Resulta que ella lo contrató primero para investigarme.

Sacó más documentos, certificados de nacimiento, pruebas de ADN que mi madre guardó, todo. Esto es evidencia de extorsión. No, si mi padre la está protegiendo. Tiene jueces, policías, fiscales. Sofía estudió los documentos con ojo legal. Hay algo raro. ¿Qué? Estas fechas.

Patricia empezó a investigarte hace dos años, pero solo se conocieron hace 6 meses. Rafael palideció. Entonces te casó. Desde el principio. Todo fue planeado. Un ruido afuera los alertó. Vidrios rotos al suelo. Rafael la tiró detrás del escritorio. Una bomba molotof explotó en la sala. Las llamas devoraron las cortinas. Por aquí. Rafael la arrastró hacia una salida trasera. Corrieron hacia el garaje mientras la casa se incendiaba.

El Mercedes arrancó justo cuando dos camionetas negras bloqueaban la entrada. “Agáchate”, ordenó el chóer acelerando hacia la reja trasera. La atravesaron en una lluvia de metal. torcido. Sofía temblaba contra Rafael, su perfume mezclado con humo y miedo. ¿Estás bien? Él revisaba su cara, sus brazos. Sí. Tu departamento no es seguro. Luna está sola. La recogeremos.

Las llevaré a un hotel. No puedo. Sofía la tomó de los hombros. Casi te matan por ayudarme. No voy a dejar que te pase nada. Por primera vez ella vio más allá del billonario. Vio a un hombre aterrado de perder a la única persona que le había mostrado verdad. Está bien. Rafael tomó su teléfono. Andrea, necesito el penehouse del Saint Regies.

Sí, ahora es demasiado caro. Es mío. Uno de varios que Patricia no conoce. La miró. Estarán seguras ahí. Mientras recogían a Luna, quien miraba todo con ojos enormes, Sofía recibió un mensaje de número desconocido. Aléjate de él o tu hermana paga. P se lo mostró a Rafael. Su expresión se endureció. Se acabó el juego limpio. ¿Qué vas a hacer? Lo que debía hacer desde el principio.

Llamó a alguien. Roberto, soy Rafael. Necesito que publiques todo sobre Patricia Villarreal. Sí, todo. Rafael, ¿no tienes idea de con quién te metiste? Otra voz llegó del teléfono en alta voz. Patricia, hola, mi amor. Disfrutaste los fuegos artificiales. Intentaste matarme otra vez. No, querido, si quisiera matarte, estarías muerto. Su risa era veneno puro.

Solo quiero lo que me corresponde. No te corresponde nada. Tu papi piensa diferente, ¿verdad que sí, senador? La voz de Aurelio Montalbán llenó el coche. Hijo, acepta la oferta. Nadie tiene que morir. Rafael apretó el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos. No soy tu hijo. La sangre dice lo contrario. Patricia tiene las pruebas.

Los periódicos adorarán la historia. Montalván pausó. O podemos hacer un trato. ¿Qué quieren? 50 millones de dólares. ¿Y te casas con Patricia como planeado? Sofía ahogó un grito. Luna se apretó contra ella. Jamás. Entonces tu noviecita del barrio y su hermanita tendrán un accidente muy triste. Rafael miró a Sofía. En sus ojos ella vio la decisión tomándose.

No susurró ella, no lo hagas. Tienes 24 horas, dijo Patricia. O ellas mueren. La llamada terminó. En el silencio del coche, mientras Luna lloraba silenciosamente, Sofía tomó la decisión más difícil de su vida. Vamos a pelear. No sabes contra qué. Sé exactamente contra qué. Sacó su libro de derecho. Y sé cómo ganar. Rafael la miró como si la viera por primera vez.

¿Cómo? Tu padre cometió un error. Uno grande sonrió peligrosamente. Acaba de confesar extorsión en una llamada grabada. No es suficiente. El fiscal Domínguez devolvió la grabación a Rafael. Eran las 7 de la mañana y Sofía no había dormido estudiando códigos penales toda la noche. Confesaron extorsión, insistió Sofía. Una llamada telefónica sin autenticación. Cualquier abogado la tumbaría. El fiscal se levantó.

Además, no me voy a meter con Montalbán. Tengo familia. Entonces, ¿qué hacemos? Rafael golpeó el escritorio. Consigan pruebas reales, documentos, transferencias, testigos. Domínguez los escoltó hacia la puerta. Y mientras tanto, cuídense. En el estacionamiento, Sofía revisó su teléfono. 17 llamadas perdidas del gerente del hotel donde había aplicado. Tengo que irme. Te llevo. No, ya has hecho demasiado.

Necesitaba distancia. Necesitaba pensar. Luna está segura en el penhouse. Eso es lo que importa. Sofía, tengo una entrevista de trabajo. Mintió. Nos vemos luego. Hotel Marriot Polanco. Lamento informarle que la posición ha sido ocupada. Era el sexto rechazo del día. Sofía reconoció la mirada del gerente.

Alguien había hablado con él. Puedo preguntar por qué. Sus referencias no son favorables. Patricia. Tenía que ser Patricia. Sofía caminó por Polanco, cada restaurante, cada hotel, cada café cerrado para ella. A las 3 de la tarde aceptó la derrota. Tomó el metro hacia doctores, donde nadie conocía a Patricia Villarreal. Experiencia en limpieza.

La señora del servicio nocturno ni levantó la vista. Aprendo rápido. 1000 pesos la noche, de 11 a 7. ¿Puedes? Sí. Empiezas hoy. Edificio Reforma 480. Sofía calculó. Si limpiaba de noche y tomaba otro trabajo de día, tal vez podría pagar la colegiatura. Solo necesitaba no dormir. UNAM. Facultad de Derecho, 9 pm.

Tenemos un invitado especial. El profesor Mendoza parecía emocionado. Rafael Quintana hablará sobre derecho tecnológico y regulación financiera. Sofía se hundió en su asiento. No podía ser. Rafael entró elegante en un traje azul marino. Sus ojos la encontraron inmediatamente. Buenas noches. Hablemos sobre cómo la ley no ha alcanzado a la tecnología.

Durante 90 minutos, Sofía olvidó su agotamiento. Rafael no era solo dinero y privilegio, era brillante. Cada argumento, cada caso citado, cada propuesta de reforma mostraba una mente que entendía profundamente la intersección entre justicia y progreso. Preguntas. La mano de Sofía se levantó sola. ¿Qué pasa cuando las corporaciones usan vacíos legales para explotar trabajadores digitales? Rafael sonríó.

Excelente pregunta. Tu propuesta reforma al artículo 123 constitucional. Incluir trabajadores de plataforma como sujetos de derecho laboral y las empresas extranjeras. Tratados internacionales. Si operan en México, siguen ley mexicana. El debate continuó. Electricidad intelectual entre ellos. Los otros estudiantes observaban fascinados. Impresionante”, dijo el profesor Mendoza.

“Señorita Cervantes, tiene uno de los mejores criterios legales que he visto.” “Coincido,” dijo Rafael. “por eso me gustaría ofrecerle una pasantía en mi empresa.” Sofía se levantó. “No, gracias”, salió del aula Rafael siguiéndola. “¿Por qué huyes?” “No estoy huyendo. Estoy llegando tarde a mi trabajo.” “¿Qué trabajo? Limpieza nocturna. Edificio Reforma 480”.

No había vergüenza en su voz. 1000 pesos por noche es dinero honesto. Sofía, no necesito tu lástima, Rafael. No es lástima, es admiración. La tomó del brazo suavemente. Pero también es preocupación. Patricia no va a parar. Ya me quitó todo. ¿Qué más puede hacer? No conoces de lo que es capaz. Edificio Reforma 480 11:30 PM.

Sofía trapeaba el piso 18 cuando lo vio, un folder sobre un escritorio, el logo de Montalban en Asociados. Miró alrededor, sola abrió el folder, contratos, transferencias. Patricia Villarreal aparecía en cada página, pagos a jueces, sobornos a policías y algo más, un seguro de vida. Rafael Quintana, beneficiaria Patricia Villarreal, 50 millones de dólares firmado hace una semana con la firma de Rafael. Pero Sofía conocía esa firma.

La había visto en la Torre Esmeralda. Esta era falsa. Sacó su teléfono y fotografió todo, página por página. ¿Qué haces aquí? Un guardia de seguridad la alumbraba con su linterna. Limpieza nocturna. Soy nueva. Este piso no se limpia hoy. Lo siento, me confundí. El guardia se acercó, vio el folder abierto, su expresión cambió. Vas a venir conmigo. Tengo que seguir trabajando. Sacó una pistola.

Ahora Sofía corrió. El guardia gritó. Más pasos resonaron en el pasillo. Bajó por las escaleras de emergencia. Dos, tres, cuatro pisos, su teléfono marcando a Rafael. Sofía, Reforma 480. Tengo pruebas, me persiguen. Voy para allá, alcanzó el lobby. Tres guardias la esperaban. Señorita, venga con nosotros. Socorro. Gritó hacia la calle. Ayuda.

Los pocos transeútes siguieron caminando. Ciudad de México. A medianoche. Nadie se involucra. Un Mercedes se subió a la banqueta. Rafael salió corriendo. Suéltenla. Esto no es su asunto, señor. Soy Rafael Quintana. Esa mujer trabaja para mí. Suéltenla o llamo a mis abogados. Los guardias se miraron. El apellido Quintana todavía tenía peso.

Se estaba robando documentos. Pruébenlo. No podían. El teléfono de Sofía ya había subido todo a la nube. Los guardias retrocedieron. Rafael la envolvió en sus brazos sintiendo cómo temblaba. ¿Estás bien? Tengo todo. Pagos, sobornos, un seguro de vida falso. ¿Qué? Patricia falsificó tu firma. Si mueres, cobra 50 millones. Rafael palideció.

Entonces, no solo quiere mi dinero, quiere todo y te quiere muerto. Una camioneta negra se detuvo detrás del Mercedes. Patricia bajó perfecta incluso a medianoche. “Hola, querido Sofía”, sonríó disfrutando su cita nocturna. “Tenemos evidencia”, dijo Rafael. Los papeles que Sofía robó mientras limpiaba. “¡Qué conveniente!”, Patricia se acercó.

Una empleada de limpieza despechada robando documentos. Ningún juez lo aceptará. Son tus documentos. Son documentos plantados por una mujer obsesionada con mi ex prometido. Miró a Sofía. Pobre chica de barrio. Pensaste que podrías quedarte con el príncipe. Yo no quiero. No. Entonces, ¿por qué arriesgas todo por él? Patricia Río. Admítelo. Te enamoraste del cuento de hadas.

Sofía la miró directamente. Me enamoré de la justicia. Qué noble y qué estúpido. Patricia regresó a su camioneta. Tu hermana es muy bonita, Sofía. Sería una lástima que algo le pasara en ese penhouse. No te atrevas. Relájate. No le haré nada. Patricia sonrió. Si aceptas mi oferta. ¿Qué oferta? Desaparece. Deja la ciudad. Deja a Rafael y tu hermana vive. Sofía. No. Rafael empezó 24 horas.

Interrumpió Patricia. O Luna tiene un accidente. La camioneta arrancó en el silencio de Reforma con la ciudad durmiendo a su alrededor. Sofía tomó la mano de Rafael. Tengo un plan. ¿No vas a irte? No, lo miró. Vamos a destruirla, pero necesito que confíes en mí. ¿Qué necesitas? Acceso a tu empresa legalmente como tu abogada. No tienes título, pasante legal.

Es suficiente para lo que planeo. Rafael estudió su rostro. Vio determinación pura. ¿Qué vas a hacer? Patricia cometió un error. Falsificó documentos de una empresa pública. Sofía sonríó. Eso es fraude federal y conozco al único fiscal que odia a Montalbán más que nosotros. ¿Quién? Su exesposa. Marina Montalbán no te recibirá.

Andrea, la asistente de Rafael, revisaba su tablet en el Mercedes. Eran las 6 de la mañana y Sofía no había dormido después del encuentro con Patricia. Sí lo hará. Sofía apretaba el folder con las fotografías. Cuando vea esto, ¿sabes por qué se divorció del senador? Rafael conducía hacia Santa Fe. Todos lo saben. Él la engañó con su secretaria, con mi madre. El coche se quedó en silencio.

Marina Montalbán me odia, continuó Rafael. Soy la prueba viviente de la traición de su esposo, pero odia más a Patricia. La vi en las noticias cuando anunciaron tu compromiso. Sus ojos Sofía buscó la palabra. Rabia pura. Llegaron a una torre de oficinas. Marina Montalván era socia principal en uno de los despachos más poderosos de México.

5 minutos dijo la recepcionista. La licenciada está ocupada. Esperaron una hora. Sofía repasaba mentalmente cada artículo del Código Penal Federal. Fraude. Falsificación, asociación delictuosa. Pasen. Marina Montalván era hierro forjado en forma de mujer. 60 años, traje impecable, ojos que habían visto demasiado. Rafael Quintana. No había calor en su voz.

El bastardo de mi exesoso. Señora licenciada, miró a Sofía. ¿Y tú quién eres? Su nueva novia. Sofía Cervantes, estudiante de derecho. Y no, no soy su novia. Entonces Sofía puso las fotografías sobre el escritorio. Soy quien va a meter a Patricia Villarreal en la cárcel. Marina estudió las imágenes. Su expresión no cambió, pero sus dedos se tensaron.

Falsificación de documentos. fraude miró hacia arriba. ¿Dónde conseguiste esto? Trabajando limpieza nocturna en Reforma 480. Por casualidad, Patricia me quitó mi trabajo real. Tuve que tomar lo que fuera. Sofía se inclinó hacia delante. Encontré los documentos por accidente, pero lo que haga con ellos no será accidental. Marina rió.

Fue como hielo quebrándose. Me gustas. Tienes agallas. Se giró hacia Rafael. ¿Qué quieres? Justicia. No quieres venganza. Hay una diferencia. Marina se levantó. Pero resulta que yo también quiero venganza. Patricia está acostándose con mi exesposo. Lo sabemos. ¿Saben que está embarazada? Sofía y Rafael se congelaron. Tres meses.

Va a ser la nueva señora Montalbán. Marina sonrió con crueldad. A menos que esté en prisión. ¿Nos ayudará? Preguntó Sofía con una condición. Marina miró a Rafael. Renuncia a cualquier reclamo sobre la herencia Montalbán. No quiero su dinero. Bien, entonces tenemos un trato. Marina llamó a su asistente.

Necesito al fiscal Rodríguez, el que odia a Aurelio desde lo de Veracruz. Oficinas de Quantumtech, dos semanas después. No es suficiente. Sofía tiraba su pluma sobre la mesa de juntas. Llevaban días construyendo el caso, pero Patricia siempre estaba un paso adelante. “Cada vez que conseguimos un testigo desaparece o cambia su historia”, dijo Rafael.

“Necesitamos algo más grande.” Sofía se frotó los ojos. Algo que no pueda comprar o amenazar. ¿Como qué? Como se detuvo una idea formándose. Rafael, ¿cuántos empleados tienes en Quantum? 3000. ¿Cuántos han sido amenazados o extorsionados? No sé. Averíalo. Si Patricia está operando así contigo, no eres el único.

Sofía se levantó energizada. Necesitamos encontrar sus otras víctimas. Eso tomaría meses o días si usamos tu tecnología. Lo miró. No dijiste que querías crear una plataforma de derechos laborales. Sí, pero empieza ahora un prototipo donde los empleados puedan reportar abusos anónimamente. Rafael la observó. Eso es brillante.

Es necesario. Sofía abrió su laptop y mientras investigamos a Patricia ayudamos a trabajadores reales. Trabajaron 18 horas seguidas. Rafael codificando, Sofía diseñando el marco legal. A las 3 de la madrugada comían tacos de canasta en la oficina vacía. ¿Por qué derecho? Preguntó Rafael. Mi papá, Sofía no lo miraba. Era albañil.

Murió cuando una construcción colapsó sin seguro, sin indemnización. Tenía yo 8 años. Lo siento. Mi mamá limpió casas hasta que el cáncer la llevó. Luna tenía 10. mordió su taco. Prometí que nadie más pasaría por eso. Por eso rechazas mi dinero. No es tu dinero lo que rechazo. Finalmente lo miró. Es la idea de que lo necesito para ser valiosa. Rafael se acercó. Nunca he pensado eso. No, no. Su mano rozó la de ella.

Tu valor está en tu verdad, en tu valentía, en tu brillantez, Rafael, y en cómo me haces querer ser mejor. El momento colgaba entre ellos. Sofía podía inclinarse hacia adelante, podía cerrar la distancia, podía Su teléfono sonó. Luna, Sofi, hay alguien en la puerta. No abras. ¿Dónde estás? En el penthouse. Como dijiste, voy para allá. Rafael ya estaba tomando sus llaves.

Llegaron en 15 minutos. La puerta del penouse estaba abierta. Luna. Sofía corrió adentro. Su hermana estaba en el sofá, pálida pero ilesa. Frente a ella, Patricia Villarreal servía té como si fuera su casa. Sofía querida, Rafael sonrió. Estaba conociendo a Luna, encantadora niña. Sal de aquí, gruñó Rafael. Es mi penthouse también o lo era.

Recuerdos hermosos. Patricia se levantó. Luna me contaba sobre la universidad. Medicina, ¿verdad? No le hables tan protectora. Patricia caminó hacia la puerta. Como tu madre. ¿Sabías que la conocí? Sofía se congeló. Mientes. Limpiaba la casa de mi tía hasta que la despidieron por robar. Patricia sonrió. Joyas, creo.

Qué vergüenza. Mi madre nunca no tengo el reporte policial, la denuncia, las fotos. Sacó su teléfono. ¿Quieres que las publique? Que todos sepan que vienes de una familia de ladrones. Eso es mentira. Luna lloró. La verdad es lo que yo diga que es. Patricia guardó su teléfono. Última oferta, Sofía. Desaparece o destruyo la memoria de tu madre. Mi madre está muerta.

No puede defenderse. Exacto. Patricia salió. 24 horas. Luna se derrumbó en los brazos de Sofía. Mamá no era ladrona. Lo sé, mi amor, lo sé. Rafael apretó los puños. Voy a matarla. No. Sofía se limpió las lágrimas. Vamos a hacer algo mejor. ¿Qué? Vamos a dejar que se destruya sola. Sacó su teléfono. Marina. Soy Sofía. Necesito que investigues algo.

La tía de Patricia Villarreal, la que tenía joyas robadas, escuchó un momento. Sí, creo que Patricia las robó y culpó a mi madre. Pausó. Exacto. Si podemos probarlo es otro delito. Gracias. Colgó y miró a Rafael. Tu plataforma. ¿Qué tan rápido puedes lanzar el prototipo? ¿Para qué? Patricia acaba de amenazar a una menor de edad. Eso es un delito federal.

Sofía sonrió peligrosamente. Y lo tengo grabado. Mostró su teléfono. Había estado grabando desde que entraron. Pero necesitamos más víctimas, más historias, más pruebas. Dame 12 horas”, dijo Rafael. “Tienes seis.” Sofía miró a Luna. ¿Estás bien? Quiero ayudar. No, Sofí. Mamá no era ladrona. Quiero limpiar su nombre. Rafael se arrodilló frente a Luna. Te prometo que lo haremos. Patricia pagará por todo.

¿Cómo? Luna y Pó, porque tu hermana es la mujer más inteligente que conozco. La miró con algo más profundo que admiración. Y porque no voy a dejar que nadie más las lastime. El teléfono de Sofía vibró. Marina Montalbán, tengo algo. La tía de Patricia murió sospechosamente. Dos días después del robo. Patricia heredó todo.

Sofía sintió el último pies a caer en su lugar. Patricia no solo es una estafadora, es una asesina, completó Rafael. Y en 6 horas todo México lo sabría. Funcionó. Rafael miraba la pantalla de su computadora. En 6 horas, 200 empleados habían usado el prototipo para reportar abusos. 30 mencionaban a Patricia Villarreal. Mira este.

Sofía señaló un testimonio. Un empresario de Guadalajara. Patricia lo drogó hace 3 años. Perdió 5 millones de pesos. Este otro es de Monterrey, una viuda. Patricia se hizo pasar por asesora financiera. Rafael. La voz de Sofía tembló. Aquí hay uno de hace 6 años. En la pantalla, Patricia Villarreal mató a mi padre. No puedo probarlo, pero sé que fue ella. Murió dos días después de cambiar su testamento. Ella heredó todo.

Miguel Salinas. Salinas. ¿Por qué me suena? Banquero murió de un infarto. Sofía buscó en Google. Tenía 50 años. Saludable. Patricia era su asistente personal. Dios mío, hay más. Sofía escrolleaba. Siete hombres muertos, todos relacionados con Patricia, todos dejándole dinero. Andrea entró corriendo. Tenemos un problema.

En la televisión, Patricia daba una conferencia de prensa. Rafael Quintana me robó. Ideas, diseños, conceptos que compartí durante nuestro compromiso. Lágrimas perfectas rodaban por sus mejillas. Esta plataforma era mi proyecto para ayudar a mujeres abusadas y él lo pervirtió para atacarme. Perra mentirosa murmuró Luna desde el sofá. Hay más, dijo Andrea.

Aurelio Montalván apareció en pantalla. Como senador, exijo una investigación. Ningún empresario puede robar propiedad intelectual. Nos están tendiendo una trampa dijo Rafael. Su teléfono sonó. Marina Montalbán. Tienen una orden judicial. deben cerrar la plataforma en 24 horas. ¿Puede hacer eso con los jueces correctos? Sí, pero tengo algo mejor. Marina pausó.

La tía de Patricia no murió de causas naturales. Encontré el reporte forense original. Envenenamiento. ¿Por qué no se investigó? Patricia tenía 18 años. Nadie sospecha de una niña llorando en un funeral. Marina rió amargamente, excepto el forense. Guardó muestras. Muestras que coinciden con lo que le dieron a otros tres hombres. Es serial. Exactamente.

Y mañana es la audiencia por la plataforma. El juez Herrera. Herrera está comprado por Montalbán. Lo sé. Por eso vamos a hacer algo especial. Marina colgó. Tribunal federal. Día siguiente 9 a. La sala estaba llena. Prensa, curiosos, víctimas de Patricia que habían visto la plataforma.

Sofía, con su único traje formal se sentó en la mesa de la defensa. No eres abogada titulada, le recordó el abogado de Patricia. Soy pasante legal autorizada. Artículo 28 del Código Procesal. Patricia entró vestida de blanco virginal. Detrás Aurelio Montalbán como una sombra de poder. Todos de pie, anunció el alguacil.

El juez Herrera, conocido por favorecer a Montalbán, tomó asiento. Caso Villarreal contra Quantum Tech. por robo de propiedad intelectual. El abogado de Patricia empezó. Mi cliente desarrolló esta plataforma durante su relación. Tenemos testigos. Desfilaron tres personas, todos jurando que Patricia había hablado del proyecto. Defensa dijo el juez ya aburrido. Sofía se levantó.

Solicito presentar evidencia de que la demandante tiene un patrón de fraude. Objeción irrelevante, sostenida. Entonces presento esto. Sofía puso un documento. La plataforma se creó hace 6 horas, no se meses. Ella dio la idea. ¿Qué idea? Puede mostrar un solo correo, mensaje, nota, silencio.

Además, Sofía continuó, “Tengo 200 testimonios de personas estafadas por la señorita Villarreal. Objeción, difamación, son testimonios jurados.” El juez parecía incómodo. Señorita Cervantes, licenciada Marina Montalbán solicita unirse como coconsejera. Marina entró poderosa como un huracán. Hola, Aurelio. Ni miró a su exesoso. Juez Herrera, solicito recusación. Bajo qué fundamento esto. Marina mostró fotos.

Usted cenando con el senador Montalbán anoche discutiendo este caso. Es parcialidad. El juez palideció. Eso es ilegal. Sí, ya notifiqué al Consejo de la Judicatura. Murmullos en la sala. Además, Marina continuó. Presento evidencia de que Patricia Villarreal es sospechosa de múltiples homicidios. Patricia se levantó.

Eso es mentira. Incluyendo a tu tía Rosa Villarreal, muerta por envenenamiento cuando tenías 18. Fue un infarto. Tengo el reporte forense real. y muestras que coinciden con las muertes de Eduardo Salinas, Roberto Méndez y Jorge Espinoza. La sala explotó. Los periodistas tecleaban frenéticamente. Orden. El juez golpeó su martillo.

Esto no es un juicio penal. No, pero el fraude sí es relevante. Sofía se acercó al estrado. Patricia Villarreal no puede demandar por una plataforma que nunca existió en su mente, solo en su ambición de destruir a Rafael Quintana. ¿Por qué querría destruirlo?, preguntó el juez intentando recuperar control.

Porque Rafael descubrió que ella intentó drogarlo, como drogó a otros. Sofía puso la grabación y porque tiene un seguro de vida falso por 50 millones de dólares, Patricia había palidecido. “Quiero a mi abogado. Está sentado junto a ti”, dijo Marina sec. “Otro abogado.” Aurelio Montalbán se levantó. Esto es un circo. Vámonos.

Nadie sale”, dijo una voz desde la puerta. El fiscal Rodríguez entró con seis agentes federales. Patricia Villarreal está arrestada por fraude, falsificación de documentos y conspiración para cometer homicidio. No pueden. Sí podemos. Rodríguez miró a Montalbán. Senador, también tenemos preguntas para usted. Mientras esposaban a Patricia, ella miró a Sofía con odio puro. Esto no ha terminado.

Sí, dijo Sofía. Sí, ha terminado. Afuera del tribunal, la prensa rodeaba a Rafael y Sofía. Luna esperaba con Andrea llorando de alivio. ¿Cómo se siente?, gritó un reportero. Agradecido dijo Rafael con la mujer que me salvó la vida. Son pareja. Sofía iba a negar, pero Rafael tomó su mano. Eso espero.

Ella lo miró sorprendida. Si ella me acepta. Antes de que Sofía pudiera responder, Marina se acercó. Buen trabajo, Cervantes. Cuando te gradúes, llámame. Gracias. Marina miró a Rafael. Cuídala. Vale más que todo tu dinero. Lo sé. Mientras caminaban hacia el coche, el teléfono de Sofía sonó. Un número desconocido. Bueno, perra, la voz de Patricia desde la cárcel. Destruiste mi vida.

Tú sola te destruiste. Voy a salir. Y cuando lo haga, estarás extraditada a Guadalajara, Monterrey, y otros tres estados por homicidio. Sofía sonrió. Marina se encargó de eso. Tu madre sigue siendo una ladrona. Mi madre era honesta. Tú plantaste esas joyas. Marina encontró el recibo de compra a tu nombre. Silencio.

Adiós, Patricia. Colgó. Rafael la miró. ¿Estás bien? Sí. Y era verdad. Pero hay algo que necesitamos discutir. ¿Qué? Lo que dijiste adentro sobre nosotros. Rafael detuvo el coche. Sofía, sé que todo ha sido rápido. Sé que hay diferencias entre nosotros, pero pero nada. Ella lo miró directamente.

Si vamos a hacer esto, hay condiciones, las que quieras. Uno, termino la universidad, no acepto dinero personal tuyo. Hecho. Dos, la plataforma se lanza de verdad para ayudar a trabajadores. Hubo, por supuesto. Tres, se acercó. Nada de anillos de millones, nada de bodas espectaculares. Si me amas, ámame como soy. Sofía. Rafael tocó su mejilla. Te amo exactamente como eres.

Feroz, brillante, incorruptible. Seguro. Soy complicada. Eres perfecta. Se besaron mientras Luna aplaudía desde el coche y los reporteros tomaban fotos. Pero el teléfono de Rafael sonó. Andrea Frenética. Señor Quintana. Patricia escapó. ¿Qué? Durante el traslado, tres guardias muertos. Desapareció. Sofía sintió su sangre el arce. Patricia Villarreal estaba libre y conocía dónde vivía Luna. Tenemos 15 minutos.

Rafael conducía hacia el penouse mientras Sofía llamaba a Luna por décima vez. Sin respuesta. La policía no llegará a tiempo. Dijo Andrea desde el asiento trasero. Lo sé. Sofía marcó otro número. Marina. Patricia escapó. Necesito los contactos que tienes en una notificación. apareció en su teléfono. Video de Luna.

Estaba en el penhouse amordazada. Patricia detrás de ella con un cuchillo. Ven sola, Sofía. O la hermana paga por la madre. Voy a matarla, gruñó Rafael. No, eso es lo que quiere. Sofía pensaba rápidamente. Andrea, la plataforma sigue activa. Sí, pero activa transmisión en vivo ahora. ¿Qué? Patricia quiere un show. Se lo daremos. Sofía tomó el teléfono de Rafael, pero con audiencia. Penhouse.

20 minutos después, Sofía entró sola, su teléfono transmitiendo discretamente. Qué obediente. Patricia mantenía el cuchillo cerca del cuello de Luna. Tira el teléfono. No, perdón. 500,000 personas están viendo esto en vivo. Sofía mostró la pantalla. La plataforma de Rafael. Si me matas, todos lo verán. Patricia palideció. ¿Estás mintiendo? Mira los comentarios. Patricia asesina.

Llamen a la policía. Estamos grabando todo. Era verdad. En minutos la transmisión se había viralizado. Apágalo. Suelta a mi hermana primero. Apágalo. México está viendo Patricia. No hay escape. Patricia miró alrededor como animal acorralado. Sirenas sonaban a la distancia. Tú arruinaste todo. Una don nadie. Una sirvienta. Una sirvienta que te venció.

Patricia soltó a Luna y corrió hacia el balcón. 40 pisos sobre la ciudad. Si me atrapan, hablo. Sé cosas de Montalbán, de jueces, de todos. Bien, habla. Sofía se acercó lentamente. En la cárcel tendrás mucho tiempo. Prefiero morir. Patricia subió al barandal. El viento azotaba su cabello. No tienes el valor, dijo Sofía. No. Rafael entró corriendo con la policía.

Patricia, baja. El príncipe viene a salvar a la villana. Patricia rió histéricamente. Qué romántico. Baja y entrégate, ordenó el comandante. Tengo una mejor idea. Patricia miró directamente a la cámara de Sofía. Aurelio Montalván mató a mi tía. Yo solo era su herramienta. Tengo grabaciones. Están en un disparo.

Patricia cayó hacia atrás dentro del pente. Sangre expandiéndose en su vestido blanco. Un francotirador en el edificio opuesto. “Médicos!”, gritó Rafael. Pero era tarde. Patricia Villarreal murió mirando a Sofía. Las grabaciones, caja fuerte, banco, silencio. Luna lloraba en los brazos de Sofía. Rafael las envolvió a ambas. La transmisión seguía.

Un millón de personas habían visto todo. Una semana después encontramos las grabaciones. Marina Montalván puso los USB sobre la mesa. Patricia documentó todo. Cada crimen de Aurelio, cada soborno, cada asesinato ordenado. ¿Por qué?, preguntó Rafael. Seguro de vida. Si él la traicionaba, ella lo hundía. Marina sonrió. Ironía.

Él la mandó matar para silenciarla. Ahora las grabaciones lo condenan. Aurelio Montalbán había sido arrestado esa mañana. Cargos de homicidio, corrupción, conspiración. ¿Cuántos años le darán?, preguntó Sofía. Todos los que le quedan. Oficina de Quantumtech. Un mes después. La plataforma había explotado, no en usuarios, sino en propósito.

10,000 trabajadores registrados, 100 casos de abuso documentados, 20 empresas bajo investigación. Es solo el principio dijo Sofía revisando reportes. Nuestro principio, corrigió Rafael. Llevaban semanas trabajando juntos profesionalmente, pero las miradas duraban más. Las manos se rozaban accidentalmente. El aire entre ellos vibraba. Sofía. Mm. ¿Recuerdas lo que dijiste sobre condiciones? Ella levantó la vista.

Sí, las he respetado todas. Lo sé. Entonces tengo una pregunta. Rafael se arrodilló. Sofía jadeó. No, espera. Sacó una caja pequeña. No es lo que piensas. Dentro un anillo simple. Plata con una inscripción. ¿Qué dice? La fecha cuando me salvaste, Rafael. No es un anillo de millones. No habrá boda espectacular.

Solo nosotros. Luna, Andrea, Marina si quiere ir. Tomó su mano. Sofía Cervantes, ¿quieres construir justicia conmigo? Esa es la propuesta más rara. ¿Sí o no? Ella lo estudió. Este hombre que tenía todo y eligió valorar lo importante, que la vio cuando era invisible, que respetó sus límites y admiró su fuerza. Sí. Lo besó mientras la oficina entera aplaudía.

Andrea lloraba. Luna, que había venido después de la escuela, gritaba de alegría. “¿Hay algo más?”, dijo Rafael. “¿Qué? Marina quiere contratarte cuando te gradúes. Lo sé, pero yo tengo una mejor oferta. Rafael, directora legal de la Fundación Quantum para expandir la plataforma. Salario competitivo. Nada de favoritismo. Fundación Acabo de crearla.

50 millones de dólares. Los que Patricia quería. Sonrió. Justicia poética. Sofía lo miró. ¿Me estás ofreciendo trabajo el día que me propones matrimonio? Te estoy ofreciendo una sociedad en todo. Y si digo que no al trabajo, entonces Marina te contrata y serás mi competencia.

Y si digo que no al matrimonio, entonces seguiré siendo tu colega que está perdidamente enamorado contigo. Eres imposible. Soy tuyo. Dos meses después, la boda fue en la azotea del edificio donde Sofía limpiaba. Poética justicia, había dicho ella. 30 personas, Luna como dama de honor. Marina oficiando con su licencia de juez retirada. ¿Prometes amarlo en la riqueza y en la pobreza?, preguntó Marina con ironía.

En la justicia y en la lucha, corrigió Sofía. ¿Prometes amarla sin importar las diferencias de clase, origen o cuenta bancaria? Sin importar nada, dijo Rafael. Los declaro socios en la vida. Se besaron mientras el sol se ponía sobre la Ciudad de México. Durante la recepción, discretamente en un restaurante de tacos, ¿no? No el Torre Esmeralda, Sofía recibió un mensaje.

Felicidades, Carlos. Había sido liberado después de testificar contra Patricia. Trabajaba ahora en la fundación, segundo chance que Rafael insistió en darle. ¿En qué piensas? Rafael la abrazó por detrás, en que todo empezó con un susurro. Hay una droga en tu bebida y salvé tu vida. No la giró para mirarla. Me diste una vida que valiera vivir.

Luna apareció con el pequeño pastel. Foto. Mientras posaban, Sofía pensó en su madre, en su padre, en cómo estarían orgullosos. Una chica del barrio no se había casado con un príncipe. Una abogada en formación se había asociado con un visionario. “Te amo”, susurró Rafael. Te amo”, respondió. “No necesitaban más.

” Esa noche en su departamento en Necatepec, porque Sofía insistió en quedarse hasta graduarse, Rafael miraba alrededor. “¡Ya es perfecto, es pequeño y húmedo, es donde vives, es perfecto.” Luna tosió desde su cuarto. “Todavía los escucho”, rieron. “Hay algo que no te he dicho,”, dijo Sofía. “¿Qué? Marina me dio los expedientes de Patricia, todos.

” Y había una carta para ti. La escribió la noche antes de escapar. Rafael la tomó con manos temblorosas. Rafael, nunca te amé, pero te respetaba hasta que elegiste a la sirvienta sobre mí. Disfruta tu cuento de hadas. Los finales felices no existen. P Se equivocó, dijo Sofía. ¿En qué? No eres mi cuento de hadas, eres mi compañero de batalla.

Rafael quemó la carta en la estufa. Y apenas empieza la guerra. ¿Contra quién? Contra la injusticia. Se besaron mientras la carta se volvía cenizas. Patricia estaba muerta. Aurelio en prisión. Pero había miles de patricias allá afuera, miles de trabajadores abusados y ahora tenían las herramientas para pelear juntos.

3 años después, Sofía Quintana revisaba expedientes en su oficina del piso 20 de la Torre Quantum. Afuera, la ciudad de México despertaba bajo la lluvia de octubre. Mami, mira. Su hija de 2 años, Selena, corría con un dibujo. Cabello negro como Sofía, ojos Intensity como Rafael. Hermoso, mi amor. Papi, en junta viene pronto.

La Fundación Quantum operaba ahora en tres estados: Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León. El plan piloto, cuidadosamente expandido, había ayudado a 15,000 trabajadores a reportar abusos laborales. Licenciada Quintana, su asistente entró. El juez Martínez confirmó audiencia a las 3. Gracias, Carmen. Sofía acababa de obtener su título 6 meses atrás.

No litigaba en la Suprema Corte, pero sus casos en tribunales locales sentaban precedentes importantes. Luna entró, bata de médico sobre su uniforme universitario. Sofi, ¿puedes cuidar a Elena esta noche? Tengo guardia. Claro. Luna cursaba cuarto año de medicina en la UNAM. Vivía en un departamento cerca del campus, pagado con su becaencia y trabajo de medio tiempo en la fundación.

¿Cómo va el caso, Torres?, preguntó Luna. Bien, la empresa acordó indemnizar 3 millones de pesos. ¿Recuerdas cuando 3000 pesos era mucho? Todavía lo es, dijo Sofía. Solo que ahora podemos ayudar más. Rafael entró cargando café y jugos para mis mujeres favoritas. Papi. Elena corrió a sus brazos.

¿Cómo estuvo la junta?, preguntó Sofía. Aprobaron la expansión a Puebla. En serio, piloto de 6 meses. Si funciona, Oaxaca después. Era lento, metódico, pero real. Cada estado requería meses de preparación legal, tecnológica, política. Carlos Méndez tocó la puerta. Señor Quintana, la entrevista con Reforma es en una hora. Después de prisión, Carlos había reconstruido su vida.

Coordinaba ahora el programa de segundas oportunidades de la fundación. Carlos, ¿cómo está tu madre? Preguntó Sofía. Mejor la operación fue exitosa. Gracias por preguntar. Marina Montalbán entró sin tocar como siempre. Sofía, el caso contra Industria Salazar, necesito tu investigación. Después del juicio de Patricia, Marina y Sofía habían desarrollado una alianza inesperada.

Marina manejaba los casos grandes mientras entrenaba a Sofía en las complejidades del sistema. La tendrás mañana. Bien, Marina miró a Elena. Se parece a ti, pobre niña. Marina, advirtió Rafael. Es broma, aunque la inteligencia claramente viene del lado materno. Su teléfono sonó. Marina frunció el seño. ¿Qué sucede?, preguntó Sofía. Aurelio. El nombre todavía causaba tensión. ¿Qué hay con él? Murió esta mañana en prisión.

Rafael no mostró emoción. ¿Cómo? Infarto real esta vez. Silencio. ¿Estás bien? Sofía tocó la mano de Rafael. Sí. Él eligió su camino. Marina guardó su teléfono. ¿Hay algo más? Dejó una carta para ti, Rafael. No la quiero. Deberías leerla. Marina la puso sobre el escritorio y salió. Rafael la miró como si fuera venenosa.

No tienes que abrirla, dijo Sofía. Lo sé. Pero la abrió Rafael. Nunca fuiste mi hijo, pero viendo lo que lograste, tal vez me equivoqué. Tu madre estaría orgullosa. Yo también, a mi manera torcida. No pido perdón. No lo merezco. Solo quiero que sepas, Patricia me engañó también. Al final todos pagamos. Aurelio Montalbán.

Rafael arrugó la carta. ¿Estás bien? Sí. Miró a su familia. Tengo todo lo que necesito. Esa tarde Tribunal Civil. Ganamos. Sofía salió de la corte con su cliente, una mujer que había sido acosada sexualmente por su jefe durante años. Gracias, licenciada. Gracias a usted por ser valiente. La prensa esperaba afuera.

Desde el caso de Patricia, Sofía se había vuelto de justicia laboral. Licenciada Quintana, comentarios sobre la muerte de Aurelio Montalbán. Sin comentarios. Es verdad que Patricia Villarreal dejó más víctimas. La investigación continúa. Era verdad. Cada mes aparecían nuevos casos, hombres que Patricia había estafado, drogado, manipulado.

La fundación les daba apoyo legal gratuito. Esa noche departamento en Roma Norte. Habían comprado un lugar modesto, pese a las protestas de Rafael sobre seguridad. Sofía insistió. Nada ostentoso mientras la fundación crecía. Elena durmió”, dijo Rafael saliendo del cuarto de la niña. “¿Le contaste el cuento? El de la princesa abogada que salvaba al reino con leyes.

Ese no existe. Lo inventé basado en historia real.” Se sentaron en el balcón viendo la ciudad. El torre Esmeralda brillaba a la distancia. “¿Piensas en ella?”, preguntó Rafael. Patricia, a veces, “¿Qué piensas? que era brillante. Si hubiera usado su inteligencia para bien. Eligió el camino fácil. No era fácil. Matar, mentir, manipular.

Era trabajo constante. Sofía suspiró. Era exhausta de maldad. Tú elegiste el camino difícil. Elegí el camino correcto. ¿Te arrepientes? Sofía lo miró. Su esposo, padre de su hija, socio en todo. Nunca. Su teléfono vibró. Un mensaje de un número desconocido. Licenciada, soy Teresa. Trabajé en Torre Esmeralda. Me despidieron por negarme a acostarme con mi jefe.

¿Puede ayudarme? Sofía mostró el mensaje a Rafael. Otro caso. Otro caso. El trabajo nunca termina. No, pero cada victoria cuenta. Rafael la besó. Te amo. Te amo. Adentro Elena lloró. Luna, que había llegado de su guardia, la calmaba. Voy dijo Sofía. Vamos, corrigió Rafael. Entraron juntos.

Una familia formada no por sangre o dinero, sino por elección y justicia. En la televisión las noticias mostraban la expansión de la plataforma. Fundación Quantum alcanza 100,000 usuarios registrados. Era mentira, solo tenían 30,000. Pero los medios exageraban todo. La verdad era más simple. paso a paso, caso por caso, estaban cambiando México, no con revoluciones o escándalos. Con trabajo constante, honesto, necesario.

Patricia había dicho que los finales felices no existían. Tenía razón. Esto no era un final, era un principio. Y cada día Sofía se levantaba sabiendo que había elegido bien. Elegió justicia sobre dinero, verdad sobre poder, amor sobre conveniencia. y Rafael había elegido lo mismo. Juntos construyeron algo que Patricia nunca entendió, un legado que no se medía en millones, se medía en vidas cambiadas, en justicia servida, en verdad defendida.

Elena dormía entre sus padres soñando con mundos mejores. Luna estudiaba para su examen, decidida a ser doctora. Carlos coordinaba segundas oportunidades habiendo recibido una. Marina peleaba casos imposibles, rejuvenecida por la causa. Y en algún lugar de la ciudad, una trabajadora leía sobre la fundación: “Mañana denunciaría a su jefe abusivo.

Mañana buscaría justicia. Mañana empezaría su propia historia.” Porque eso era lo que Sofía y Rafael habían construido, no un cuento de hadas, una puerta y del otro lado esperanza real para gente real. Patricia nunca lo hubiera entendido. Por eso perdió. Por eso ellos ganaron. No el premio mayor, algo mejor.