El cielo estaba cubierto de nubes pesadas casi negras, mientras el anciano de 87 años, don Mijail, se aferraba al barandal del yate con manos temblorosas, sin comprender por qué sus propios hijos lo habían traído tan lejos de la costa en un día que presagiaba tormenta. Durante toda su vida había soportado guerras, hambre, pérdidas y trabajos interminables para levantar a su familia, creyendo que el amor que les dio era suficiente para protegerlo en la vejez.

Sin embargo, aquella mañana se dio cuenta de que estaba equivocado, muy equivocado. Leonidas, el mayor, lo observaba con un brillo frío en los ojos, una mezcla de impaciencia y desprecio que le congelaba el alma. Pabel, el segundo, evitaba su mirada, fingiendo mirar el horizonte como si la culpa le pesara, pero no lo suficiente como para detener lo que estaban a punto de hacer.

Y Cristina, la menor, permanecía erguida con los brazos cruzados, con el rostro endurecido por los caprichos del dinero y del lujo fácil que creían tener derecho a poseer. “Tu tiempo ya pasó, viejo”, gritó Leonidas, acercándose con pasos firmes. “Quiero mi parte del dinero ahora, no cuando te mueras dentro de quién sabe cuántos años.

” Don Mijail sintió que el corazón se le comprimía, no por el miedo, sino por el dolor más profundo que puede experimentar un padre. descubrir que sus hijos lo veían como un obstáculo, no como el hombre que lo dio todo por ellos. Intentó apelar a sus recuerdos a las noches en las que trabajó hasta el amanecer para pagarles estudios, a las veces en que el mismo pasó hambre para que ellos nunca la sintieran, a las lágrimas que derramó cuando no tenía más que ofrecerles salvo amor y esperanza.

“Hijos, ¿qué están diciendo? Yo siempre basta”, interrumpió Cristina con voz helada. “Estamos cansados de esperar. Firmaste documentos hace años. nos pertenece todo, solo necesitamos que cooperes. Fue entonces cuando don Mijail comprendió por qué lo habían sacado al mar, tan lejos, sin testigos, sin nadie que pudiera ayudarlo.

El silencio entre sus propios hijos era más aterrador que el rugido distante del océano. Pabel respiró hondo, como si buscara coraje para hacer lo que sabía que estaba mal. “Lo siento papá”, murmuró sin levantar la mirada. “Pero es mejor así. No sufrirás más y nosotros podremos continuar nuestras vidas. Antes de que don Mijail pudiera responder, Leonidas lo empujó con una fuerza brutal y el anciano cayó al agua fría sin poder gritar, tragando sal y miedo.

La superficie se cerró sobre él mientras luchaba desesperadamente por mantenerse a flote, sus brazos débiles golpeando el agua pesada, sus ojos llenos de horror al ver a sus hijos mirando desde la cubierta, no con preocupación, sino con satisfacción. Cristina incluso sonrió. Adiós, papá. Te prometo que tu dinero será bien usado. El motor del yate rugió, alejándose lentamente mientras don Mijail pataleaba para sobrevivir, viendo como la figura de sus hijos se hacía cada vez más pequeña, cada vez más lejana.

Durante un momento pensó en rendirse. El mar estaba helado, sus fuerzas casi inexistentes y el dolor emocional lo desgarraba más que el físico. Pero entonces recordó algo, algo que nunca había contado a sus hijos. Él no era solo un anciano que trabajó toda su vida. Era el verdadero dueño y fundador de una de las mayores compañías marítimas del país.

Un hombre cuya fortuna, contactos y poder superaban por mucho lo que sus hijos imaginaban. Y aún así, ellos lo traicionaron con el agua golpeándole el rostro y la respiración cortándose a cada segundo. Don Mijail sintió que algo dentro de él despertaba, no ira, sino una voluntad férrea. No iba a morir allí, no por ellos, no después de todo lo que había vivido. El océano rugió.

Las olas crecieron y el anciano luchó con todas sus fuerzas, no por salvar su vida, sino por enfrentar el destino que sus hijos siempre creyeron controlar. La historia de lo que ocurriría después apenas estaba comenzando. Don Mijail se aferró a un fragmento de madera flotante que las olas habían arrastrado, luchando por respirar mientras el mar parecía decidido a tragárselo.

Su cuerpo temblaba por el frío, sus músculos ardían y su vista se nublaba, pero dentro de su mente había una claridad que no sentía desde su juventud, una determinación feroz que lo impulsó a seguir adelante. Pasaron minutos eternos hasta que escuchó un sonido lejano, un zumbido metálico que confundió con el viento, pero que poco a poco se volvió más claro, un bote pesquero acercándose.

Una pareja de pescadores lo vio agitar el brazo y rápidamente lo sacaron del agua envolviéndolo en mantas mientras trataba de explicar entre jadeos lo que había sucedido. Al principio pensaron que deliraba, pero su mirada firme y la gravedad de sus palabras hicieron que lo escucharan.

Lo llevaron de inmediato al puerto más cercano, donde un médico lo atendió. Y allí, aún empapado y temblando, don Mijail hizo una llamada no a sus hijos, no a la policía común, sino a su abogado personal de confianza, un hombR.