En una colonia de Tijuana, donde la fe y la rutina tejían el día a día de familias trabajadoras, un mecánico callado y una esposa devota parecían sostener un matrimonio como tantos otros. Cansado, pero en pie, él, con las manos marcadas por la grasa del taller, ella, siempre arreglada los domingos, con la Biblia bajo el brazo y una sonrisa para la congregación.

Nadie imaginaba que detrás de los cánticos y las oraciones se escondía una traición que crecía en silencio, alimentada por consejerías que se alargaban más de la cuenta y mensajes nocturnos disfrazados de palabras bíblicas. Cuando la verdad salió a la luz, no lo hizo en la calle ni en la casa, sino en el lugar que ella consideraba más sagrado, el templo.

Y lo que comenzó como un descubrimiento devastador terminó en disparos. sirenas y un cuerpo cubierto con una sábana blanca siendo sacado de la iglesia. Esta es la historia de Luis, Rosa y el pastor Samuel, una historia de fe, mentiras y muerte. Luis y Rosa se conocieron a finales de los años 2000, cuando ambos eran apenas unos chavos recién llegados a Tijuana con la esperanza de conseguir chamba en alguna maquila de la zona industrial.

Él venía de un pueblito de Sinaloa buscando algo mejor que las cosechas y el calor seco. Ella de Oaxaca, huyendo de la pobreza y de un padre que bebía más de lo que trabajaba. Se encontraron en la línea de producción turnos pesados de 10 horas armando arneses para autos que nunca iban a manejar. compartían el cansancio, las risas nerviosas durante los descansos de 15 minutos y los sueños ingenuos de juntar para algo propio, una casita, un changarro, un taller.

Al año ya vivían juntos en un cuartito rentado cerca de la avenida Insurgentes, durmiendo en un colchón en el piso y cocinando en una parrilla eléctrica. No tenían casi nada, pero se tenían el uno al otro y eso parecía suficiente. Cuando nació el primer hijo, Rosa dejó la máquina. No fue decisión fácil, pero los turnos nocturnos y un bebé recién nacido no combinaban.

Luis asumió el papel de único proveedor y consiguió jale en un taller mecánico de la colonia. Un changarro de dos naves con piso de concreto manchado de aceite, donde arreglaban desde tsurus viejos hasta pickups que cruzaban la frontera todos los días. El dueño del taller, don Refugio, era un señor mayor que le enseñó todo lo que sabía sobre frenos, suspensiones y motores descompuestos.

Luis aprendió rápido, se ganó la confianza y con el tiempo hasta le dejaban cerrar solo cuando había guardia nocturna. El trabajo era duro, las manos siempre sucias, pero pagaba las tortillas y la renta de una casita de interés social que lograron comprar con un crédito de Infonavit. Era una casa chiquita de blog pintado de blanco con dos recámaras, un patio de 3 por TR y rejas en las ventanas.

No era gran cosa, pero era de ellos. Para cuando nació el segundo hijo, la rutina ya estaba definida. Luis salía todos los días a las 7 de la mañana. Regresaba al anochecer oliendo a gasolina y metal. cenaba lo que Rosa le dejaba tapado en la estufa y se quedaba dormido frente a la tele.

Rosa se dedicaba a los niños a las compras en el mercado sobre ruedas, a lavar y tender ropa en el patio. Los fines de semana él prefería descansar o ver el fútbol con una cerveza. Ella empezó a buscar algo más. Así fue como llegó a la Iglesia Cristiana de la Colonia, un templo pequeño de fachada rosa con una cruz blanca en el techo ubicado a tres cuadras de la casa.

Al principio iba sola los domingos dejando a Luis con los niños. Luego se ofreció para el coro, para organizar las comidas después del culto, para limpiar las bancas y barrer el piso. La iglesia se convirtió en su refugio, en el lugar donde se sentía vista, valorada, parte de algo más grande. Las hermanas la abrazaban. El pastor Samuel la saludaba con una sonrisa cálida y le decía que era una bendición para la congregación.

Luis nunca fue de iglesias. Creía en Dios a su manera, pero no le gustaban los cultos largos ni los cánticos repetitivos. Prefería quedarse en casa arreglando algo de la pickup o viendo la tele. Rosa no le insistía demasiado. Sabía que era un hombre bueno, trabajador, callado. Lo que sí notaba con el paso de los meses era que él ya casi no la miraba como antes.

Las conversaciones se reducían a temas prácticos. ¿Cuánto quedaba de la quincena? Si había que llevar al niño al doctor, si ya apagaron la luz. La intimidad se enfrió. Dormían en la misma cama, pero cada vez más lejos, cada uno pegado a su orilla. Rosa se desahogaba con las hermanas de la iglesia que le decían que era normal, que todos los matrimonios pasaban por crisis, que había que orar. Y ella oraba.

oraba para que las cosas mejoraran, para que Luis volviera a verla, para que la familia no se rompiera. Lo que no sabía era que en esas mismas oraciones estaba sembrando sin querer la semilla de su propia caída. El pastor Samuel era un hombre de42 años, divorciado hacía tiempo, que lideraba la pequeña congregación con carisma y cercanía.

Siempre vestía camisa y corbata, incluso en los ensayos de mitad de semana. tenía facilidad para las palabras. Sabía cuándo abrazar, cuándo aconsejar, cuándo quedarse callado y solo asentir. Era respetado en la colonia. Cuando alguien tenía problemas, llamaban al pastor Samuel. Cuando había que organizar una colecta para una familia necesitada, él movía cielo y tierra. Rosa lo admiraba.

Lo veía como un hombre de Dios, alguien que podía entender lo que ella sentía porque él también había sufrido. Un día, después de un culto dominical, Rosa se quedó ayudando a acomodar sillas. Samuel se acercó y le preguntó cómo estaba. Si todo bien en casa. Ella, sin pensarlo mucho, soltó un suspiro y dijo que a veces se sentía sola, aunque estuviera rodeada.

Él le puso una mano en el hombro y le dijo que podía contar con él, que para eso estaba, para escuchar y para orar. Ese gesto tan simple, tan lleno de compasión aparente, fue el principio de todo. Las conversaciones entre Rosa y el pastor Samuel empezaron a volverse más frecuentes. Al principio eran charlas después del culto, mientras recogían himnarios o apagaban las luces del templo.

Luego se extendieron a mensajes de texto. Él le mandaba versículos bíblicos en las noches acompañados de frases como, “Pensé en ti al leer esto. Oh, Dios te tiene en sus planes, hermana.” Rosa contestaba agradecida, sintiéndose comprendida, valorada. Luis nunca preguntaba con quién hablaba tanto por el celular. Asumía que eran las amigas de la iglesia y en parte así era.

Pero los mensajes de Samuel se fueron haciendo más personales, más íntimos. más constantes. Le preguntaba cómo había dormido, si ya había desayunado, qué sentía cuando oraba. Poco a poco, sin que ella se diera cuenta del todo, la línea entre consejería espiritual y coqueteo comenzó a desdibujarse. Una tarde de miércoles, Rosa llegó al templo para un ensayo del coro.

Solo estaban ella y otras dos hermanas. Pero el pastor les avisó que ese día no habría ensayo porque tenía que atender un asunto familiar. Las demás se fueron, pero Rosa se quedó unos minutos más arreglando unos cancioneros. Samuel salió de su pequeño despacho al fondo del templo y se sorprendió al verla todavía ahí.

Le preguntó si todo estaba bien. Ella le confesó que a veces le costaba volver a casa, que sentía que ahí nadie la necesitaba, que Luis llegaba cansado y apenas le dirigía la palabra. Samuel la escuchó con atención. Sentado en una de las bancas. y al final le dijo que ella merecía ser vista, ser escuchada, ser amada como Dios la amaba.

Se acercó y le dio un abrazo. Fue un abrazo largo, demasiado largo, y cuando se separaron, sus miradas se sostuvieron unos segundos de más. Ninguno dijo nada, pero ambos sintieron que algo había cambiado. A partir de esa tarde, los encuentros a solas se volvieron más frecuentes. Rosa empezó a inventar excuses para quedarse después de los cultos, que tenía que limpiar, que había que revisar las ofrendas, que el piano estaba desafinado.

Samuel también encontraba razones para estar ahí solo con ella. Hablaban de todo, de sus vidas, de sus decepciones, de lo difícil que era sostener un matrimonio cuando la pasión se apagaba. Él le contaba de su divorcio, de cómo su exesposa lo había dejado por otro hombre, de cómo había jurado no volver a enamorarse. Ella le hablaba de Luis, de cómo lo admiraba como trabajador, pero de cómo se sentía invisible a su lado.

Las conversaciones derivaban en silencios cómplices, en roces de manos al pasar una Biblia, en miradas que decían más que 1000 palabras. Una noche, después de un culto especial de oración, cuando ya todos se habían ido, Samuel tomó la mano de Rosa y le dijo que no podía dejar de pensar en ella.

Ella, en lugar de apartarse, apretó esa mano y susurró que ella tampoco podía sacarlo de su mente. El primer beso ocurrió en el templo, frente al púlpito, bajo la luz tenue de las lámparas que colgaban del techo. Fue un beso ansioso, culpable, desesperado. Ambos sabían que estaban cruzando una línea que no debían cruzar, pero en ese momento nada más importaba.

Se separaron jadeando con los ojos llenos de lágrimas. Rosa dijo que eso estaba mal, que ella era casada, que él era pastor. Samuel le respondió que a veces Dios ponía a las personas en el camino del otro por una razón, que quizás esto era una prueba o quizás era una respuesta. Ella no supo qué contestar. Solo sabía que por primera vez en años se sentía viva, deseada, importante.

Esa noche volvió a casa más tarde de lo normal. Luis estaba dormido en el sillón con la tele prendida. Rosa pasó de largo, se metió al baño y lloró en silencio, con el celular vibrando en su bolsillo con un mensaje del pastor que decía, “No te arrepientas. Lo que sentimos es real.

En las semanassiguientes, la relación entre Rosa y Samuel dejó de ser solo emocional y se volvió física. Se veían en horarios donde sabían que nadie más estaría en la iglesia. Miércoles por la tarde, sábados temprano, domingos en la noche después del culto. Se besaban entre las bancas, se abrazaban en el pequeño despacho, se decían cosas que jamás habían dicho a nadie.

La traición se consumaba en el mismo lugar donde Rosa cantaba alabanzas. donde se arrodillaba a orar, donde llevaba a sus hijos los domingos. La ironía era brutal, pero en ese momento ninguno de los dos podía verla. Estaban atrapados en una burbuja de deseo, culpa y justificaciones. Samuel le decía que Dios entendía que el amor verdadero no era pecado.

Rosa quería creerle, necesitaba creerle porque la alternativa era aceptar que estaba destruyendo su familia y traicionando todo en lo que decía creer. Luis, mientras tanto, no sospechaba nada, o al menos eso parecía. seguía con su rutina. Taller, casa, taller, casa. Los fines de semana se quedaba viendo el fútbol o arreglando algo de la pickup.

Rosa salía cada vez más seguido, siempre con la misma excusa. La iglesia, ensayo del coro, reunión de mujeres, limpieza del templo, consejería, oración. Luis no cuestionaba porque Rosa siempre había sido así, entregada a la congregación. Pero algo en él empezó a cambiar. Pequeños detalles que antes ignoraba ahora llamaban su atención.

El perfume que se ponía solo para ir al templo, la sonrisa que traía cuando volvía, el celular que protegía como si fuera oro. Una noche, mientras ella se bañaba, el teléfono vibró sobre la mesa. Luis lo vio de reojo. Era un mensaje. No alcanzó a leer el contenido, pero vio el nombre. Pastor Samuel.

El mensaje decía algo sobre extrañarte y un emoji de corazón. Luis sintió un hueco en el estómago, pero no dijo nada. Todavía no. todavía no estaba listo para enfrentar lo que esa pantalla estaba insinuando. Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad estado nos estás viendo.

Los días siguientes fueron extraños para Luis. Seguía yendo al taller, ajustando frenos y cambiando aceite, pero su mente estaba en otra parte. Ese mensaje que había visto de reojo no lo dejaba en paz. extrañarte y un corazón. ¿Qué clase de pastor le mandaba eso a una mujer casada? Intentó convencerse de que estaba exagerando, que las iglesias ahora eran así, más cálidas, más expresivas, pero algo en su instinto le decía que no era normal. Empezó a observar más.

Notó que Rosa ya no le platicaba tanto de la iglesia como antes. Antes llegaba contándole quién había faltado, qué se había cantado, qué había dicho el pastor en la prédica. Ahora solo decía, “Estuvo bien” y se metía a la recámara a cambiarse. También notó que su celular casi nunca estaba a la vista.

lo cargaba en el baño, lo llevaba consigo cuando iba al patio a atender, lo ponía boca abajo en la mesa. Una tarde de sábado, Luis tuvo que pasar frente a la iglesia porque iba a comprar un repuesto en una refaccionaria cercana. Eran como las 5 de la tarde, no había culto programado, pero vio la camioneta del pastor estacionada a un costado del templo.

Le pareció raro, pero siguió su camino. De regreso, media hora después, la camioneta seguía ahí. Las luces del templo estaban encendidas, apenas se veía movimiento adentro. Luis estacionó su pickup del otro lado de la calle y se quedó unos minutos observando. No sabía bien qué estaba haciendo, pero algo lo empujaba a quedarse. Pasaron 10 minutos, 15, 20.

Finalmente, la puerta lateral del templo se abrió y salieron dos figuras, el pastor Samuel y Rosa. Caminaban juntos hablando en voz baja, riendo. Samuel puso una mano en la espalda baja de ella, un gesto demasiado familiar, demasiado cómodo. Rosa subió a la camioneta y el pastor la llevó unas cuadras más adelante hasta dejarla en la esquina de la avenida desde donde ella podía caminar a la casa.

Luis vio todo. Sintió que la sangre se le subía a la cabeza, que las manos le temblaban sobre el volante. No arrancó la pickup, solo se quedó ahí respirando hondo, tratando de procesar lo que acababa de presenciar. ¿Por qué Rosa no había llegado caminando desde la iglesia como siempre? ¿Por qué el pastor la había traído en su camioneta? ¿Y por qué nadie más había salido del templo? Esa noche, cuando Rosa llegó a casa como si nada, Luis no dijo nada.

Cenaron en silencio. Ella intentó platicar sobre los niños, sobre que había que pagar la colegiatura, sobre descompuesto la lavadora. Él solo asentía con la mirada fija en el plato. Rosa le preguntó si se sentía bien. Luis dijo que estaba cansado nada más, pero por dentro estaba hirviendo. Se metió a la cama temprano, fingiendo dormir mientras escuchaba a Rosa moverse por la casa, lavando los trastes, alistando las mochilas de los niños,hablando en voz baja por teléfono con alguien.

Al día siguiente, domingo, Rosa se arregló como siempre para ir al culto. Luis, que casi nunca iba, le dijo que ese día los acompañaría. Rosa se sorprendió, pero no pudo negarse sin levantar sospechas. Los niños se pusieron felices. Querían que su papá los viera en la escuela dominical. Llegaron al templo y se sentaron en una de las bancas de en medio.

El pastor Samuel subió al púlpito, saludó a la congregación con su sonrisa. habitual dio gracias a Dios por un nuevo día. Sus ojos recorrieron las bancas y se detuvieron un segundo de más en Rosa. Luis lo notó. También notó que Rosa bajó la mirada que se acomodó el cabello nerviosamente. Durante todo el culto, Luis observó. Observó como el pastor predicaba con pasión, cómo movía las manos, cómo citaba versículos de memoria.

Observó como Rosa cantaba los cánticos con los ojos cerrados. como levantaba las manos al cielo, como parecía estar en otro mundo. Y observó sobre todo como al final del culto el pastor se acercó a saludar a las familias y cuando llegó con ellos le estrechó la mano a Luis con fuerza y le dijo que era un honor tenerlo ahí, que la familia estaba completa, que Dios bendecía los hogares unidos.

Luis apretó la mano del pastor con más fuerza de la necesaria, sosteniéndole la mirada. Samuel sonrió, pero algo en sus ojos delató incomodidad. Rosa intervino rápido, diciendo que tenía que llevar a los niños al baño y se llevó a Luis de ahí. En el camino de regreso a casa, Luis manejó en silencio. Los niños iban jugando en el asiento de atrás.

Rosa intentó romper el hielo preguntándole qué le había parecido el culto. Luis solo dijo, “Interesante.” Ella no insistió. Esa tarde, después de comer, Rosa recibió un mensaje. Luis estaba en el patio, pero alcanzó a ver cómo ella revisaba el teléfono y sonreía. Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero para Luis fue como un puñal.

Esa noche, cuando todos dormían, Luis se quedó despierto en la sala con la tele apagada, mirando al techo, preguntándose hasta dónde llegaba lo que estaba pasando entre su esposa y ese hombre. Los siguientes días fueron insoportables. Luis empezó a inventar excusas para salir temprano del taller, solo para pasar frente a la iglesia y ver si estaba la camioneta del pastor.

A veces sí, a veces no. Cuando sí estaba, se quedaba vigilando desde lejos, esperando ver a Rosa entrar o salir. Una tarde la vio llegar caminando, saludar a alguien en la puerta y entrar. Luis esperó, pasó una hora, dos horas. Finalmente salió, pero no sola. Salió con el pastor. Caminaron hasta la camioneta, subieron y se fueron.

Luis lo siguió desde lejos, manteniéndose a distancia prudente. La camioneta se detuvo en un oxo. Entraron juntos, compraron algo, salieron riendo. Luego el pastor la llevó de vuelta a la colonia, la dejó en la misma esquina de siempre. Luis sintió que algo dentro de él se rompía. Ya no era solo sospecha, ya era certeza.

Pero todavía necesitaba verlo con sus propios ojos, sin margen de duda, sin espacio para excusas. Esa noche, Luis llegó a casa más tarde que de costumbre. Rosa ya había acostado a los niños y estaba viendo la tele en la sala. Le preguntó dónde había estado. Él dijo que tuvo que quedarse hasta tarde en el taller, que habían llegado dos carros de emergencia.

Ella no cuestionó. Luis se sentó a su lado en el sillón con las manos entrelazadas, la mandíbula apretada. Rosa notó la tensión, pero no dijo nada. Se quedaron ahí, uno al lado del otro, viendo la pantalla sin realmente ver nada, cada uno encerrado en su propio mundo, uno de culpa y otro de furia contenida. Afuera, la noche de Tijuana seguía su curso.

Patrullas pasando, música a lo lejos, perros ladrando. Pero adentro de esa casita de interés social, el silencio era ensordecedor. Luis sabía que tenía que hacer algo, pero todavía no sabía qué. Lo único que sabía era que no podía seguir así, viviendo en una mentira, siendo el asme reír del barrio, el marido cornudo que ni siquiera se da cuenta.

Esa idea lo carcomía por dentro, lenta pero constante, como óxido en metal. La oportunidad de confirmar todo llegó unos días después, en una noche de martes. Rosa le avisó a Luis que habría un ensayo especial del coro, que regresaría como a las 9:30. Él asintió sin decir nada, pero ya había tomado una decisión. Esa noche no iba a quedarse en casa esperando.

No iba a conformarse con imaginar qué estaba pasando. Iba a ir al templo y lo iba a ver con sus propios ojos. Dejó pasar una hora desde que Rosa salió. Luego le dijo a la vecina que cuidara a los niños un rato porque tenía que salir. La señora, que conocía a la familia desde hacía años, aceptó sin problema. Luis subió a su pickup y manejó despacio hacia la iglesia con el corazón golpeándole el pecho.

Cuando llegó, todo parecía normal. Había algunas camionetasestacionadas frente al templo. Las luces estaban encendidas, se escuchaba música adentro. Luis estacionó media cuadra más adelante y caminó de regreso. Se acercó con cuidado, pegándose a la pared lateral del edificio, donde sabía que había una puerta que a veces quedaba sin seguro porque la usaban para sacar la basura.

Probó el picaporte, estaba abierto. Entró despacio sin hacer ruido y se quedó parado en la penumbra del fondo del templo, detrás de las últimas bancas, oculto entre las sombras. Desde ahí podía ver el frente sin ser visto. El coro estaba ensayando unas seis o siete personas, entre ellas Rosa. El pastor Samuel dirigía desde el frente marcando el ritmo con las manos.

Todo parecía normal, inocente, como cualquier ensayo de iglesia. Luis se quedó ahí, inmóvil esperando. El ensayo terminó como a las 9. Las personas empezaron a despedirse, a recoger sus cosas. a salir del templo. Una por una fueron saliendo hasta que solo quedaron tres, el pastor Rosa y otra hermana mayor que ayudaba a organizar los himnarios.

La señora se despidió y salió también. Ahora solo quedaban dos. Luis sintió que el aire se le atoraba en la garganta. El pastor cerró la puerta principal por dentro, echó el pasador. Rosa no se movió de su lugar, sentada en una de las bancas del frente. Samuel caminó hacia ella, se sentó a su lado, más cerca de lo necesario. Luis apretó los puños.

Desde su posición, a contraluz de las lámparas del techo, podía ver las siluetas, los movimientos, pero no los detalles de los rostros. No necesitaba verlos. Lo que estaba viendo era suficiente. El pastor puso una mano sobre la pierna de Rosa. Ella no se apartó. Inclinó la cabeza hacia él.

Se quedaron así hablando en voz baja, casi susurrando. Luis no podía escuchar las palabras, pero no hacía falta. El lenguaje corporal lo decía todo. Luego, Samuel se inclinó más y la besó. Fue un beso lento, largo, sin prisa. Rosa levantó una mano y la puso en la nuca de él. Luis sintió que todo a su alrededor desaparecía. El mundo se redujo a esa imagen.

Su esposa, la madre de sus hijos, la mujer con la que llevaba más de 10 años besándose con otro hombre en el altar de una iglesia. La rabia le subió como una ola caliente y ciega. Quiso gritar, quiso correr hacia ellos, quiso agarrar al pastor por el cuello y estrellarlo contra el púlpito, pero algo lo detuvo.

Quizás fue el miedo, quizás fue la sorpresa, quizás fue que su cuerpo simplemente se congeló. No lo supo. Solo supo que dio media vuelta y salió por la misma puerta por la que había entrado sin hacer ruido, sin ser visto. Caminó de vuelta a su pickup como si estuviera en piloto automático. Se subió.

cerró la puerta y se quedó ahí con las manos en el volante, respirando entrecortado. Las imágenes se repetían en su cabeza una y otra vez. El beso, las manos, la confianza con la que se tocaban, como si lo hubieran hecho mil veces antes. Sintió náuseas. Bajó de la pickup y vomitó en la banqueta.

Luego se limpió la boca con la manga y volvió a subir. No arrancó. se quedó ahí viendo la fachada del templo a lo lejos con la cruz blanca iluminada en el techo. Esa cruz que se suponía representaba perdón, amor, salvación. Luis ya no sabía en qué creer. Lo único que sabía era que su vida acababa de romperse en mil pedazos y que no tenía idea de cómo recogerlos.

Como 20 minutos después, la puerta del templo se abrió. Salió el pastor, luego Rosa. Se despidieron en la puerta, un abrazo largo y cada quien se fue por su lado. Rosa caminó hacia la casa. Luis esperó a que ella doblara la esquina y luego arrancó la pickup. Dio la vuelta larga. Llegó a la casa antes que ella.

Cuando Rosa entró, lo encontró sentado en la sala con la tele apagada en penumbra. le preguntó si estaba bien. Él dijo que sí, que solo estaba cansado. Ella se metió a bañar. Luis se quedó ahí mirando la pared con una sola idea, dándole vueltas en la cabeza. Esto no podía seguir así. Algo tenía que pasar. Algo tenía que romperse de una vez por todas, porque vivir en esa mentira, en esa humillación era peor que cualquier otra cosa.

Los siguientes dos días, Luis apenas le dirigió la palabra a Rosa. Ella notó el cambio, pero no dijo nada. Quizás pensó que era el cansancio, que era el estrés del trabajo. Luis siguió yendo al taller, pero su mente estaba en otra parte. pensaba en el pastor, en Rosa, en cómo habían logrado engañarlo por quién sabe cuánto tiempo.

Pensaba en los vecinos, en si todos ya lo sabían, en si se reían de él a sus espaldas. Esa idea lo consumía. Una tarde, uno de los mecánicos del taller, un compa con el que a veces se tomaba una cerveza después de la chamba, le preguntó si todo viene en casa. Luis dijo que sí. El compa insistió.

Le dijo que lo veía muy apagado. Luis solo dijo que tenía cosas en la cabeza. El compa se quedó callado un momento y luego soltó casi sin querer. Oye, no es por meterme, pero elotro día vi a tu vieja subirse a la troca del pastor ese de la iglesia. Nada más te lo digo, compa, por si no sabías. Luis sintió que se le helaba la sangre, agradeció con un gesto seco y se fue al baño.

Se encerró, se mojó la cara, se vio al espejo, los ojos enrojecidos, la barba de varios días, las ojeras, ya no se reconocía. Esa misma noche, Luis tomó una decisión. No iba a seguir así. No iba a quedarse de brazos cruzados viendo cómo destrozaban su vida, pero tampoco sabía bien qué hacer. No era hombre de escándalos, no era de los que armaban pleitos en público.

Siempre había sido callado, trabajador, de aguantar, pero esto ya no se podía aguantar. Pensó en hablar con Rosa, en confrontarla, en sacar todo. Pero, ¿de qué serviría? Ella iba a negar, iba a llorar, iba a decir que estaba loco, o peor, iba a admitirlo y le iba a decir que ya no lo quería, que el pastor era mejor hombre, que se iba a ir con él.

Luis no estaba listo para escuchar eso. Pensó en ir a golpear al pastor, en esperarlo afuera de la iglesia y partirle la cara, pero eso solo lo iba a meter en problemas. Y además, ¿de qué servía pegarle si Rosa lo seguía buscando? El problema no era solo el pastor, el problema era que su esposa había decidido traicionarlo, había elegido a otro, lo había convertido en el asmerreír del barrio.

Durante esos días, Luis empezó a recordar algo que le había dicho un vecino meses atrás. El vecino, don Chuy, era un señor mayor que vivía en la misma cuadra y que tenía fama de haber sido pesado en su juventud. Una tarde, mientras tomaban una cerveza en el portón del taller, Don Chuy le había ofrecido comprarle una pistola vieja que tenía guardada.

Por si algún día la necesitas, compa. Uno nunca sabe con tanta lacra que anda suelta. Luis había dicho que no, que él no andaba en esas, pero ahora con la cabeza en otro lado, empezó a pensar en esa pistola. No sabía bien para qué. No tenía un plan claro, solo sabía que quería tenerla por si acaso.

Al día siguiente buscó a Don Chuy y le preguntó si todavía tenía el arma. Don Chuy le dijo que sí, que se la vendía barata con unas cuantas balas. Luis le dio el dinero y se llevó la pistola envuelta en un trapo viejo. La guardó en un cajón del taller debajo de herramientas y latas de aceite. Los días pasaron lentos. Luis seguía con su rutina, pero todo se sentía irreal, como si estuviera viendo su propia vida desde afuera.

Rosa seguía saliendo a la iglesia cada vez con más frecuencia. Reunión de mujeres, ensayo extra, limpieza del templo. Luis ya no le creía nada, pero tampoco decía nada. Solo observaba, esperaba, alimentaba la rabia que crecía dentro de él como un tumor. Una noche, Rosa le avisó que el viernes habría un ensayo especial del coro, que iban a preparar canciones para una campaña de avivamiento.

Luis asintió, pero en su cabeza algo se acomodó. Ese viernes iba a ser el día. Ese viernes iba a terminar todo de una forma u otra. No sabía exactamente cómo, pero sabía que no iba a quedarse con los brazos cruzados otra vez. El viernes en la mañana, Luis llegó al taller como siempre.

Don Refugio le preguntó si se iba a quedar hasta tarde porque había un carro con problemas de transmisión. Luis dijo que no, que ese día tenía que salir temprano. Don Refugio no preguntó más. A eso de las 6 de la tarde, Luis cerró el taller, agarró la pistola del cajón donde la tenía escondida. La revisó, la cargó con las balas que le había dado Don Chuy y la metió entre la cintura del pantalón tapada por la camisa de mezclilla.

Subió a su pickup y manejó a casa. Rosa ya estaba lista, arreglada para salir. Le dijo que regresaba como a las 10. Él le dijo que no había problema, que él se quedaba con los niños. Ella le dio un beso en la mejilla, agarró su bolsa y salió. Luis la vio irse caminando por la calle con su Biblia en la mano como siempre. Cuando la perdió de vista, respiró hondo.

Dejó pasar media hora, le pidió a la vecina que cuidara a los niños un rato y salió rumbo a la iglesia. Esta vez no iba a esconderse. Esta vez no iba a quedarse viendo desde las sombras. Esta vez iba a entrar y a poner las cosas en claro. Llegó al templo como a las 8:30 de la noche. Ya casi no había carros estacionados afuera. Las luces interiores seguían encendidas.

Luis se estacionó en la misma esquina de siempre y caminó hacia el templo. La puerta principal estaba cerrada, pero la lateral, la que usaban para la basura, seguía sin seguro. Empujó despacio y entró. El templo estaba casi vacío. Solo se veían al frente, cerca del púlpito, dos figuras. El pastor Samuel y Rosa estaban sentados en una banca muy juntos hablando en voz baja.

La escena era casi idéntica a la de aquella noche. Luis sintió que todo su cuerpo se tensaba. Empezó a caminar por el pasillo central sin hacer esfuerzo por ocultarse. Sus pasos resonaban en el piso de cemento. El pastor y Rosa voltearon al mismotiempo. La expresión en sus rostros fue de sorpresa, luego de confusión, luego de miedo.

Luis siguió avanzando con la mandíbula apretada, las manos a los costados. Rosa se puso de pie nerviosa. Luis, ¿qué haces aquí? Él no contestó, siguió caminando hasta quedar a unos metros de ellos. El pastor Samuel también se levantó intentando componer una sonrisa. Hermano Luis, ¿qué sorpresa? ¿Pasó algo? ¿Está todo bien en casa? Luis lo miró fijamente sin parpadear. ¡Cállate! Ya sé todo.

Rosa dio un paso atrás con los ojos muy abiertos. Luis, no sé de qué hablas. Él soltó una risa amarga. No sabes, en serio me vas a salir con eso vi, los he visto. Sé lo que andan haciendo aquí en este lugar que se supone es sagrado. El pastor levantó las manos en gesto conciliador. Hermano, creo que hay un malentendido.

Podemos hablar, podemos aclarar todo. Luis dio un paso más cerca. No hay nada que aclarar. Te estás acostando con mi esposa y tú. volteó hacia Rosa. Me has estado viendo la cara de durante quién sabe cuánto tiempo. Rosa empezó a llorar. Luis, por favor, no es lo que piensas. Él sintió que la rabia le explotaba por dentro, que no es lo que pienso.

Los vi besándose aquí mismo, frente al altar y quién sabe cuántas veces más lo han hecho. El pastor intentó acercarse. Hermano, sé que esto duele, pero la violencia no es el camino. Dios nos llama al perdón, a la reconciliación. Luis lo miró con desprecio. Me vas a hablar de Dios. Tú que te aprovechaste de mi esposa, que te metiste en mi familia, que me hiciste quedar como un idiota frente a todo el barrio? Samuel bajó las manos y algo en su tono cambió.

Ya no era el pastor comprensivo. Ahora había un dejo de irritación. Tu esposa vino a mí porque estaba sola, porque tú nunca estabas, porque la tenías abandonada. Luis sintió que esas palabras eran el golpe final. Sin pensarlo, metió la mano bajo la camisa y sacó la pistola. El ambiente dentro del templo cambió en un segundo.

El pastor Samuel se quedó congelado con los ojos fijos en el arma. Rosa gritó tapándose la boca con las manos. Luis sostenía la pistola con la mano derecha apuntando al piso, pero todos sabían que en cualquier momento podía levantarla. Su respiración era agitada. El pecho le subía y bajaba como si acabara de correr kilómetros.

“Luis, por favor, guarda eso”, dijo Rosa con la voz quebrada dando un paso hacia él. “No te acerques”, le ordenó Luis y ella se detuvo en seco. El pastor intentó recuperar la compostura, levantando las manos de nuevo. “Hermano, piénsalo bien. No hagas algo de lo que te vas a arrepentir. Piensa en tus hijos.

Piensa en tu familia. Luis soltó una carcajada sin humor. Ahora te preocupas por mi familia. Ahora sí. Cuando te estabas revolcando con mi esposa, ¿no pensaste en mis hijos? Samuel tragó saliva buscando las palabras correctas. Sé que cometí un error. Sé que esto está mal, pero matarme no va a arreglar nada.

Solo va a destruir más vidas. Podemos arreglar esto. Podemos hablar, buscar ayuda. Luis negó con la cabeza, con los ojos enrojecidos. Ya no hay nada que arreglar. Ya no hay familia. Ustedes se encargaron de eso. Rosa se acercó un poco más, llorando desesperada. Luis, yo tengo la culpa. Yo fui la que busqué esto.

Si vas a estar enojado con alguien, que sea conmigo, no con él. Luis volteó a verla y en su mirada había algo más que rabia. Había dolor, traición, el peso de años de construcción derrumbándose. ¿Lo defiendes? Después de todo lo que hicimos juntos, ¿lo defiendes a él? Ella negó con la cabeza temblando. No lo defiendo.

Solo te pido que no hagas esto. Por favor, te lo suplico. Pero Luis ya no estaba escuchando. Todo el ruido en su cabeza se había apagado y solo quedaba una certeza. Esto tenía que terminar aquí. Ahora levantó la pistola y apuntó directamente al pastor. Samuel levantó más las manos con los ojos muy abiertos. No, hermano, por favor.

Rosa se lanzó hacia adelante gritando, no. Pero antes de que pudiera interponerse, Luis jaló el gatillo. El disparo resonó en todo el templo, un ruido seco y brutal que rebotó en las paredes y se quedó vibrando en el aire. El pastor dio un paso atrás, llevándose una mano al pecho con la boca abierta en sorpresa y dolor. Sus piernas se dieron y cayó al piso, justo frente al altar con un golpe sordo.

Rosa corrió hacia él, arrodillándose a su lado, tocándole la cara, gritando su nombre. Samuel, Samuel, no. Pero él ya no respondía. Sus ojos estaban abiertos, fijos en el techo y en el piso comenzaban a formarse manchas rojizas que se extendían lentamente sobre el concreto claro. Luis se quedó parado ahí con la pistola aún en la mano, viendo la escena como si no pudiera creer lo que acababa de hacer.

Rosa levantó la vista hacia él con el rostro empapado en lágrimas y algo de líquido rojizo en las manos. ¿Qué hiciste? ¿Qué hiciste? Él no contestó. Algo dentro de él se quebró al verlaasí, arrodillada junto al cuerpo del otro hombre, llorando por él como nunca había llorado por Luis. Un pensamiento cruzó su mente.

Si ella lo amaba tanto, entonces también tenía que irse con él. Levantó la pistola de nuevo, ahora apuntando hacia Rosa. Ella vio el movimiento y gritó levantando las manos para cubrirse. No, Luis, no. Pero antes de que él pudiera decidir si jalaba el gatillo o no, se escucharon voces afuera del templo. Alguien había oído el disparo.

Alguien estaba gritando. Se oían pasos corriendo, puertas que se abrían. Rosa aprovechó la distracción y corrió hacia la puerta lateral. Luis intentó seguirla con la pistola, pero algo lo detuvo. Quizás fue el ruido de afuera, quizás fue que su cuerpo ya no le respondía, quizás fue un último rastro de cordura. No disparó.

Rosa salió corriendo del templo gritando por ayuda. Luis se quedó ahí parado con el arma colgando en su mano derecha, viendo el cuerpo del pastor tirado en el piso, la sangre que ya formaba un charco alrededor, la cruz de madera que colgaba detrás del púlpito lo miraba desde arriba.

Las luces del templo parpadeaban ligeramente. Afuera las voces se multiplicaban. Se escuchaba una sirena a lo lejos acercándose. Luis supo que ya no había salida. Caminó despacio hacia la puerta principal, la abrió y salió a la calle. La escena afuera era de caos. Vecinos saliendo de sus casas, algunos con celulares en la mano, otros señalando hacia el templo.

Rosa estaba en medio de la calle llorando y gritando, abrazada a una vecina. Cuando Luis salió, todos voltearon a verlo. Algunos gritaron, otros se echaron para atrás. Él todavía tenía la pistola en la mano colgando a un lado sin apuntar a nadie. Solo caminó unos pasos y se quedó parado ahí, frente a la iglesia, bajo la luz amarilla de los postes.

Las sirenas ya estaban muy cerca. En cuestión de segundos, dos patrullas llegaron derrapando con las luces azules y rojas iluminando toda la cuadra. Los policías bajaron con las armas desenfundadas, gritándole que soltara el arma, que se tirara al piso. Luis los miró con la mirada perdida y dejó caer la pistola al pavimento. Levantó las manos lentamente.

Uno de los oficiales se acercó, lo empujó contra la pared del templo, le puso las esposas. Otro oficial entró corriendo al templo para revisar la escena. Luis no opuso resistencia, no dijo nada, solo sentía un vacío inmenso, como si todo dentro de él se hubiera apagado de golpe. Minutos después llegó una ambulancia.

Los paramédicos entraron al templo con equipo de emergencia, pero cuando salieron no traían prisa. Sacaron una camilla con un cuerpo completamente cubierto por una sábana blanca. La cruz iluminada del templo brillaba en el fondo como un testigo mudo de la tragedia. Rosa estaba siendo atendida por otro paramédico sentada en la banqueta temblando con una cobija térmica sobre los hombros.

Veía la camilla pasar frente a ella y gritaba el nombre de Samuel una y otra vez. Los vecinos observaban desde detrás de la cinta amarilla que los policías habían colocado. Algunos comentaban en voz baja, otros grababan con sus celulares. La escena quedó grabada en la memoria de todos. El templo, la ambulancia, el cuerpo cubierto, la mujer llorando, el hombre esposado, las luces de las patrullas pintando todo de azul y rojo.

Esa noche, en esa colonia de Tijuana, la fe, las mentiras y la muerte se encontraron en el peor de los escenarios posibles. Luis fue subido a una de las patrullas, no opuso resistencia, no dijo una palabra, solo se dejó llevar con la cabeza gacha, las manos esposadas a la espalda. Los policías le hicieron algunas preguntas en el camino, pero él no contestó.

Estaba en shock, o al menos eso parecía. Cuando llegaron a las oficinas de la fiscalía, lo bajaron y lo metieron a una sala de interrogatorios. Era un cuarto pequeño con paredes grises, una mesa de metal, dos sillas y una cámara en la esquina superior. Lo sentaron y lo dejaron solo por un rato largo, como es costumbre, para que el silencio y la realidad lo fueran golpeando poco a poco.

Luis se quedó ahí mirando la mesa con las manos aún esposadas. No lloraba, no gritaba, solo estaba ahí como vacío. Después de casi una hora, entró una agente del Ministerio Público acompañado de un oficial. Se sentaron frente a él, pusieron una grabadora sobre la mesa y le leyeron sus derechos. Luis asintió a todo sin realmente escuchar.

El agente empezó a hacerle preguntas, su nombre, su edad, su ocupación, su dirección. Luis contestó con voz baja, mecánica. Luego vinieron las preguntas importantes. ¿Usted disparó contra el pastor Samuel esta noche dentro de la iglesia? Luis asintió. Sí. ¿Por qué lo hizo? Luis levantó la vista por primera vez con los ojos enrojecidos porque se estaba acostando con mi esposa.

El agente anotó algo en su libreta y eso le dio derecho de matarlo. Luis no contestó. El agente insistió. Planeó usted el homicidio? ¿Llevó elarma con la intención de disparar? Luis dudó. Yo solo quería hablar. Quería que dejaran de verme la cara. El agente no le creyó. Llevó un arma cargada solo para hablar. Luis apretó los labios.

No sé. Todo pasó muy rápido. Intentó dispararle también a su esposa. Luis cerró los ojos. No lo sé. Tal vez estaba muy enojado. El interrogatorio siguió durante horas. Le preguntaron cómo consiguió el arma, cuándo decidió ir al templo, qué palabras intercambió con el pastor y con Rosa antes de disparar, ¿por qué no se detuvo después del primer disparo? Luis contestó lo que pudo, a veces contradiciéndose, a veces quedándose en silencio.

Para cuando terminaron, ya era de madrugada. Lo trasladaron a una celda provisional. Luis se tiró en la plancha de concreto que hacía de cama y se quedó mirando el techo. No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía al pastor cayendo. Veía a Rosa llorando sobre el cuerpo. Veía la sangre en el piso del templo.

Mientras tanto, en el lugar de los hechos, los peritos seguían trabajando. tomaron fotografías de todo, del cuerpo antes de ser retirado, de las manchas en el piso, de la posición de las bancas, de los casquillos encontrados cerca del púlpito. Recuperaron la pistola que Luis había dejado caer afuera del templo. La marcaron como evidencia.

También recogieron el celular de Rosa, que había quedado olvidado en una de las bancas. Lo llevaron al laboratorio para extraer mensajes, fotos, registros de llamadas. No tuvieron que buscar mucho. Ahí estaban todas las conversaciones entre Rosa y Samuel. Mensajes cariñosos, fotos, citas acordadas, frases como, “Te extraño, no puedo dejar de pensar en ti.

Ojalá pudiéramos estar juntos sin escondernos.” Todo estaba documentado. La relación extramarital era un hecho innegable. También entrevistaron a testigos, los vecinos que habían escuchado el disparo, los que habían visto a Luis salir del templo con el arma, los que conocían a la familia.

Varios dijeron que habían notado que Rosa pasaba mucho tiempo en la iglesia, que se veía muy cercana al pastor, que hasta habían comentado entre ellos que algo raro había ahí. Uno de los mecánicos del taller donde trabajaba Luis declaró que él le había mencionado haber visto a Rosa en el carro del pastor y que Luis se había puesto muy serio. Todo iba encajando.

El motivo, la planeación mínima, la oportunidad, la ejecución. El cuadro quedaba claro. Luis había matado al pastor Samuel por celos, por venganza, por sentirse traicionado y había intentado matar también a su esposa, aunque no lo logró porque se distrajo con el ruido de los vecinos. Rosa fue citada a declarar dos días después.

Llegó acompañada de su hermana con los ojos hinchados de tanto llorar, vestida de negro. La entrevista fue larga y dolorosa. Tuvo que admitir todo. La relación con Samuel, cómo empezó, cuánto tiempo llevaban. ¿Dónde se veían? Le preguntaron si Luis sabía. Ella dijo que no estaba segura, que él nunca le había dicho nada directamente, pero que las últimas semanas lo había notado distante, enojado.

Le preguntaron, ¿qué pasó esa noche en el templo? Rosa relató entre soyosos, cómo Luis entró, cómo los confrontó, cómo sacó el arma, cómo disparó contra Samuel sin previo aviso, cómo luego apuntó hacia ella y ella pensó que iba a morir también. Yo solo corrí”, dijo temblando. Corrí y no paré hasta salir del templo.

Pensé que me iba a matar. La declaración de Rosa fue clave para la fiscalía. Confirmaba que Luis había actuado con intención de matar, que el disparo no fue accidental, que después intentó dispararle a ella también. Eso convertía el caso en homicidio calificado y tentativa de homicidio. No había marcha atrás.

Luis fue formalmente acusado y trasladado al Centro de Reinserción Social del Estado. Ahí esperaría su juicio, que podía tardar meses. La noticia del crimen se regó por toda la colonia, luego por Tijuana, luego llegó a los medios locales. Mecánico mata a pastor por infidelidad. Crimen pasional en Iglesia de Tijuana.

descubre a su esposa con el líder religioso y lo ejecuta. Los titulares eran morbosos, sensacionalistas. La gente hablaba. Unos decían que Luis había hecho lo correcto, que el pastor se lo buscó. Otros decían que no había justificación para matar, que la venganza nunca era el camino. La iglesia cerró sus puertas.

La congregación se desintegró. Nadie quería volver al lugar donde había pasado algo tan terrible. Los meses siguientes fueron un infierno burocrático y emocional para todos los involucrados. Luis permaneció en prisión preventiva mientras se preparaba el juicio. Al principio su familia intentó visitarlo. Su mamá, una señora mayor que vivía en Sinaloa, viajó en camión para verlo.

Lloró al verlo detrás del cristal con el uniforme beige de reo, la barba crecida, los ojos sin vida. Le preguntó por qué había hecho eso, por qué no habíapensado en sus hijos. Luis no supo qué contestar, solo le dijo que lo sentía, que todo se le salió de control. Ella se fue llorando, diciéndole que rezaría por él.

Fue la última vez que lo visitó. Los hijos de Luis quedaron al cuidado de Rosa, aunque la relación entre ellos y su madre quedó rota. Los niños, que en ese momento tenían 8 y 10 años no entendían bien qué había pasado. Solo sabían que su papá estaba preso y que el señor de la iglesia había muerto. La gente en la escuela empezó a señalarlos, a murmurar cuando pasaban.

Rosa terminó cambiándolos de escuela. La familia del pastor Samuel también atravesó su propio duelo. Samuel tenía una hija de un matrimonio anterior, una muchacha de veintitantos que vivía en Mexicali. Cuando supo de la muerte de su padre, quedó destrozada. Viajó a Tijuana para encargarse de los trámites del funeral.

Fue un velorio pequeño, discreto, en una funeraria modesta. No hubo gran congregación, no hubo cánticos, no hubo ceremonia pública, solo algunos miembros antiguos de la iglesia, vecinos que lo conocieron y familiares cercanos. La hija de Samuel se enteró por los medios de la razón del crimen, la traición, la relación con Rosa.

Sintió vergüenza, rabia, confusión. No sabía si llorar a su padre como víctima o sentirse decepcionada por lo que había hecho. Al final, simplemente lo enterró y se fue de regreso a Mexicali. No volvió a poner un pie en Tijuana. La investigación avanzó rápido. La fiscalía tenía todo lo necesario. El arma, los casquillos, los mensajes entre Rosa y Samuel, los testimonios de vecinos, la confesión parcial de Luis, la declaración de Rosa.

No había duda de que Luis había jalado el gatillo. La defensa intentó construir una estrategia basada en emoción violenta. Argumentar que Luis actuó bajo un estado emocional extremo al descubrir la traición, que no hubo premeditación real, que fue un arrebato momentáneo. Contrataron a un abogado de oficio, un licenciado joven que hizo lo que pudo con los recursos que tenía.

Solicitó peritajes psicológicos para demostrar que Luis no era una persona violenta, que nunca había tenido antecedentes penales, que era un trabajador honesto, que simplemente se quebró bajo presión. Pero la fiscalía contraatacó con fuerza. Luis llevó un arma cargada al templo, entró con la intención de confrontar y disparó a matar.

Eso no era emoción violenta, eso era homicidio con intención. El juicio se llevó a cabo casi un año después del crimen en el tribunal correspondiente. La sala estaba llena. Periodistas, familiares de ambas partes, curiosos. Luis entró esposado, escoltado por custodios. Se veía más delgado, más viejo. Rosa también estaba ahí, citada como testigo clave. Evitó mirarlo.

Durante los días que duró el juicio, desfilaron peritos, testigos, abogados. Se proyectaron fotos de la escena del crimen. Se leyeron los mensajes entre Rosa y Samuel. Se escuchó el testimonio de los vecinos. Luis declaró en su defensa. Habló con voz quebrada. Admitió que había disparado, pero insistió en que nunca pensó que las cosas llegarían tan lejos, que solo quería que ellos dos supieran que ya lo sabía, que ya no lo iban a seguir engañando.

Dijo que cuando vio al pastor acercándose, sintió miedo de que lo atacara y por eso disparó. Fue una versión débil, llena de contradicciones. Nadie le creyó del todo. Rosa subió al estrado en el segundo día. relató todo otra vez con más detalle. Admitió públicamente la relación con Samuel. Reconoció que estaba mal, que traicionó a su esposo y a su familia, pero también dejó claro que Luis había llegado con un arma con la intención de hacer daño, que disparó sin darle oportunidad a Samuel de defenderse, que luego intentó matarla a ella también. Yo pensé que iba a morir

ahí”, dijo con la voz temblorosa. Vi el arma apuntándome y pensé en mis hijos, en que iban a quedar solos. La defensa intentó desacreditarla, sugiriendo que estaba exagerando para protegerse a sí misma, pero el testimonio de Rosa fue contundente. El jurado la creyó. Al final de las audiencias, los abogados de ambas partes presentaron sus alegatos finales.

La fiscalía pidió la pena máxima. Homicidio calificado, más tentativa de homicidio. La defensa pidió que se considerara la emoción violenta, que se redujera la pena. El juez tomó un receso para deliberar. Tres días después se dio a conocer el veredicto. Culpable de homicidio calificado en contra del pastor Samuel, culpable de tentativa de homicidio en contra de Rosa.

La sentencia, 40 años de prisión. Luis escuchó el número sin reaccionar, 40 años. Eso significaba que si no lograba ninguna reducción, saldría cuando tuviera 75. Sus hijos serían adultos, probablemente con sus propias familias. Rosa, sentada al fondo de la sala cerró los ojos y dejó escapar un suspiro. No sintió alivio, no sintió justicia, solo sintió cansancio. La sala se vaciólentamente.

Luis fue escoltado de vuelta a la prisión. Los medios publicaron la sentencia con grandes encabezados. El caso quedó cerrado para el sistema judicial, pero para las familias involucradas apenas comenzaba el verdadero peso de las consecuencias. Luis fue trasladado a un penal de régimen ordinario en el estado de Baja California. Ahí, en medio de cientos de otros internos, comenzó a cumplir su sentencia.

Los primeros meses fueron los más duros. No conocía a nadie. No sabía cómo moverse dentro de la cárcel. no entendía las reglas no escritas que gobiernan la vida en reclusión. Se mantuvo callado, evitó problemas, hizo lo que le dijeron. Consiguió trabajo en el taller de carpintería donde hacían muebles que luego vendían afuera.

Era un trabajo pesado, mal pagado, pero al menos le daba algo que hacer, una forma de no pensar tanto. Por las noches, encerrado en su celda compartida con otros tres reos, Luis se quedaba despierto mirando el colchón de arriba, repasando una y otra vez la noche del crimen. Se preguntaba qué hubiera pasado si no hubiera entrado al templo, si hubiera confrontado a Rosa en casa, si simplemente se hubiera divorciado y seguido adelante.

Pero ya no había vuelta atrás. Había jalado el gatillo y esa decisión lo perseguiría el resto de su vida. Rosa, por su parte, intentó reconstruir lo que quedaba de su existencia. Se alejó de la iglesia, de todas las iglesias. No podía volver a pisar un templo sin revivir aquella noche.

Los gritos, el disparo, el cuerpo de Samuel en el piso. Consiguió trabajo en una tienda de abarrotes cerca de su casa. atendiendo la caja y acomodando mercancía. El sueldo era bajo, apenas alcanzaba para mantener a los niños, pero no tenía opción. La casa de interés social que habían comprado con Luis quedó en un limbo legal. Ella seguía viviendo ahí, pero sabía que en algún momento tendría que venderla o perderla.

Los vecinos la veían pasar y murmuraban. Algunos la culpaban a ella. Decían que todo era su culpa, que por andar de caliente había destruido dos familias. Otros sentían lástima porque al final ella también había sido víctima, o al menos eso querían creer. Rosa no hablaba con nadie, salía de su casa solo para trabajar o llevar a los niños a la escuela.

El resto del tiempo se encerraba, veía la tele sin realmente verla. Preparaba comidas que apenas probaba. Los hijos de Luis y Rosa crecieron con la sombra del crimen sobre ellos. En la escuela, otros niños les decían cosas crueles. Tu papá es un asesino. Tu mamá es una cualquiera. Llegaban a casa llorando, preguntándole a Rosa por qué la gente decía esas cosas. Ella no sabía qué contestar.

Les decía que no hicieran caso, que la gente hablaba de más, que lo importante era que ellos se portaran bien y estudiaran, pero era difícil. El mayor, que ya entraba a la adolescencia, empezó a mostrar señales de rabia contenida. Se metía en pleitos en la escuela. Faltaba a clases, contestaba mal.

Rosa no sabía cómo manejarlo. El menor, más callado, se replegó en sí mismo. Dejó de hablar, dejó de jugar. Pasaba horas solo en su cuarto. Rosa intentó llevarlo con un psicólogo de una clínica pública, pero solo fueron dos sesiones porque no podía pagar más. La familia estaba rota y no había forma de pegarla de vuelta.

Pasaron los años, Luis seguía en prisión. Intentó apelar la sentencia un par de veces, pero todas las apelaciones fueron rechazadas. La condena era firme. Aprendió a sobrevivir en el penal. supo con quién hablar y con quién no, cuándo agachar la cabeza y cuándo pararse firme, cómo conseguir cosas que necesitaba.

Se hizo de algunos conocidos, otros reos que, como él, cargaban con historias de violencia pasional. Compartían sus relatos en el patio durante las horas de sol. Historias de engaños, de venganzas, de decisiones tomadas en segundos que costaron décadas de libertad. Luis escuchaba, a veces comentaba, pero casi nunca hablaba de su propio caso.

Le daba vergüenza admitir que había matado a un pastor dentro de una iglesia. Sabía que aunque ahí adentro nadie lo juzgaba abiertamente, todos pensaban que era un caso particularmente bajo. Matar a un hombre de Dios, aunque ese hombre se hubiera acostado con su esposa, seguía siendo algo que pesaba.

Con el tiempo, Luis recibió menos visitas. Su mamá ya no volvió. Sus hermanos lo fueron olvidando. Rosa nunca fue a visitarlo y él no esperaba que lo hiciera. Los únicos que iban cada tanto eran sus hijos. El mayor empezó a visitarlo cuando cumplió 15 años llevado por una tía. Las visitas eran incómodas, llenas de silencios largos.

El muchacho no sabía qué decirle a su papá. Luis intentaba preguntarle por la escuela, por cómo estaba su hermano, por cómo estaba Rosa, pero las respuestas eran cortas, secas. Eventualmente las visitas se espaciaron una vez cada 6 meses, luego una vez al año, luego ya no más. Luis entendió que sus hijos habíanseguido adelante sin él y que probablemente era lo mejor.

No quería ser un peso en sus vidas. ya había hecho suficiente daño. Se conformó con saber a través de terceros que al menos estaban vivos, que estudiaban, que de alguna forma estaban saliendo adelante. La pequeña iglesia donde ocurrió el crimen nunca volvió a abrir. Durante meses, el edificio se quedó cerrado con candados en las puertas y las ventanas tapeadas con madera.

Nadie quería comprar el lugar, nadie quería rentar. El dueño del terreno intentó venderlo, pero cuando la gente preguntaba por la propiedad y se enteraba de lo que había pasado ahí, se echaban para atrás. “Ese lugar está maldito”, decían. Eventualmente el edificio fue abandonado. Las paredes se fueron llenando de graffiti, las puertas se oxidaron, las bancas de adentro fueron robadas o vandalizadas.

La cruz blanca del techo se cayó en una tormenta y nadie se molestó en reponerla. Para los vecinos de la colonia, el viejo templo se convirtió en un recordatorio permanente de aquella noche. Cada vez que pasaban frente a él recordaban las sirenas, las luces, el cuerpo cubierto con la sábana blanca. Recordaban que ahí, en ese lugar que se suponía sagrado, la fe se había mezclado con las mentiras y todo había terminado en muerte.

Los años en prisión fueron moldeando a Luis de formas que nunca imaginó. Aprendió a vivir con rutinas rígidas, a medir el tiempo en visitas al economicas limitadas, en cartas que casi nunca recibía. Dejó de pensar en salir pronto. 40 años es casi toda una vida. Sabía que con suerte podría obtener alguna reducción de pena por buen comportamiento, pero aún así estaría encerrado por décadas.

se dedicó al trabajo en el taller de carpintería, donde con el tiempo se volvió uno de los más hábiles. Hacía sillas, mesas, repisas, le gustaba el olor de la madera, el sonido de la lija raspando la superficie, la sensación de crear algo con las manos. Era lo único que le recordaba su vida anterior como mecánico, cuando todavía arreglaba cosas en lugar de romperlas.

intentó no pensar mucho en Rosa, en el pastor en aquella noche, pero los recuerdos siempre volvían, especialmente en las noches cuando el ruido del penal se apagaba y solo quedaba el eco de los ronquidos y los murmullos. Rosa, mientras tanto, seguía adelante con lo que podía llamarse vida. Después de años trabajando en la tienda de abarrotes, consiguió un empleo mejor en una oficina de gobierno capturando datos.

No era gran cosa, pero pagaba un poco más y tenía prestaciones. Con ese dinero pudo mantener a los niños, que ya no eran tan niños. El mayor terminó la secundaria a tropezones y empezó a trabajar con un tío en la construcción. El menor, más dedicado, logró entrar a una preparatoria pública. Rosa los veía crecer y sentía orgullo, pero también una tristeza profunda.

Sabía que ambos cargaban con el peso de lo que había pasado, que ambos tenían heridas que probablemente nunca sanarían del todo. Ella tampoco sanó. Se acostumbró a vivir con la culpa, con la vergüenza, con el qué dirán. Nunca volvió a tener pareja. Nunca volvió a confiar en nadie. Se volvió una mujer solitaria, callada, que iba del trabajo a la casa y de la casa al trabajo.

Con el paso del tiempo, el caso dejó de ser noticia. Los medios se olvidaron de Luis, de Rosa, del pastor Samuel. Otros crímenes ocuparon los titulares, otras tragedias capturaron la atención pública, pero para las familias involucradas, el dolor seguía fresco. La hija del pastor Samuel nunca volvió a Tijuana.

Se casó, tuvo hijos, construyó su vida en Mexicali, pero nunca pudo hablar abiertamente de su padre. Cuando alguien le preguntaba por él, decía que había muerto en un accidente. Era más fácil así. No tenía que explicar la traición, el crimen, la humillación pública. Los padres de Rosa, que vivían en Oaxaca, se enteraron de todo por teléfono.

Quedaron devastados. Su hija, la que había salido del pueblo buscando una vida mejor, había terminado metida en un escándalo así. Cortaron comunicación con ella durante años. Recién cuando nació el tercer nieto, fruto del hijo mayor, Rosa viajó a Oaxaca para presentarlo. Fue un encuentro frío, lleno de reproches silenciosos.

Sus padres la recibieron, pero nunca volvieron a verla igual. Dentro del penal, Luis escuchó historias de otros reos que habían cometido crímenes similares. Hombres que mataron a sus parejas, a los amantes de sus parejas, a vecinos, a familiares, todos con sus propias justificaciones, todos con sus propias versiones de por qué hicieron lo que hicieron.

Luis se dio cuenta de que no era especial, que su historia no era única. Era solo uno más entre miles de casos de violencia pasional que llenaban las cárceles del país. Eso, en lugar de darle consuelo, lo hundió más. ¿De qué había servido todo? El pastor seguía muerto. Rosa seguía viva, pero destruida.

Sus hijoscrecieron sin padre y él estaba pudriéndose en una celda. No había ganadores, solo había pérdidas por todos lados. Con el tiempo, Luis empezó a asistir a talleres de rehabilitación emocional que ofrecían en el penal. Ahí, guiado por psicólogos y trabajadores sociales, intentó procesar lo que había hecho. Reconoció que había actuado mal, que la violencia nunca era la respuesta, que podría haber elegido otro camino.

Pero el reconocimiento no cambiaba nada. El daño ya estaba hecho. A mediados de la década de 2020, cuando Luis llevaba ya varios años preso, uno de sus hijos, el menor, lo fue a visitar. Ya era un joven de 20 años. Estudiaba en una universidad pública. Quería ser ingeniero. Se sentaron frente a frente, separados por el cristal de la sala de visitas con los teléfonos en la mano.

El muchacho le dijo que había decidido perdonarlo, no porque lo que hizo estuviera bien, sino porque cargar con tanto rencor ya no lo dejaba vivir. Luis lloró. Fue la primera vez en años que alguien le decía algo así. Le agradeció. le dijo que estaba orgulloso de él, que siguiera adelante, que no cometiera los mismos errores.

El joven asintió, pero ambos sabían que esa visita probablemente sería la última. No había rencor, pero tampoco había un vínculo que rescatar. El daño había sido demasiado profundo. Se despidieron. Cada uno volvió a su vida y Luis supo que sus hijos estarían bien, con o sin él. Rosa nunca habló públicamente del caso. Rechazó todas las entrevistas que le ofrecieron medios locales.

No quería revivir esa noche una y otra vez. Solo quería olvidar. Aunque sabía que eso era imposible. Cada vez que veía una iglesia, cada vez que escuchaba un cántico religioso, cada vez que pasaba frente al edificio abandonado donde antes estaba el templo, todo volvía. El olor del templo, la voz de Samuel, el disparo, la sangre, los gritos.

Intentó ir a terapia un par de veces, pero no pudo costearla. Se conformó con sobrevivir día a día, con levantarse cada mañana, aunque no tuviera ganas, con seguir adelante, aunque el peso fuera casi insoportable. Sabía que había cometido un error terrible al traicionar a Luis, pero también sabía que lo que él hizo después fue imperdonable.

Ambos habían destruido todo, cada uno a su manera. Y ahora ambos tenían que vivir con esas consecuencias, solos, separados, rotos. Para 2024, Luis llevaba ya 5 años en prisión. Apenas había cumplido 40, pero se veía mucho mayor. El cabello completamente gris, arrugas profundas en la frente, las manos callosas del trabajo constante en el taller de carpintería.

había logrado mantenerse alejado de problemas mayores, lo que le valió algunas reducciones mínimas en su sentencia por buen comportamiento, pero aún así sabía que le quedaban décadas por delante. Había aceptado su realidad. No fantaseaba con salir pronto. No planeaba fugas, no se aferraba a ilusiones.

Simplemente existía día tras día en la monotonía carcelaria. Algunos compañeros de Zelda lo respetaban por su tranquilidad, por no meterse en pleitos. Otros lo veían como alguien que ya se había rendido. Quizás ambos tenían razón. Luis ya no era el hombre que entró al templo aquella noche con un arma en la mano.

Ahora era solo un número más en el sistema penitenciario. Alguien que alguna vez tuvo una vida afuera y que probablemente nunca la recuperaría del todo. Rosa, por su parte, seguía trabajando en la misma oficina de gobierno. Había logrado cierta estabilidad económica, aunque su vida personal seguía siendo un desierto emocional. Sus hijos ya eran adultos.

Cada uno con sus propios caminos. El mayor se había casado joven, tenía un bebé. Trabajaba en la construcción como su tío. Visitaba a Rosa de vez en cuando, pero la relación era distante, funcional. El menor terminó su carrera de ingeniería y consiguió trabajo en una empresa de la ciudad. Hablaba más seguido con su mamá, la ayudaba económicamente cuando podía, pero tampoco había cercanía real.

Ambos hijos cargaban con el estigma de lo que había pasado. Y aunque nunca lo decían abiertamente, Rosa sabía que una parte de ellos la culpaba, no por el crimen en sí, sino por todo lo que llevó a ese momento, por la traición, por haber puesto en riesgo a la familia, por haber destruido la imagen de su padre. Rosa no los culpaba por sentirse así.

Ella también se culpaba todos los días. El edificio de la antigua iglesia seguía abandonado en 2024. Se había convertido en refugio de indigentes, en punto de venta de droga, en bodega improvisada para quién sabe qué. Las autoridades locales habían intentado demolerlo un par de veces, pero siempre surgían trabas burocráticas, falta de presupuesto, disputa sobre la propiedad del terreno, así que ahí seguía como una herida abierta en el paisaje de la colonia.

Los vecinos viejos, los que habían estado ahí aquella noche, todavía contaban la historia a los nuevos residentes.Ahí mataron al pastor, decían. Fue el marido de una de las que iba a la iglesia, la cachó con el pastor y le disparó. La historia se distorsionaba con el tiempo, se le añadían detalles falsos, se dramatizaba, pero la esencia siempre era la misma.

Traición, celos, muerte. una mezcla tóxica que había dejado marcas permanentes en todos los involucrados. En una de sus visitas al econom, Luis coincidió con otro interno que también estaba cumpliendo condena por homicidio pasional. El hombre le preguntó por su caso. Luis, después de tantos años ya no tenía problema en hablar de ello.

Le contó la historia, la traición, el pastor, el disparo. El otro interno escuchó y luego dijo, “Es que uno piensa que matándolo se acaba el problema, pero la verdad es que ahí empieza, porque ya no los puedes dejar de ver en tu cabeza y ellos siguen ahí, muertos, pero ahí.” Luis asintió. Era exacto.

Samuel seguía ahí cayendo una y otra vez en su memoria, con los ojos abiertos, con la sorpresa congelada en el rostro. Rosa seguía ahí llorando sobre el cuerpo, gritando su nombre. Los niños seguían ahí preguntando por qué su papá no volvía. Todo seguía ahí, atrapado en un loop infinito que nunca se detenía. No había escape ni siquiera en el olvido.

Rosa intentó rehacer su vida espiritual en algún momento. Varios años después del crimen, una compañera de trabajo la invitó a una iglesia diferente en otra colonia, lejos de donde había pasado todo. Rosa aceptó con dudas, entró al templo y se sentó hasta atrás, casi escondida. escuchó los cánticos, la prédica, las oraciones. Todo le sonaba familiar, pero también ajeno.

Cuando el pastor de esa iglesia invitó a pasar al frente a los que quisieran entregar sus cargas a Dios, Rosa sintió el impulso de levantarse, pero no pudo. Las piernas no le respondieron. se quedó sentada con las manos apretadas sobre la Biblia que había llevado, la misma Biblia que llevaba aquella noche. Al final del culto salió rápido, sin hablar con nadie, y nunca volvió.

Supo que no podía regresar a la fe, no después de lo que había pasado. No podía volver a confiar en un líder espiritual. No podía volver a sentirse parte de una comunidad así. Esa puerta estaba cerrada para siempre. Los años siguieron pasando. Luis cumplió la década en prisión, 45 años. Ya ha entrado en la segunda mitad de su vida con la certeza de que probablemente moriría ahí adentro o saldría demasiado viejo para rehacer algo.

Dejó de contar los días. Solo los vivía uno detrás del otro, sin expectativas, sin planes. Rosa seguía en su rutina trabajando, viendo a sus nietos de vez en cuando, existiendo sin realmente vivir. La colonia siguió cambiando, las familias viejas se fueron, llegaron nuevas, pero el edificio de la iglesia seguía ahí como un monumento involuntario a lo que pasa cuando la traición, el orgullo y la violencia se encuentran en el peor momento posible.

Nadie había ganado nada. Todos habían perdido todo y la vida simplemente continuaba indiferente, dejando atrás las ruinas de lo que alguna vez fueron familias, sueños, promesas. A finales de 2024, Luis seguía cumpliendo su condena en el mismo penal donde había estado los últimos años. Ya llevaba más de 5 años preso y todavía le faltaban décadas.

Físicamente se había adaptado a la vida carcelaria. levantarse temprano, desayunar lo que dieran en el comedor, ir al taller de carpintería, comer, regresar a la celda, ver la tele común en el patio si había luz, dormir. Los fines de semana eran más lentos, más vacíos. A veces jugaba dominó con otros internos. A veces solo se sentaba en una banca del patio y veía pasar las horas. Ya nadie lo visitaba.

Sus hijos habían seguido con sus vidas y él no los culpaba. Era mejor así. No quería ser una carga. No quería que cargaran con la vergüenza de tener un padre asesino. Se conformaba con saber de lejos que estaban bien, que habían salido adelante. A pesar de todo, Rosa vivía en la misma casa de interés social donde había vivido con Luis.

Nunca la vendió, nunca se mudó. Los recuerdos estaban ahí en cada rincón, pero también era lo único que le quedaba de estabilidad. Trabajaba de lunes a viernes, llegaba cansada, preparaba cena para ella sola, veía alguna telenovela y se dormía temprano. Los fines de semana visitaba a su hijo mayor y a sus nietos. Jugaba con los niños, les compraba dulces, intentaba ser una abuela presente, pero siempre había una distancia, una barrera invisible que ella misma había levantado.

No hablaba de su pasado, no contaba historias de cuando sus hijos eran pequeños, no mencionaba a Luis ni al pastor Samuel. Todo eso estaba enterrado, aunque nunca realmente muerto. De vez en cuando, manejando por la ciudad, pasaba cerca de la colonia donde estaba el viejo templo. Nunca se detenía, solo veía de reojo el edificio abandonado y seguía de largo.

No necesitaba acercarse para recordar.La imagen estaba tatuada en su memoria. El edificio de la iglesia finalmente fue demolido a mediados de 2024. Las autoridades locales lograron juntar el presupuesto y resolver los problemas legales. Un día llegaron máquinas, tumbaron las paredes, quebraron el techo, limpiaron el terreno.

Los vecinos salieron a ver, algunos con alivio, otros con nostalgia. “Ya era hora”, decían algunos. Ese lugar daba mala vibra. En unas semanas, el lote quedó vacío, solo tierra y escombros. Meses después, un desarrollador compró el terreno y empezó a construir un miniercado. Nada especial, solo una tienda de conveniencia con estacionamiento.

Para finales de año ya estaba operando con su letrero de neón y sus anuncios de promociones. La gente compraba ahí sin saber lo que había pasado en ese mismo lugar. La historia se había borrado físicamente, pero seguía viva en la memoria de los pocos que la conocían. Luis se enteró de la demolición del templo por una carta que le envió una prima lejana.

La mujer le escribía de vez en cuando, más por lástima que por cariño real. En la carta mencionaba que habían tumbado la iglesia, que ahora había una tienda. Luis leyó la carta sentado en su litera con la espalda contra la pared fría de concreto. No sintió nada en particular, ni alivio, ni tristeza, ni rabia, solo una especie de vacío.

Ese lugar ya no significaba nada. Lo que había pasado ahí no se borraba con demoliciones ni con construcciones nuevas. Estaba grabado en otra parte, en un lugar al que las máquinas no podían llegar. dobló la carta, la guardó debajo del colchón con otras pocas pertenencias y siguió con su día. Esa noche, en la oscuridad de la celda, mientras sus compañeros dormían, Luis pensó en todo lo que había perdido, su libertad, su familia, su vida, todo por un momento de furia, por no poder soportar la humillación, por creer que matar

resolvería algo. No lo resolvió, solo lo empeoró todo para todos. Rosa tampoco supo de la demolición hasta semanas después, cuando una vecina se lo comentó de pasada. Ya tumbaron la iglesia esa, ¿te enteraste? Rosa asintió sin decir nada. La vecina siguió hablando de otras cosas, pero Rosa ya no escuchaba.

Esa noche, acostada en su cama, pensó en Samuel, en cómo había empezado todo, en los mensajes, en los encuentros, en la ilusión de sentirse amada. Otra vez pensó en Luis, en cómo lo había traicionado, en cómo él había reaccionado de la peor forma. posible. Pensó en sus hijos, en todo lo que habían tenido que soportar por culpa de las decisiones de sus padres.

No lloró, ya no le quedaban lágrimas, solo sintió un cansancio profundo, el tipo de cansancio que no se quita con dormir. Se dio vuelta y cerró los ojos, esperando que el sueño llegara rápido. No llegó. Se quedó despierta hasta el amanecer con la cabeza llena de fantasmas que nunca se irían. Los hijos de Luis y Rosa siguieron adelante.

El mayor trabajaba duro para mantener a su familia. intentaba ser un buen padre, darles a sus hijos lo que él no tuvo. El menor terminó su carrera, consiguió un buen empleo, empezó a pensar en casarse. Ambos cargaban con la historia, pero no la definía por completo. Eran más que eso. Habían aprendido a golpes que las decisiones de los padres no tienen por qué determinar el destino de los hijos.

Era difícil, pero posible. De vez en cuando hablaban entre ellos sobre aquella noche, sobre lo que había pasado, sobre cómo les había afectado. Nunca llegaron a conclusiones definitivas. Solo sabían que no querían repetir los mismos errores, que no querían dejar que la rabia, los celos o el orgullo destruyeran sus propias familias.

Era lo único que podían hacer, aprender y seguir. La historia de Luis Rosa y el pastor Samuel quedó archivada en los expedientes judiciales, en algunas notas de periódicos viejos, en la memoria de los vecinos que estuvieron ahí aquella noche. No hubo placas conmemorativas, no hubo homenajes, no hubo justicia poética, solo hubo consecuencias reales, duras que seguían pesando años después.

Luis seguía preso, cumpliendo una sentencia que apenas había empezado. Rosa seguía libre, pero atrapada en su propia cárcel de culpa y soledad. Los hijos seguían reconstruyéndose, intentando ser mejores y el lugar donde todo había pasado ya no existía, reemplazado por un minimercado donde la gente compraba refrescos y cigarros, sin saber que ahí, años atrás la fe, las mentiras y la muerte se habían encontrado de la forma más brutal posible.

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