María Juana había llegado al ingenio azucarero de San Cristóbal en las afueras de la Habana, cuando apenas tenía 12 años. Ahora con 32 su espalda guardaba las cicatrices de 20 cosechas bajo el sol implacable del Caribe, y sus manos conocían cada surco de aquella tierra empapada en sudor ajeno. Era el año de 1789 y don Fernando de Alcántara y Morales gobernaba aquellas tierras con puño de hierro y mirada distante, como si los cuerpos que trabajaban sus cañaverales fueran apenas sombras sin voz ni nombre.

Don Fernando tenía esposa legítima en España, doña Catalina de Mendoza, que visitaba la isla cada tres o cu años y pasaba el resto del tiempo en Sevilla administrando las rentas que la plantación le enviaba. En su ausencia, don Fernando se permitía ciertas libertades que su posición le concedía sin cuestionamiento.

Una de ellas fue Yemayá, una joven esclava de apenas 17 años, de piel oscura como el ébano y ojos que guardaban la memoria de África. Yemayá trabajaba en la casa grande, limpiando los pisos de mármol importado y sirviendo la mesa cuando don Fernando recibía visitas del gobernador o de otros ascendados. Una noche de tormenta, cuando los truenos sacudían las paredes de Cal y los esclavos se refugiaban en sus barracones de madera podrida, don Fernando la llamó a su habitación.

Ella no tuvo elección, nunca la tuvo. Suscríbete al canal y comenta desde qué país nos estás viendo. Tu apoyo ayuda a que sigamos contando estas historias olvidadas. Se meses después, Yemayá dio a luz a un niño de piel canela con los ojos claros de su padre y el cabello rizado de su madre.

El parto fue difícil, atendido por María Juana y dos mujeres más en el cuarto trasero de los barracones, lejos de las miradas del mayoral. Cuando el niño nació, Yemayá lo miró con una mezcla de amor y terror. Sabía que aquel niño era la prueba viviente de su deshonra y del pecado de su amo. Sabía también que don Fernando jamás lo reconocería y que si doña Catalina llegaba a enterarse, las consecuencias serían fatales. Tres días después del parto, Yemayá murió de fiebres.

Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de esclavos, sin cruz ni nombre, bajo un árbol de seiva que parecía llorar con el viento. María Juana tomó al niño entre sus brazos. No tenía hijos propios. Los había perdido todos en partos difíciles o enfermedades que se llevaban a los niños como si fueran hojas secas.

Este niño, sin embargo, era fuerte. Lloraba con fuerza, mamaba con desesperación y agarraba su dedo con una determinación feroz. María Juana lo miró a los ojos y supo que no podía abandonarlo, pero también supo que ocultarlo sería jugarse la vida.

Le puso por nombre Tomás, en honor a su padre, un esclavo que había muerto años atrás intentando escapar hacia las montañas del interior. Lo mantuvo escondido en su barracón, envuelto en trapos viejos, alimentándolo con la leche de otra esclava recién parida, que aceptó amamantarlo, a cambio de que María Juana le cubriera parte de su trabajo en los campos.

Durante los primeros meses, Tomás apenas salió de las sombras del barracón. María Juana trabajaba desde el amanecer hasta el anochecer, cortando caña bajo el sol que quemaba la piel y hacía hervir la sangre. Cada noche regresaba con las manos sangrantes, el cuerpo molido, pero siempre encontraba fuerzas para cargar al niño, cantarle canciones en yorúuba que había aprendido de su propia madre y mecerlo hasta que se dormía.

El mayoral, un hombre corpulento y cruel llamado Don Esteban, sospechaba. Había escuchado rumores sobre el niño de Yemayá, sobre el color de su piel y la forma de sus ojos. Una tarde, mientras supervisaba el corte de caña, se acercó a María Juana y la miró con desprecio. “Dicen que guardas algo que no te pertenece”, le dijo con voz grave. Dicen que escondes al bastardo del patrón.

María Juana levantó la vista, el machete aún en la mano y lo miró directamente a los ojos. No sé de qué me habla, don Esteban. Yo solo tengo mi trabajo y mis rezos. El mayoral escupió al suelo y se alejó, pero María Juana supo que el peligro era real. Esa noche trasladó a Tomás a otro barracón escondiéndolo en el desván donde se guardaban herramientas rotas y sacos de yute.

Convenció a Rosa, una mujer mayor que había perdido a todos sus hijos de que lo cuidara durante el día mientras ella trabajaba en los campos. Rosa aceptó, movida por la compasión y por el recuerdo de sus propios hijos muertos. Tomás creció en la penumbra.

alimentado por manos que temblaban de miedo y amor, aprendió a no llorar durante el día, a quedarse quieto cuando escuchaba pasos, a respirar en silencio, como si fuera una sombra más entre las sombras. María Juana le enseñó a rezar, a pronunciar palabras en español que lo ayudarían a sobrevivir si algún día era descubierto.

Le contó historias de África, de los ancestros que habían cruzado el océano encadenados, de los dioses que habitaban en los árboles y en los ríos. Pasaron los años. Tomás cumplió cinco, luego siete, luego nueve. Su piel seguía siendo clara, sus ojos verdes como los de don Fernando. María Juana sabía que pronto sería imposible ocultarlo.

El niño quería salir, correr, jugar con los otros niños esclavos que trabajaban en los campos o en las cocinas, pero ella no podía permitirlo. Una mirada bastaba para ver la verdad. Una palabra en el oído equivocado bastaría para que don Esteban lo arrastrara hasta la casa grande y lo arrojara a los pies de don Fernando.

Y entonces, ¿qué pasaría? ¿Lo vendería como esclavo a otra plantación? ¿Lo mataría para borrar la evidencia de su pecado? ¿O simplemente fingiría que no existía, condenándolo a una vida de invisibilidad y desprecio? María Juana no tenía respuestas, solo miedo. Pero también tenía algo más fuerte que el miedo, la determinación de proteger a aquel niño que se había convertido en su razón para seguir viva.

Cada noche, antes de dormir, lo abrazaba y le susurraba al oído. Eres hijo de esta tierra, Tomás. Nadie puede quitarte eso. Nadie. Y Tomás, con sus ojos verdes llenos de preguntas que aún no sabía formular, asentía en silencio, confiando en las palabras de aquella mujer que olía a sudor, a tierra y a amor. El ingenio seguía funcionando como una máquina implacable. Las cañas se cortaban, se molían, se hervían.

El azúcar salía en barriles hacia los puertos de la Habana y de allí a España, a Francia, a Inglaterra. Los esclavos seguían muriendo de agotamiento, de enfermedades, de castigos. Cada muerte era reemplazada por un nuevo cuerpo comprado en los mercados del puerto. Don Fernando seguía siendo el amo indiscutible, el señor de vidas y destinos.

Y María Juana seguía siendo la esclava que, contra todas las leyes de Dios y de los hombres guardaba el secreto más peligroso de aquella plantación, la existencia de un niño mestizo, que era prueba viviente de la hipocresía y la crueldad del sistema que los encadenaba a todos. Pero los secretos, como las semillas enterradas en la tierra, tarde o temprano encuentran la manera de brotar hacia la luz.

Y cuando eso ocurriera, María Juana sabía que tendría que estar lista para enfrentar las consecuencias, fuera cual fuera el precio que tuviera que pagar. Mientras tanto, seguía cortando caña bajo el sol del Caribe, con el corazón dividido entre el terror y la esperanza, rezando a los dioses de África y al dios de los cristianos para que le dieran fuerzas para seguir protegiendo a aquel niño que, sin saberlo, llevaba en su sangre el peso de dos mundos irreconciliables.

Una mañana de enero, cuando el aire aún conservaba algo de la frescura nocturna, llegó al ingenio una comitiva desde la Habana. Los esclavos observaron desde los campos el polvo que levantaban los caballos y las carretas, y un murmullo de inquietud recorrió las filas.

Las visitas importantes siempre traían cambios y los cambios rara vez eran buenos para ellos. María Juana, que trabajaba cerca del camino principal, vio pasar las carretas cargadas de baú y sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Reconoció el escudo de armas bordado en las cortinas de la carroza principal. Era el escudo de la familia Mendoza. Doña Catalina había regresado de España.

La noticia corrió como pólvora entre los barracones. Doña Catalina era conocida por su carácter severo y su mirada que todo lo escudriñaba. A diferencia de su esposo, que raramente bajaba de la casa grande, excepto para supervisar las cosechas o castigar alguna falta grave, doña Catalina tenía la costumbre de inspeccionar cada rincón de la plantación, desde las cocinas hasta los almacenes, desde los campos hasta los barracones.

Nada escapaba a su vista. Y lo que más temían los esclavos no era su crueldad física, sino su capacidad para detectar mentiras, para descubrir secretos, para encontrar grietas en el orden establecido y explotarla sin piedad. María Juana sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies. Tomás tenía ahora 10 años. Su cuerpo había crecido, sus facciones se habían definido.

Cada día se parecía más a don Fernando. La misma línea de la mandíbula, la misma forma de los ojos, el mismo gesto altivo cuando se enfadaba. Ocultarlo de los otros esclavos era una cosa, ocultarlo de doña Catalina sería imposible. María Juana sabía que tenía que actuar rápido. Esa misma noche, después de que todos se durmieran, fue a buscar a Tomás al desván, donde Rosa lo cuidaba.

“Tenemos que irnos”, le dijo en voz baja con una urgencia que el niño nunca antes había escuchado en su voz. Tomás la miró con ojos asustados. “¿A dónde, madre?”, preguntó. María Juana no lo corrigió cuando la llamó madre. Hacía años que había dejado de hacerlo. A las montañas, respondió, hay gente allí, cimarrones, esclavos que escaparon y viven libres. Podremos escondernos hasta que sea seguro regresar.

Tomás asintió confiando en ella como siempre lo había hecho. Rosa, que había escuchado todo, le entregó un atillo con algo de comida que había guardado. Casab duro, trozos de taso seco, un poco de miel en una calabaza. “Vayan con Dios”, susurró la anciana con lágrimas en los ojos. “Y que los orishas los protejan!”.

Pero escapar del ingenio no era tan simple como decidirlo. Los perros de don Esteban dormían amarrados cerca de los barracones y cualquier movimiento extraño los despertaría. Además, los caminos estaban vigilados por patrullas que recorrían la zona en busca de esclavos fugitivos.

María Juana sabía que tendrían que esperar el momento adecuado, una noche sin luna, cuando la oscuridad fuera su aliada, pero el tiempo se agotaba. Al día siguiente, doña Catalina comenzaría sus inspecciones. Al amanecer, María Juana salió a trabajar como de costumbre, pero su mente estaba en otra parte. Mientras cortaba caña, observaba los movimientos de los capataces. estudiaba los patrones de las patrullas, buscaba una ruta de escape.

A media mañana vio algo que le heló la sangre. Don Esteban caminaba hacia los barracones acompañado de dos hombres armados. iban directamente hacia el desván, donde Tomás estaba escondido. María Juana soltó el machete y echó a correr, ignorando los gritos del capataz que le ordenaba detenerse.

Corrió como nunca había corrido, con el corazón a punto de estallar y los pulmones ardiendo. Pero cuando llegó al barracón ya era tarde. Don Esteban salía del desván arrastrando a Tomás por el brazo con rosa llorando detrás de ellos. Con que aquí estaba el bastardo”, gritó el mayoral triunfante, “ها años buscándolo y estaba aquí bajo nuestras narices.

” Tomás lloraba asustado, tratando de zafarse del agarre brutal de don Esteban. María Juana se lanzó hacia ellos, pero uno de los hombres armados la detuvo golpeándola con la culata del rifle. cayó al suelo, aturdida, con sangre corriendo por su frente. “Suéltelo”, gritó con voz ronca. “Es solo un niño, no ha hecho nada malo.” Don Esteban la miró con desprecio.

“Tú eres la que ha hecho algo malo, negra insolente. Has ocultado al hijo bastardo del amo. Has mentido y engañado durante años. Esto se paga con la vida.” Arrastraron a María Juana y a Tomás hasta la casa grande. Los otros esclavos observaban en silencio, con miedo y compasión en los ojos, pero nadie se atrevió a intervenir. En el patio principal, don Fernando esperaba junto a doña Catalina.

La mujer era alta y delgada, vestida de negro riguroso, con el cabello recogido en un moño apretado y los labios fruncidos en una expresión de disgusto permanente. Cuando vio a Tomás, su rostro se endureció aún más. No necesitó que nadie le dijera quién era el niño.

La semejanza con su esposo era evidente, innegable, insultante. “¿Cuánto tiempo?”, preguntó doña Catalina con voz helada, sin mirar a su esposo. Don Fernando permaneció en silencio con la mandíbula apretada. 10 años, señora, respondió don Esteban, empujando a Tomás hacia delante. Esta esclava lo ha estado ocultando desde que nació. Es hijo de Yemayá, aquella que murió en el parto.

Doña Catalina miró a María Juana con ojos que parecían capaces de atravesar el alma. ¿Por qué? Preguntó. ¿Por qué ocultaste a este niño? ¿Acaso pensabas que podrías engañarme para siempre? María Juana levantó la cabeza a pesar del dolor y el miedo. Porque es inocente, dijo con voz clara. Porque no tiene la culpa de haber nacido, porque merecía vivir.

Doña Catalina soltó una risa amarga. Vivir. Un bastardo mestizo, fruto del pecado y la lujuria, no merece nada más que el olvido. Se volvió hacia su esposo. Este es el resultado de tu deprabación, Fernando. Este niño es una mancha en nuestro apellido. Una vergüenza que debería haber sido borrada hace años.

Don Fernando, por primera vez desde que María Juana lo conocía, pareció incómodo. Catalina, yo no sabía que el niño había sobrevivido. Pensé que había muerto con su madre. Mentiras, escupió doña Catalina. Siempre ha sido un cobarde incapaz de enfrentar las consecuencias de tus actos. Se produjo un silencio tenso. Los esclavos que observaban desde la distancia contenían la respiración.

María Juana abrazó a Tomás, que temblaba contra su pecho. “Señora, dijo María Juana, reuniendo todo su coraje. Castígeme a mí si quiere, pero deje al niño en paz. Él no tiene la culpa de nada.” Doña Catalina la miró con frialdad. “Oh, no te preocupes. Ambos serán castigados. tú por tu insolencia y tu engaño.

Y el niño hizo una pausa calculando, el niño será vendido lejos de aquí, a una plantación en el otro extremo de la isla, donde nadie conozca su origen, vivirá como lo que es, un esclavo más. María Juana sintió que el mundo se desmoronaba. No! Gritó aferrándose a Tomás. No puede hacerle eso. Es su sangre, la sangre de su esposo.

Don Esteban la golpeó brutalmente, haciéndola caer al suelo. Cállate, esclava. Doña Catalina observó la escena sin emoción alguna. Llévensela ordenó. Denle 20 latigazos y enciérrenla en el cepo durante tres días. Después de eso volverá a trabajar en los campos y el niño que lo preparen para la venta, mañana mismo saldrá de aquí. Arrancaron a Tomás de los brazos de María Juana.

El niño gritaba, lloraba, se retorcía tratando de alcanzarla. Madre, madre. María Juana extendió los brazos hacia él desesperada, mientras los hombres de don Esteban la arrastraban hacia el poste de castigo. Lo último que vio antes de que la ataran fue el rostro de Tomás bañado en lágrimas mientras lo llevaban de vuelta a los barracones.

Y en ese momento María Juana juró en silencio que encontraría la manera de salvarlo, aunque le costara la vida. Porque aquel niño que había criado como propio durante 10 años era lo único que le quedaba en este mundo de dolor y esclavitud y no permitiría que se lo arrebataran sin luchar hasta el último aliento. Los 20 latigazos desgarraron la espalda de María Juana con una precisión brutal que solo años de práctica podían otorgar.

Don Esteban manejaba el látigo personalmente, disfrutando cada chasquido del cuero contra la carne, cada grito ahogado que María Juana intentaba contener entre los dientes apretados. Los otros esclavos fueron obligados a observar para que el castigo sirviera de escarmiento.

Cuando terminó, el cuerpo de María Juana colgaba inerte de las cuerdas que la ataban al poste, su espalda convertida en un mapa de sangre y carne viva. La llevaron arrastras hasta el cepo, una estructura de madera con agujeros para el cuello y las muñecas, y la encerraron allí bajo el sol implacable del mediodía caribeño. Tres días, 72 horas de tortura lenta, sin comida, con apenas unos sorbos de agua sucia que algún esclavo compasivo le acercaba cuando los capataces no miraban.

Las moscas se posaban sobre sus heridas abiertas. El sol quemaba su piel ya lastimada y por las noches el frío la hacía temblar sin control. Pero lo que más la torturaba no era el dolor físico, sino pensar en Tomás. ¿Dónde estaba? Lo habían vendido. Ya habría llorado por ella.

¿Entendería por qué no pudo protegerlo? Cada pregunta era un puñal clavado en su corazón. Al tercer día, cuando la liberaron del cepo, María Juana apenas podía mantenerse en pie. Rosa y otras mujeres la ayudaron a llegar hasta su barracón, donde le limpiaron las heridas con agua y hierbas, susurrando oraciones en lenguas ancestrales. “El niño se fue ayer”, le dijo Rosa en voz baja, sin atreverse a mirarla a los ojos.

Lo subieron a una carreta antes del amanecer. Iba con un tratante de esclavos hacia el este, hacia Camagüey. María Juana cerró los ojos sintiendo que algo dentro de ella se rompía definitivamente. Camagewe estaba a más de 200 millas de distancia. Podría ser el fin del mundo. Esa noche María Juana no durmió.

Su cuerpo pedía descanso a gritos, pero su mente bullía con pensamientos desesperados. No podía quedarse allí trabajando hasta morir mientras Tomás crecía como esclavo en alguna plantación lejana, sin saber quién era realmente, sin nadie que lo protegiera o lo amara. Tenía que encontrar la manera de llegar hasta él. Pero, ¿cómo? Era una esclava sin libertad de movimiento, sin dinero, sin aliados poderosos.

Cualquier intento de fuga terminaría con su captura y probablemente con su muerte. Sin embargo, la desesperación es una fuerza más poderosa que el miedo. Durante los días siguientes, María Juana trabajó en silencio, escuchando conversaciones, observando movimientos, recopilando información. descubrió que el tratante que se había llevado a Tomás era conocido en la región, un tal Sebastián Núñez, un mulato libre que se ganaba la vida comprando y vendiendo esclavos entre las plantaciones del interior.

Tenía una reputación ambigua. Algunos decían que trataba a su mercancía con relativa decencia, otros que era tan cruel como cualquier negrero. María Juana necesitaba saber más. necesitaba trazar un plan. Una noche se acercó a Domingo, un esclavo anciano que había trabajado como cochero para don Fernando durante décadas y conocía todos los caminos de la región.

Domingo le susurró mientras compartían un pedazo de casabe en la oscuridad del barracón. Necesito tu ayuda. El anciano la miró con ojos cansados. ¿Qué clase de ayuda, María Juana? ¿Sabes que yo ya no tengo fuerzas para nada? No necesito tus fuerzas, respondió ella. Necesito tu conocimiento. Necesito saber cómo llegar a Camagüy sin ser atrapada. Domingo negó con la cabeza. Eso es una locura. Las patrullas te encontrarían en menos de dos días.

Los perros te seguirían el rastro. No si sé por dónde ir”, insistió María Juana. “No si conozco los caminos que ellos no vigilan”. Domingo la estudió en silencio durante largo rato. Finalmente suspiró. “Hay un camino”, dijo en voz muy baja, “por el manglar, siguiendo la costa hacia el este.

Es traicionero, lleno de mosquitos y caimanes, pero las patrullas casi nunca van por allí. Desde allí puedes llegar a las montañas y en las montañas hay palenques, asentamientos de cimarrones. Si logras llegar hasta ellos, tal vez te ayuden. María Juana sintió una chispa de esperanza.

¿Conoces a alguien en los palenques? Domingo asintió lentamente. Mi hermano escapó hace 15 años. Dicen que vive en un palenque cerca del río Cauto. Se llama Cipriano. Si lo encuentras y le dices que vas de mi parte, quizá te ayude. Era poco, pero era algo. María Juana pasó las siguientes semanas preparándose en secreto.

Guardaba pedazos de comida, robaba un cuchillo viejo de la cocina, conseguía trapos para envolver sus pies maltratados. Rosa le cosió una bolsa pequeña de yute donde podía llevar sus escasas pertenencias. “Esto es una locura”, le decía la anciana cada noche. “Te van a matar.” “Puede ser”, respondía María Juana. “Pero si me quedo aquí, también moriré.

Al menos así muero intentando algo. La oportunidad llegó una noche de tormenta cuando los relámpagos iluminaban el cielo y la lluvia caía con tal fuerza que convertía los caminos en ríos de barro. Los capataces se refugiaron en sus casas y los perros aullaban inquietos, desorientados por el estruendo de los truenos. María Juana se deslizó fuera del barracón como una sombra.

con su pequeño atillo atado a la cintura y el corazón latiendo tan fuerte que temía que alguien pudiera oírlo. Corrió hacia el manglar, dejando atrás el ingenio San Cristóbal, dejando atrás 20 años de su vida, dejando atrás todo, excepto la imagen de Tomás y la promesa que se había hecho a sí misma. El manglar era un infierno.

Las raíces retorcidas de los árboles se hundían en el agua negra y fétida, creando un laberinto donde era fácil perderse o quedar atrapado. Los mosquitos la atacaban en nubes, picándola hasta que su piel quedaba cubierta de ronchas ardientes. Algo se movía en el agua, algo grande y silencioso que la observaba con ojos amarillos. María Juana. no se detuvo.

Caminó durante horas tropezando, cayendo, levantándose de nuevo, con las piernas sangrando por los cortes de las raíces afiladas y los pulmones ardiendo por el esfuerzo. Cuando finalmente salió del manglar al amanecer, estaba exhausta, empapada, cubierta de lodo, pero libre. Libre. Era una palabra que casi había olvidado. Se dejó caer sobre la arena de una pequeña playa desierta y lloró.

Lloró por todo lo que había perdido, por todo lo que había sufrido, por todos los que habían muerto sin conocer la libertad. Lloró por Tomás, por el niño que había criado y amado y que ahora estaba en algún lugar solo y asustado. Pero también lloró de rabia, de determinación, de una fuerza que no sabía que poseía.

Se levantó cuando el sol estaba ya alto y miró hacia el este, hacia donde el destino la llamaba. Camahwei estaba lejos, muy lejos, pero María Juana había dado el primer paso y no se detendría hasta encontrar a Tomás o hasta morir en el intento. Siguió la costa durante días, escondiéndose cuando veía patrullas, comiendo frutas silvestres y cangrejos que atrapaba con las manos, durmiendo bajo los árboles cuando la noche la sorprendía.

Su cuerpo era un mapa de dolores, pero su voluntad era inquebrantable. Una tarde, mientras trepaba por una ladera rocosa que llevaba hacia el interior, escuchó voces. se escondió detrás de un arbusto con el corazón en la garganta, lista para huir. Pero las voces no eran de soldados ni de cazadores de esclavos.

Eran de hombres y mujeres que hablaban en el mismo tono que ella, con el mismo acento de los que habían conocido la esclavitud, cimarrones. María Juana había llegado a territorio libre. salió de su escondite con las manos en alto, mostrando que no era una amenaza. Un hombre alto con cicatrices tribales en el rostro se acercó a ella con una lanza en la mano. ¿Quién eres?, preguntó. María Juana. Respiró hondo.

Me llamo María Juana. Vengo del ingenio San Cristóbal, cerca de la Habana. Busco a Cipriano. Soy amiga de su hermano Domingo. El hombre la estudió largamente. Luego, lentamente bajó la lanza. “Sígueme”, dijo. Y María Juana supo que había dado el segundo paso en su largo camino hacia la redención.

El palenque era una comunidad escondida en lo profundo de las montañas, protegida por una muralla natural de rocas y vegetación espesa que lo hacía casi invisible desde la distancia. Unas 50 personas vivían allí, hombres, mujeres, niños, ancianos, todos fugitivos de diferentes plantaciones, todos unidos por el deseo de vivir libres o morir intentándolo.

Las casas eran boíos sencillos, construidos con madera y hojas de palma, dispuestos en semicírculo alrededor de una plaza central donde ardía permanentemente una fogata. María Juana fue recibida con cautela. Los cimarrones sabían que cualquier extraño podía ser un espía, un traidor enviado por los dueños de plantaciones para descubrir su ubicación.

Cipriano era un hombre de unos 50 años con el cabello completamente blanco y una mirada que parecía ver más allá de las apariencias. Cuando María Juana le dio el mensaje de domingo, su rostro se suavizó. Domingo, murmuró como si el nombre fuera una oración. No lo veo desde hace 15 años.

¿Cómo está, viejo? Respondió María Juana, cansado, pero todavía vivo, gracias a Dios. Cipriano asintió. Y tú, ¿por qué arriesgaste tu vida escapando? ¿Qué buscas aquí? María Juana le contó toda la historia. Yemayá, el nacimiento de Tomás, los 10 años ocultándolo, la llegada de doña Catalina, la venta del niño, su escape.

Habló durante horas con la voz entrecortada por la emoción, mientras Cipriano y otros cimarrones la escuchaban en silencio. Cuando terminó, hubo un largo silencio. Finalmente, Cipriano habló. Es una historia triste, hermana, pero aquí en el Palenque todos tenemos historias tristes.

La pregunta es, ¿qué piensas hacer ahora? Camagwei está lejos. Encontrar a un niño específico entre miles de esclavos será casi imposible. Y aunque lo encuentres, ¿cómo piensas liberarlo? María Juana bajó la cabeza. No tenía respuestas, solo tenía esperanza y determinación, pero empezaba a darse cuenta de que tal vez no serían suficientes.

Una mujer llamada Lucía se acercó y puso una mano sobre el hombro de María Juana. No estás sola dijo con voz suave. Aquí ayudamos a los que lo necesitan. Es nuestro deber como hermanos. Si decides ir a buscar a ese niño, algunos de nosotros iremos contigo. María Juana levantó la vista sorprendida. ¿Por qué harían eso por mí? Ni siquiera me conocen.

Lucía sonrió tristemente, porque todos hemos perdido algo, hijos, hermanos, padres. Y si podemos evitar que alguien más sufra esa pérdida, lo haremos. Las palabras de Lucía llenaron a María Juana de una gratitud que no podía expresar con palabras. Por primera vez en semanas sintió que no estaba completamente sola. Durante los días siguientes, María Juana se recuperó de su travesía.

Le dieron comida, curaron sus heridas, le proporcionaron ropa limpia. Mientras tanto, Cipriano y otros líderes del palenque planeaban, tenían contactos en diferentes regiones, cimarrones que vivían en otros palenques o que trabajaban como informantes en las plantaciones. Enviaron mensajes preguntando por Sebastián Núñez, el tratante de esclavos, y por cualquier información sobre un niño mestizo de 10 años vendido recientemente en la región de Camagüey. La respuesta tardó dos semanas en llegar, pero cuando lo hizo trajo buenas

y malas noticias. Tomás había sido vendido a una plantación de tabaco cerca de Puerto Príncipe, propiedad de un tal Don Ramón de Guevara. La buena noticia era que sabían dónde estaba. La mala noticia era que don Ramón era conocido por su brutalidad y por su obsesión con mantener control absoluto sobre sus esclavos.

Intentar rescatar a alguien de su plantación sería extremadamente peligroso. María Juana no vaciló. Iré de todos modos dijo con firmeza. No he llegado hasta aquí para rendirme ahora. Cipriano asintió. Lo sé. Y no irás sola. Yo te acompañaré junto con tres más. Manuel, Julián y Lucía. Conocemos los caminos.

Sabemos cómo movernos sin ser vistos, pero tendrás que hacer exactamente lo que te digamos, un solo error y todos moriremos. María Juana aceptó las condiciones sin dudarlo. Partiron al amanecer de un día de marzo, cuando la niebla aún cubría las montañas como un manto blanco. Viajaron durante semanas siguiendo senderos ocultos que solo los cimarrones conocían, evitando los caminos principales y los pueblos.

Dormían de día y caminaban de noche, alimentándose de lo que encontraban en el camino. Frutas, raíces, algún animal pequeño que lograban cazar. María Juana aprendió a moverse en silencio, a leer las señales de la naturaleza, a distinguir los sonidos peligrosos de los inofensivos. Era una educación brutal, pero necesaria.

Cuando finalmente llegaron a las cercanías de la plantación de Don Ramón, acamparon en un bosque cercano y observaron durante días. La plantación era más pequeña que el ingenio San Cristóbal, pero estaba bien vigilada. Había perros, guardias armados que patrullaban día y noche y un sistema de campanas que alertaban a todos en caso de problemas.

Los barracones de los esclavos estaban rodeados por una cerca alta y por las noches se cerraban con candados. Rescatar a Tomás de allí parecía imposible, pero María Juana no se rendiría. Necesitamos a alguien de adentro”, dijo Cipriano una noche mientras estudiaban el terreno. Alguien que pueda hablar con el niño, prepararlo para el rescate. “Yo iré”, dijo María Juana sin dudarlo. Los otros la miraron con sorpresa.

“Es demasiado peligroso”, protestó Manuel. “Si te reconocen, no me reconocerán”, interrumpió María Juana. Hace meses que escapé, he cambiado y nadie aquí me conoce. Puedo decir que soy una esclava vendida por otra plantación. Don Ramón siempre está comprando más esclavos para el trabajo del tabaco. Si logro que me compre, podré entrar sin sospechas.

El plan era arriesgado, pero era el único que tenían. Cipriano usó algunos contactos para organizar un falso documento de venta, haciéndola pasar por una esclava de una plantación ficticia del interior. Luego, María Juana se presentó ante el mayoral de don Ramón, ofreciéndose como mano de obra adicional.

El hombre la examinó con ojo crítico, viendo sus manos callosas y su espalda marcada por las cicatrices del látigo. “Sabes trabajar duro”, dijo finalmente. “Te necesitamos para la cosecha. Cinco pesos de oro, ni uno más.” El trato se cerró. María Juana era ahora oficialmente propiedad de don Ramón de Guevara. Los primeros días fueron una tortura de otro tipo.

Ver a los esclavos trabajando bajo el sol, escuchar los gritos de los capataces, sentir de nuevo el peso de las cadenas invisibles de la esclavitud, le revolvía el estómago. Pero se concentró en su misión. Preguntó discretamente por Tomás, fingiendo solo curiosidad casual. Finalmente, una de las mujeres le señaló a un grupo de niños que trabajaban limpiando las hojas de tabaco en un cobertizo. Allí estaba él, Tomás.

Había crecido, estaba más delgado, con la ropa rasgada y el rostro sucio, pero era él. María Juana sintió que el corazón se le salía del pecho. Esperó hasta la noche cuando los esclavos se reunían en los barracones. Se acercó a Tomás con cuidado, fingiendo buscar agua del barril común.

Tomás, susurró su nombre tan bajo que casi no se escuchó. El niño levantó la vista y al reconocerla sus ojos se abrieron de par en par. “Madre”, murmuró incrédulo. María Juana le puso un dedo sobre los labios. “Sh, no digas nada. Vine a buscarte. Vamos a sacarte de aquí, pero tienes que confiar en mí y hacer exactamente lo que te diga. Tomás asintió con lágrimas rodando por sus mejillas. Pensé que nunca te volvería a ver.

Yo también, susurró María Juana, abrazándolo brevemente, pero aquí estoy y esta vez nadie nos va a separar. Durante los días siguientes, María Juana y Tomás se comunicaban en secreto, planeando cada detalle del escape. Cipriano y los otros esperaban en el bosque, listos para actuar. La noche elegida fue la víspera de una festividad religiosa, cuando los guardias estarían más relajados y probablemente ebrios.

María Juana había conseguido una lima vieja con la que había estado trabajando en los barrotes de la ventana del barracón. Cuando llegó la hora, ella y Tomás escaparon por la ventana, deslizándose en la oscuridad, mientras los guardias bebían ron y cantaban canciones obscenas. Corrieron hacia el bosque donde Cipriano y los otros los esperaban con caballos robados.

Rápido, urgió Cipriano, las campanas sonarán pronto. Montaron y galoparon hacia las montañas con el viento azotándoles el rostro y el sonido de los perros de casa cada vez más cerca. Pero los cimarrones conocían el terreno mejor que nadie. Los llevaron por caminos secretos, por ríos que borraban su rastro, por cuevas ocultas, donde esperaron hasta que los perros perdieron el olfato.

Tres días después, exhaustos pero libres, llegaron de vuelta al palenque. María Juana abrazó a Tomás con todas sus fuerzas, sintiendo que finalmente, después de meses de sufrimiento, había cumplido su promesa. Habían sobrevivido, estaban juntos. Y aunque el futuro era incierto y peligroso, al menos ahora lo enfrentarían juntos como madre e hijo, unidos por un amor que ni la esclavitud, ni la crueldad, ni las leyes injustas de los hombres habían podido destruir.

Los meses que siguieron al rescate de Tomás fueron de adaptación y aprendizaje. El niño, que había pasado casi un año en la plantación de don Ramón, llegó al palenque marcado por experiencias que ningún niño debería sufrir. Había sido golpeado por negarse a trabajar lo suficientemente rápido. Había pasado hambre cuando las raciones eran escasas y había presenciado castigos brutales que le habían quitado parte de la inocencia que María Juana había intentado preservar durante sus primeros 10 años de vida.

Por las noches, Tomás despertaba gritando, sudando, reviviendo pesadillas de perros que lo perseguían y látigos que rasgaban el aire. María Juana lo mecía en sus brazos como cuando era pequeño, cantándole las mismas canciones en Yoruba, susurrándole que ahora estaban a salvo, que nadie volvería a hacerles daño.

Pero la seguridad era relativa. El palenque vivía bajo la constante amenaza de ser descubierto. Don Ramón había ofrecido una recompensa considerable por la captura de María, Juana y Tomás, y los rumores decían que había enviado cazadores profesionales a buscarlos. Los cimarrones reforzaron las defensas del palenque, colocando trampas en los caminos de acceso y estableciendo un sistema de vigilancia permanente.

Cada sombra, cada ruido inesperado podía ser una amenaza. La libertad, descubrió María Juana, no significaba ausencia de miedo. Solo significaba que ahora el miedo venía acompañado de esperanza. Tomás comenzó a integrarse lentamente en la vida del palenque. Los otros niños marrones, que nunca habían conocido la esclavitud o que apenas la recordaban, lo acogieron con curiosidad.

Al principio, Tomás se mantenía apartado, observando en silencio, incapaz de jugar o reír como ellos. Pero poco a poco, bajo el sol de las montañas y rodeado de gente que lo trataba como un igual, algo en él comenzó a sanar. Aprendió a cazar con Manuel, a pescar en los arroyos de montaña con Julián, a cultivar yuca y ñame con Lucía.

Aprendió también las historias de África que los ancianos contaban por las noches, las leyendas de los orillas que habían cruzado el océano en los corazones de los esclavos y que ahora vivían en los árboles, en las piedras, en el viento de las montañas. Una noche, mientras la comunidad se reunía alrededor de la fogata, Tomás hizo una pregunta que María Juana había temido desde el principio.

Madre, dijo en voz baja usando el título que ella nunca le había negado, aunque no compartieran sangre, quién era mi padre. El silencio que siguió fue profundo. Los otros cimarrones, que conocían la historia miraron a María Juana con compasión. Ella respiró hondo, eligiendo sus palabras con cuidado. “Tu padre era el amo de la plantación donde naciste”, dijo finalmente, “Un hombre llamado don Fernando de Alcántara. Tu madre era una esclava llamada Yemayá.

Ella murió poco después de que nacieras, pero antes de morir me pidió que te cuidara. Y eso es lo que he hecho, porque te quiero como si fueras mi propio hijo. Tomás procesó la información en silencio con la mirada fija en las llamas. Entonces soy el hijo de un amo y una esclava, dijo finalmente con voz neutra. ¿Qué soy yo? un esclavo, un amo.

Cipriano que estaba sentado cerca intervino. Eres lo que elijas ser, muchacho. Tu sangre no define quién eres. Tus acciones sí. Aquí en el palenque no importa de dónde vienes, importa hacia dónde vas. Las palabras del anciano parecieron calmar algo en Tomás. asintió lentamente y no volvió a preguntar sobre su padre durante mucho tiempo.

Pero María Juana sabía que la pregunta seguiría allí, latiendo bajo la superficie, esperando el momento de emerger nuevamente. Los años pasaron. Tomás se convirtió en un adolescente fuerte y capaz, respetado en el palenque por su inteligencia y su valor. A los 14 años participó en su primera expedición para rescatar a otros esclavos fugitivos, guiando a un grupo de cinco hombres y mujeres desde una plantación cercana hasta la seguridad de las montañas.

A los 16 había desarrollado una habilidad especial para leer y escribir, enseñado por un anciano cimarrón que había sido escribiente en una casa grande antes de escapar. Tomás devoraba cualquier papel escrito que llegaba al palenque, periódicos viejos, panfletos religiosos, incluso documentos legales robados.

A través de estas lecturas se enteró de los movimientos abolicionistas que estaban ganando fuerza en Europa y en algunas partes de las Américas, de las rebeliones de esclavos que habían triunfado en Haití, de las tensiones crecientes entre España y sus colonias. María Juana observaba su crecimiento con orgullo y preocupación.

Orgullo porque el niño que había rescatado se había convertido en un joven extraordinario. Preocupación porque veía en él una inquietud, un deseo de hacer algo más que simplemente sobrevivir en las montañas. Tomás quería cambiar el mundo, quería derribar el sistema que los había esclavizado. Era un deseo noble, pero también peligroso. Una noche, después de una discusión particularmente intensa en la asamblea del Palenque sobre si debían permanecer ocultos o tomar acciones más activas contra las plantaciones, Tomás fue a buscar a María Juana.

Madre, le dijo con la misma voz que había usado cuando era niño y tenía dudas, ¿crees que algún día seamos realmente libres? No solo escapados, sino libres de verdad. María Juana miró al joven que había criado, viendo en sus ojos verdes el reflejo de las preguntas que ella misma se había hecho toda su vida. “No lo sé, hijo”, respondió con honestidad.

Pero sé que cada día que vivimos según nuestras propias reglas, cada persona que rescatamos, cada momento que pasamos juntos sin cadenas, es un acto de libertad. Quizá no veamos el fin de la esclavitud en nuestra vida, pero otros lo verán y será en parte gracias a lo que nosotros hicimos. Tomás asintió, aunque en su expresión había algo más, algo que María Juana no pudo descifrar del todo.

Años después entendería que en ese momento Tomás había tomado una decisión que cambiaría el curso de sus vidas para siempre. Fue en 1802 cuando Tomás tenía 18 años que llegaron noticias alarmantes al palenque. El gobierno colonial, presionado por los dueños de plantaciones que estaban perdiendo cada vez más esclavos debido a las fugas, había organizado una campaña militar masiva para destruir todos los palenques de la región.

Columnas de soldados equipados con armas modernas y guiados por cazadores expertos estaban avanzando hacia las montañas. El palenque donde vivían María Juana y Tomás estaba en su ruta. Tenían que evacuar inmediatamente o enfrentar una masacre. La asamblea del palenque se reunió de emergencia.

Algunos proponían huir más hacia el interior, hacia zonas aún más remotas e inaccesibles. Otros querían quedarse y luchar, defender la tierra que habían cultivado y las casas que habían construido con sus propias manos. La discusión se volvió acalorada, las voces se alzaban, las emociones estaban a flor de piel. Fue entonces cuando Tomás se puso de pie y habló con una autoridad que nadie había esperado de alguien tan joven.

“Tengo una propuesta”, dijo, “una que podría salvarnos a todos. Todos se volvieron hacia él expectantes. Yo iré a negociar con ellos.” El silencio fue absoluto. Luego estalló el caos. “Eso es una locura”, gritó Manuel. “Te matarán en cuanto te vean.” No lo harán, respondió Tomás con calma. Porque yo no soy como ustedes.

Yo soy hijo de un español, de un ascendado. Mi piel es más clara. Mis ojos son verdes. Puedo hacerme pasar por un mensajero, un intermediario. Puedo convencerlos de que tenemos información valiosa que intercambiar, que conocemos la ubicación de otros palenques más grandes. Les daré información falsa, los enviaré en la dirección equivocada.

Y mientras tanto, ustedes evacuarán y encontrarán un lugar seguro. La propuesta era brillante y suicida al mismo tiempo. María Juana sintió que el corazón se le partía. No dijo con voz temblorosa, no puedes arriesgar tu vida así. Te he protegido durante todos estos años precisamente para que no terminaras en manos de gente como ellos. Tomás se acercó a ella y tomó sus manos entre las suyas.

Madre, dijo con ternura, has arriesgado tu vida por mí más veces de las que puedo contar. Has sacrificado todo por salvarme. Ahora déjame hacer esto por ti, por todos nosotros. Déjame ser el hombre que me enseñaste a ser. María Juana lo miró a los ojos. Esos ojos que había visto por primera vez cuando era un bebé recién nacido, cuando Yemayá acababa de morir y el futuro era un misterio aterrador.

Y en ese momento supo que no podía detenerlo. Tomás había crecido, se había convertido en alguien más grande que sus miedos, más grande que la esclavitud que había intentado definirlo. era libre de verdad, libre para elegir su propio destino, incluso si esa elección la destrozaba a ella.

Ve dijo finalmente con lágrimas rodando por sus mejillas, pero promete que volverás. Tomás sonrió, esa sonrisa que iluminaba su rostro y lo hacía parecer más joven de lo que era. “Lo prometo, madre, siempre vuelvo a ti.” La abrazó fuertemente y María Juana se aferró a él como si pudiera detener el tiempo, como si pudiera evitar que ese momento llegara.

Pero el tiempo cruel e implacable siguió su curso. Al día siguiente, Tomás partió hacia el campamento de los soldados, llevando solo una carta escrita en español perfecto y su coraje inquebrantable. María Juana lo vio alejarse, convirtiéndose en una figura cada vez más pequeña contra el horizonte de las montañas, y rezó a todos los dioses que conocía para que lo protegieran.

Porque si lo perdía ahora, después de todo lo que habían pasado, después de todos los sacrificios, sabía que algo en ella moriría también. Tomás llegó al campamento militar al atardecer del segundo día. Los soldados, sorprendidos por la aparición de un joven de piel clara que hablaba español con fluidez y que se presentaba como mensajero de uno de los palenques, no supieron inicialmente cómo reaccionar.

Algunos quisieron arrestarlo de inmediato, pero el capitán al mando, un hombre llamado don Álvaro de Rivera, ordenó que lo trajeran ante él primero. Tomás fue conducido a la tienda principal, donde don Álvaro lo examinó con ojos penetrantes. ¿Quién eres y qué quieres?, preguntó con voz autoritaria. Tomás mantuvo la compostura recordando las lecciones de dignidad que María Juana le había enseñado.

Me llamo Tomás, Señor. Vengo en representación de los palenques de estas montañas. Traigo una propuesta que puede beneficiar a ambas partes. Don Álvaro arqueó una ceja intrigado. Hablas bien para ser un cimarrón. ¿Dónde aprendiste español? Mi padre era español”, respondió Tomás eligiendo cuidadosamente sus palabras.

Aprendí en una casa grande antes de escapar. Era una verdad a medias, pero suficientemente convincente. Don Álvaro se reclinó en su silla estudiando al joven. “Muy bien, te escucho. ¿Qué propuesta traes?” Tomás desplegó el mapa mental que había preparado durante días. Los palenques están dispersos por toda la región.

Ustedes podrían pasar meses buscándolos sin encontrar más que dos o tres, pero yo conozco la ubicación de los principales asentamientos. Estoy dispuesto a compartir esa información a cambio de clemencia para mi gente. El capitán se inclinó hacia delante claramente interesado. ¿Y por qué habrías de traicionar a tu propia gente? Tomás había previsto la pregunta.

Porque estoy cansado de vivir como un fugitivo, Señor. Quiero una vida diferente y sé que esta guerra es imposible de ganar. Mejor negociar ahora términos favorables que esperar a ser masacrados. Don Álvaro consideró las palabras durante largos minutos. Finalmente asintió. Está bien.

Muéstrame en el mapa dónde están esos palenques. Si la información es correcta, hablaré con el gobernador sobre un posible acuerdo de clemencia. Tomás sacó un mapa tosco que había dibujado, marcando ubicaciones falsas en zonas remotas y prácticamente inaccesibles de las montañas. Mientras don Álvaro estudiaba el mapa, Tomás calculaba mentalmente cuánto tiempo tomaría a los soldados alcanzar esas ubicaciones, descubrir que estaban vacías y regresar.

Tres semanas, quizá cuatro. Tiempo suficiente para que el palenque real evacuara completamente. Durante los días siguientes, Tomás permaneció en el campamento como asesor, proporcionando detalles elaborados sobre las rutas, los sistemas de defensa inventados, las personalidades ficticias de los líderes cimarrones.

Don Álvaro, impresionado por su aparente conocimiento y cooperación, le otorgó cierta libertad de movimiento dentro del campamento. Tomás aprovechó cada oportunidad para observar, aprender sobre las estrategias militares, las debilidades en la organización del ejército, información que si sobrevivía podría ser valiosa para proteger otros palenques en el futuro.

Pero mientras los días pasaban, la culpa comenzó a roerlo por dentro. Estaba engañando a estos hombres, sí, pero algunos de los soldados rasos eran apenas muchachos de su edad, reclutados a la fuerza, tan atrapados en el sistema como los esclavos a los que perseguían. Una noche, un joven soldado llamado Pedro se sentó junto a él cerca de la fogata.

¿Es verdad que en los palenques viven como salvajes?”, preguntó con curiosidad genuina. Tomás lo miró viendo en sus ojos no malicia, sino simple ignorancia. “No, respondió honestamente. Viven como familias. Cultivan su comida, crían a sus hijos, celebran fiestas, entierran a sus muertos, viven como cualquier pueblo, solo que sin cadenas.

Pedro pareció sorprendido, pero el capitán dice que son peligrosos, que amenazan el orden de la colonia. El orden de la colonia se basa en la esclavitud de miles de personas, respondió Tomás con voz tranquila pero firme. ¿Qué tiene eso de orden justo? Pedro no supo que responder y se alejó en silencio.

Pero Tomás vio en su rostro el inicio de una duda, una grieta en la certeza que le habían enseñado. Al 1 decimotercer día, don Álvaro anunció que la expedición partiría al día siguiente hacia el primer palenque marcado en el mapa de Tomás. “Vendrás con nosotros”, le dijo, “para verificar que la información es correcta. Tomás sintió que el estómago se le hundía. No había previsto esto.

Si lo obligaban a acompañarlos, descubrirían el engaño mucho antes de lo planeado. Esa noche, mientras el campamento dormía, Tomás tomó la decisión más difícil de su vida. Tenía que escapar. Había cumplido su misión de desviar a los soldados y ganar tiempo. Ahora tenía que regresar con los suyos.

Se deslizó fuera de su tienda con el corazón martilleando en el pecho. Había estudiado los patrones de los guardias durante días. Sabía exactamente dónde estaban los puntos ciegos. Se movió como sombra entre las tiendas hacia el límite del campamento donde estaban amarrados los caballos. Casi lo logra. Estaba a punto de montar cuando una voz lo detuvo.

¿A dónde vas, Tomás? Se volvió y vio a Pedro, el joven soldado, observándolo con expresión indescifrable. Por un momento, ambos se miraron en silencio. Luego, para sorpresa de Tomás, Pedro se acercó y cortó las riendas que ataban al caballo. “Ve”, susurró. “Y que Dios te proteja. Yo diré que no vi nada. Tomás lo miró con gratitud profunda.

¿Por qué? Pedro sonrió tristemente, porque lo que dijiste la otra noche me hizo pensar. Y creo que tienes razón, esto no es justo. Tomás apretó su hombro brevemente, luego montó el caballo y cabalgó hacia la oscuridad con las alarmas sonando detrás de él cuando finalmente descubrieron su fuga. Tres días después, exhausto y hambriento, Tomás llegó al nuevo asentamiento donde el palenque se había reubicado.

María Juana, que había estado rezando día y noche por su regreso, corrió hacia él con un grito de alegría y alivio que resonó por toda la montaña. Lo abrazó con tanta fuerza que Tomás apenas podía respirar, llorando y riendo al mismo tiempo. Pensé que te había perdido, soyosaba. Pensé que nunca volverías. Te prometí que regresaría, madre”, respondió Tomás aferrándose a ella. “Y siempre cumplo mis promesas”.

Esa noche, mientras la comunidad celebraba su regreso y el éxito de la evacuación, Tomás le contó todo a María Juana. El engaño, las conversaciones con los soldados, el acto de bondad de Pedro. Ella escuchó en silencio con las manos de Tomás entre las suyas. Estoy orgullosa de ti”, dijo finalmente, “no solo porque fuiste valiente, sino porque fuiste compasivo, porque viste la humanidad incluso en aquellos que nos persiguen.” Tomás bajó la mirada.

No sé si hice lo correcto. Engañé a gente que tal vez no merecía ser engañada. “Hiciste lo necesario para salvar a tu familia”, respondió María Juana con firmeza. Y eso es lo que importa. Pero también plantaste una semilla de duda en ese joven soldado, quién sabe qué frutos dará en el futuro.

Sus palabras consolaron algo en Tomás, pero ambos sabían que la lucha estaba lejos de terminar. Los soldados eventualmente descubrirían el engaño y volverían con renovada furia. El palenque tendría que estar siempre alerta, siempre preparado para moverse. Los años que siguieron fueron de constante migración.

El palenque se movía cada 6 meses, estableciendo asentamientos temporales en zonas cada vez más remotas de las montañas. María Juana envejecía. Su cabello se volvió completamente blanco y sus manos, que habían cortado caña durante tantos años, ahora temblaban con artritis. Pero su espíritu permanecía inquebrantable.

Tomás, por su parte, se convirtió en uno de los líderes más respetados del palenque, conocido tanto por su valor como por su sabiduría. Organizó redes de rescate que liberaron a cientos de esclavos de diferentes plantaciones. Estableció contactos con otros palenques, creando una red de apoyo mutuo que fortaleció a todos.

Y siempre, siempre mantuvo a María Juan cerca, cuidándola como ella lo había cuidado a él durante tantos años. En 1815, cuando Tomás tenía 31 años y María Juana 63, llegaron noticias extraordinarias. En España, las cortes de Cádiz habían debatido sobre la abolición de la esclavitud. Aunque la medida no fue aprobada, el simple hecho de que se discutiera públicamente marcaba un cambio en los tiempos.

Las ideas de libertad e igualdad que habían incendiado Francia y provocado la independencia de Haití estaban extendiéndose por el mundo. Era solo cuestión de tiempo, decían algunos, antes de que el sistema completo de esclavitud colapsara. María Juana escuchaba estas noticias con una mezcla de esperanza y escepticismo.

Había vivido demasiado, visto demasiado como para creer que el cambio vendría fácilmente, pero también había visto cosas que nunca pensó posibles. Había escapado de la esclavitud, había rescatado a Tomás, había vivido libre durante más de una década. Una tarde de mayo, mientras el sol se ponía sobre las montañas, tiñiendo el cielo de naranja y púrpura, María Juana se sentó en su lugar favorito, una roca grande desde donde se podía ver todo el valle.

Tomás se sentó junto a ella como había hecho tantas veces a lo largo de los años. ¿En qué piensas, madre?, preguntó María Juana. sonríó con esa sonrisa cansada, pero serena, de quien ha vivido una vida plena a pesar de todo el sufrimiento. Pienso en el camino que hemos recorrido, hijo. Pienso en aquella noche cuando Yemayá murió y te tomé en mis brazos.

Pienso en todos los años que te oculté, protegiéndote con cada fibra de mi ser. Pienso en el día que escapé del ingenio San Cristóbal para buscarte. Pienso en este momento aquí contigo, libres bajo este cielo. Tomás tomó su mano arrugada y la apretó con ternura. Todo lo que soy, todo lo que he logrado es gracias a ti, dijo con voz emocionada, me diste vida cuando podría haber muerto.

Me diste amor cuando el mundo me ofrecía solo odio. Me diste esperanza cuando todo parecía perdido. Eres mi madre en todo el sentido que importa. María Juana sintió lágrimas rodando por sus mejillas, pero eran lágrimas de alegría, no de tristeza. Y tú eres mi hijo Tomás, mi mayor orgullo, mi razón para haber luchado tanto.

Se quedaron así, madre e hijo, mientras las estrellas comenzaban a aparecer en el cielo nocturno, puntos de luz en la oscuridad que prometían que incluso en las noches más largas el amanecer eventualmente llegaría. María Juana murió tres años después en paz, rodeada por la comunidad que tanto había amado con Tomás, sosteniendo su mano hasta el último suspiro.

Fue enterrada bajo una seiva, el mismo árbol sagrado bajo el cual habían enterrado a Yemayá tantos años atrás, completando un círculo que había comenzado con dolor, pero terminaba con dignidad y amor. Tomás continuó la lucha durante décadas más, viviendo lo suficiente para ver los primeros movimientos independentistas en Cuba, para ver cómo las ideas abolicionistas ganaban terreno, para plantar semillas de libertad que otros cosecharían.

Y cada día, hasta el fin de sus días visitaba la tumba de María Juana. le contaba sobre las victorias pequeñas y grandes y le agradecía por haberle dado no solo vida, sino razones para vivir. Porque la historia de María Juana no era solo la historia de una esclava que ocultó a un niño mestizo. la historia del amor más puro y desinteresado, del sacrificio que no pide nada a cambio, de la dignidad humana que ninguna cadena puede destruir.