
príncipe se disfrazó de empleado y no podía creer lo que la nueva cocinera reveló sobre su prometida. Antes de comenzar esta hermosa historia de romance de época, respóndeme en los comentarios desde dónde estás escuchando esta bellísima historia. Me encanta saber desde dónde me acompañas. El día del compromiso amaneció con el sonido de las campanas del palacio de Castilla.
En los corredores resonaban pasos apresurados y cada sirviente sabía que esa jornada marcaría el destino del reino. El príncipe Alejandro de Borbón debía anunciar su unión con la mujer más admirada de la corte, la condesa de Albear. Nadie dudaba de que eran la pareja perfecta. Él, joven, apuesto, heredero de una larga dinastía. Ella, culta, elegante, una dama que parecía hecha de mármol fino.
Sin embargo, mientras todos celebraban, Alejandro sentía un peso en el pecho. Desde hacía días circulaban murmullos en los pasillos. Decían que la condesa recibía visitas a escondidas, que una sombra extranjera la seguía en los jardines del norte. Palabras pequeñas lanzadas por bocas discretas, pero suficientes para romperle el sueño.
En su escritorio, bajo la luz de una vela, sostenía una carta sin firma. No confíes en quien jura amor cuando oculta otra bandera. la había encontrado entre los documentos del palacio. Al principio pensó que era una broma, pero el sello roto del sobre llevaba una marca que él conocía demasiado bien.
El emblema del reino de Orleans, enemigo político de Castilla. “Traición o celos”, murmuró apretando el papel entre los dedos. A la hora del banquete, Alejandro caminó junto a su prometida por el salón dorado. Todos los nobles aplaudieron su entrada. La condesa radiante en su vestido azul le sonreía con dulzura.
Nadie habría sospechado que detrás de esa sonrisa él veía algo más, una sombra, una duda. Vuestra alteza, dijo ella en voz baja. ¿Por qué tan callado esta noche? Solo contemplo la perfección que tengo a mi lado, respondió sin sentir sus propias palabras. Ella rió con un gesto medido, tan elegante como ensayado. Al terminar la ceremonia, el rey los bendijo frente a toda la corte.
Pero Alejandro apenas escuchó. Su mirada se perdió entre los sirvientes, que corrían de un lado a otro. Había una verdad escondida bajo esos techos y la encontraría, aunque tuviera que manchar su nombre. Esa misma noche, mientras todos dormían, llamó a su ayudante más fiel. Nadie debe saber lo que haré, Diego.
A partir de mañana no seré el príncipe Alejandro, seré un hombre común, como dice su alteza, un empleado de cocina. Nadie mira a los que sirven el pan. Desde allí veré quién conspira y quién calla. El ayudante intentó disuadirlo, pero el príncipe ya había decidido. Con un cambio de ropas y el cabello despeinado, abandonó sus habitaciones antes del amanecer. El eco de sus pasos se perdió entre los pasillos de piedra.
En las cocinas del palacio, el día comenzaba con el golpe de las ollas y el olor a pan recién hecho. Los trabajadores no notaron al joven que entraba con paso inseguro y una gorra de lino. Lo recibieron con la indiferencia reservada para los nuevos.
“Tú eres el aprendiz que mandaron de Segovia”, preguntó el jefe de cocina, un hombre corpulento y de cejas gruesas. “Sí, señor. Me llamo Andrés”, respondió el príncipe bajando la mirada. Pues, Andrés, si sabes lavar cazuelas, empieza por esas de allá, y si no, aprende pronto. Aquí no hay espacio para la pereza. Alejandro asintió. Por primera vez en su vida, tomó un trapo húmedo y comenzó a frotar el cobre hasta ver su reflejo.
Le dolían las manos, pero también sentía una extraña libertad. Nadie se inclinaba ante él, nadie lo llamaba alteza, era solo un hombre, entre otros. A media mañana, mientras los demás preparaban el almuerzo, una joven entró por la puerta lateral. Traía un canasto con harina y un pañuelo blanco cubriéndole el cabello.
Su paso era ligero y su voz cuando saludó tenía una firmeza que desentonaba con su apariencia humilde. Buenos días. Me dijeron que ayudara en la masa del pan. Soy Lucía Morales. El jefe de cocina gruñó un saludo sin levantar la vista. Ah, la nueva. Deja eso allá y procura no hablar mucho. Aquí el pan se hace con las manos, no con la lengua. Lucía sonrió y se acercó al horno.
Alejandro, curioso, observó cómo se arremangaba las mangas y comenzaba a trabajar con una naturalidad que hipnotizaba. Sus movimientos eran precisos, seguros, casi elegantes. La harina le cubría las manos y una pequeña mecha de su cabello se escapó del pañuelo. Sin darse cuenta, él la miraba más de lo que debía.
¿Qué pasa?, preguntó ella al notar su mirada. Nunca ha visto amasar pan. Alejandro se sobresaltó. Perdón. Solo me pareció que lo hace con mucha destreza. Es que el pan, señor aprendiz, tiene su carácter. Si lo tratas con prisa, se vuelve duro. Si lo amas con paciencia, te lo devuelve en aroma y suavidad.
Él sonrió por primera vez en días. Eso suena casi como si hablara de personas. Tal vez, dijo ella encogiéndose de hombros. Las personas también se endurecen cuando nadie las trata con cuidado. Hubo un silencio breve. Luego el jefe de cocina los apuró a seguir. Pasaron las horas entre risas apagadas y el golpeteo de cucharones.
Alejandro descubrió que el trabajo humilde tenía su ritmo, su música. Por momentos olvidaba que sobre su cabeza había un trono esperándolo. Al caer la tarde, los cocineros se reunieron para repartir las tareas del día siguiente. Lucía se ofreció para hornear los panes del banquete, que se celebraría en honor al compromiso del príncipe.
Alejandro sintió una punzada al escuchar su propio nombre en boca de los demás, como si hablaran de un extraño. Dicen que la prometida del príncipe es la mujer más bella del reino”, comentó uno de los ayudantes limpiándose las manos. “Aunque no todos creen que merezca tanta admiración.” “¿Y por qué lo dices?”, preguntó Lucía sin levantar la vista.
Porque la belleza no siempre va de la mano con la lealtad. Hay cosas que uno oye. El jefe de cocina lo interrumpió con un gruñido. Basta de rumores. Aquí no somos de la corte. Lucía asintió, pero su mirada se quedó pensativa. Alejandro notó ese gesto y el corazón le dio un vuelco. Cuando terminó su turno, esperó a que los demás se retiraran.
La vio sentarse junto al horno apagado, limpiándose las manos con un trapo. “Ha sido un día largo”, dijo él acercándose. “Sí, pero al menos el pan salió bueno. Eso siempre consuela.” Alejandro dudó un momento antes de preguntar. ¿Puedo hacerle una pregunta a Lucía? Depende, respondió ella. Si es sobre cocina, sí. Si es sobre mi vida, quizá no.
Solo quería saber por qué una mujer como usted trabaja aquí no parece del tipo que se rinde ante el humo y el cansancio. Ella lo miró con una mezcla de sorpresa y tristeza, porque a veces el humo es mejor que el silencio. En otros lugares no se puede ni hablar sin que te condenen por saber demasiado. Alejandro bajó la mirada intrigado. Saber demasiado.
Nada importante dijo ella con rapidez. Solo cosas que sería mejor olvidar. La conversación quedó suspendida. Afuera, la lluvia comenzaba a golpear las ventanas. En el aire flotaba un olor a pan y a tormenta. Esa noche, mientras todos dormían, Alejandro se quedó despierto en el pequeño cuarto de los sirvientes.
Pensaba en Lucía, en sus palabras y en esa extraña tristeza que la envolvía. No entendía por qué le afectaba tanto lo que una simple cocinera callaba. Tal vez porque por primera vez alguien le hablaba sin medir las palabras. A la mañana siguiente, el jefe de cocina los reunió de nuevo. Faltaban tres días para el banquete real. La condesa de Alvear había ordenado un menú elaborado y exigía perfección.
Lucía fue asignada para preparar los panes y postres que ella misma había pedido. Durante el día, Alejandro notó que Lucía evitaba mirar hacia el salón principal. Cada vez que escuchaba el nombre de la condesa, su expresión cambiaba ligeramente, como si recordara algo incómodo.
Al mediodía, cuando los demás salieron a almorzar, él la encontró sola frente al horno. Lucía, ¿usted conoce a la condesa de Albear? Ella se sobresaltó dejando caer la cuchara. ¿Por qué lo pregunta? La he visto inquieta cuando mencionan su nombre. Lucía respiró hondo y miró hacia la puerta para asegurarse de que nadie escuchara. “Trabajé en su casa hace un año”, dijo en voz baja.
Era amable al principio, luego cambió. Preferiría no hablar de eso. Le hizo daño, no exactamente, pero vi cosas que no debí ver. Y aprendí que en palacio la verdad puede costarte la vida. Alejandro sintió un escalofrío. Antes de poder responder, el jefe de cocina regresó y la conversación se disolvió entre órdenes. Esa noche, mientras el fuego moría en los hornos, Lucía permaneció un momento junto a la ventana.
Pensaba que nadie la oía, pero Alejandro, que limpiaba las mesas del fondo, escuchó claramente su voz en un susurro. Si el príncipe supiera lo que su prometida hace cuando él no está. El amanecer llegó con el ruido de los cubos de agua y el golpeteo de los cuchillos sobre las tablas. Las cocinas despertaban antes que el sol y el nuevo aprendiz, al que todos llamaban Andrés, ya estaba allí.
Alejandro fingía ocuparse en limpiar verduras, pero en realidad no podía dejar de mirar a Lucía. Su mente repetía las palabras que había escuchado la noche anterior. Si el príncipe supiera lo que su prometida hace cuando él no está, toda la noche le dio vueltas. ¿Qué había querido decir? ¿Lucía sabía algo? ¿Hablaba por enojo o por miedo? Cada vez que intentaba convencerse de que era solo una frase sin importancia, su corazón le respondía con una punzada.
Lucía llegó un poco tarde, con la mirada baja y el cabello escondido bajo el pañuelo. Saludó con un gesto rápido y se puso a trabajar. No habló con nadie durante horas, concentrada en amasar la harina y mantener viva la levadura. Alejandro la observaba en silencio, buscando el momento de acercarse sin levantar sospechas. Cuando el jefe de cocina salió a supervisar las bodegas, él aprovechó para acercarse.
Lucía, ¿puedo ayudarla con esa masa? si quiere, respondió sin mirarlo. Pero no la maltrate. Esta es para el desayuno de los nobles y el jefe de cocina no perdona errores. Tendré cuidado. Durante unos minutos trabajaron en silencio. El sonido del amasado llenaba el aire. Al fin, Alejandro se atrevió a hablar.
Ayer, antes de irse dijo algo, algo que me dejó pensando. Lucía se tensó. ¿Qué dije? que si el príncipe supiera lo que su prometida hace cuando él no está. Ella dejó de mover las manos. Su respiración se agitó apenas. Yo dije eso, no lo recuerdo. Sí, lo dijo. No la estoy juzgando. Solo quiero entender. ¿Qué quiso decir. Lucía lo miró con desconfianza. Ya.
¿A usted qué le importa lo que hagan los nobles? Nosotros somos nadie. Si repito un rumor, se vuelve peligroso. Si lo callo, también. No parece el tipo de persona que hable por hablar. Ella bajó la voz. Las paredes del palacio escuchan más de lo que parece. Le aconsejo no repetir lo que oyó. Alejandro notó el miedo en sus ojos. No era una simple sirvienta inventando historias.
Sabía algo y lo sabía demasiado bien. El jefe regresó y lo separó a gritos. El trabajo siguió sin pausa. A media mañana todos se movían deprisa. Esa tarde habría un pequeño banquete para los ministros, una práctica antes del gran evento real. Los cocineros corrían, los ayudantes limpiaban platos y los mozos llevaban bandejas al salón.
Lucía se encargó de hornear los panes principales. Alejandro la ayudó a acomodar las hogazas sobre la mesa. Mientras trabajaban, ella habló casi sin querer. Estos panes son para la mesa de la condesa. Siempre pide que se los sirvan recién horneados. La ha visto últimamente, preguntó él. Lucía lo miró con sorpresa.
¿Por qué tanto interés en ella? Solo curiosidad. Dicen que es una mujer muy elegante. Elegante, sí, pero hay elegancias que pesan más que un yugo. ¿Cómo dice? Nada. Solo recuerdo su casa. Los que trabajábamos ahí no podíamos ni mirarla a los ojos. Alejandro sintió una mezcla de rabia y compasión. La imagen que tenía de su prometida comenzaba a agrietarse.
Por la tarde, cuando los platos fueron servidos y los hornos apagados, los trabajadores se reunieron para comer un poco de lo que quedaba. Lucía se sentó sola, como de costumbre. Alejandro se unió a ella con la excusa de querer probar su pan. “Está delicioso”, dijo arrancando un trozo. Se nota que tiene experiencia. Años amasando harina dan algo de práctica.
¿Dónde aprendió? Mi madre era panadera en Toledo, pero yo trabajé después en casas grandes. Aprendí que las manos sirven más que la lengua en esos lugares y aún así volvió a servir en un palacio. Lucía suspiró. No tuve elección. Aquí al menos pagan y hay techo. Alejandro quiso decir algo para consolarla, pero se contuvo. Tenía que mantener su papel.
En ese momento entró el jefe con un papel en la mano. Silencio todos, ordenó. El mayordomo ha pedido que dos cocineros lleven la cena de la condesa a sus aposentos. Los trabajadores se miraron entre ellos. Nadie quería hacerlo. Era sabido que la condesa era exigente y humillaba a quien no la complacía. Voluntarios, preguntó el jefe. Lucía levantó la mano. Yo iré. El jefe la observó sorprendido.
¿Y quién más? Alejandro dio un paso adelante. Yo puedo ayudarle. El jefe encogió los hombros. Está bien, pero cuidado con romper algo. La condesa no perdona torpezas. Caminaron juntos por los largos pasillos hasta el ala norte. Alejandro no podía dejar de pensar que detrás de esas puertas estaba la mujer con la que debía casarse.
Al llegar, un guardia los detuvo. La condesa no quiere ser molestada. Dejen la bandeja y váyanse. Lucía asintió, pero mientras se retiraban escucharon voces al otro lado de la puerta. Una voz masculina, desconocida, hablaba en tono bajo. “Mañana recibirás la carta.” El príncipe sospecha. “No importa”, respondió la condesa. Una vez firmados los acuerdos, “nada podrá impedirlo.
” Alejandro se quedó helado. La voz de ella era inconfundible. Lucía lo miró asustada. Escuchó eso, susurró. Él fingió calma. No sé de qué habla. Vamos. Se alejaron deprisa, pero el corazón del príncipe latía con fuerza. Esa carta, ese tono, la traición era real. De regreso en la cocina, Lucía lo observó con preocupación. Está pálido, Andrés.
¿Le pasa algo? Nada, solo cansancio. Mire que no me gusta ver a la gente mentir. Uno termina enfermo de tanto guardar palabras. Alejandro bajó la voz. Y usted nunca ha guardado palabras. Lucía sonrió con tristeza, más de las que quisiera. Por eso a veces se me escapan. El resto del día trabajaron sin hablar.
Cuando cayó la noche, la lluvia regresó golpeando las ventanas como dedos impacientes. Los trabajadores se marcharon uno a uno hasta que solo quedaron ellos dos acomodando las obras y apagando los fuegos. Lucía, agotada se sentó junto a la mesa. Alejandro se acercó. Lo que escuchamos Oich no debería repetirse. No pienso hablar. Ya me metí en problemas antes por saber de más.
¿Qué clase de problemas? Ella miró el fuego que se apagaba lentamente. Cuando trabajaba para la condesa vi que recibía cartas de un extranjero. No eran asuntos de amor, eran mensajes sellados con emblemas. Una vez uno de los criados se atrevió a leer uno. Desapareció esa misma noche. Alejandro contuvo la respiración.
¿Está segura de lo que dice? Tan segura como de que el pan necesita levadura para crecer. Por eso me fui. No quería acabar igual. ¿Y por qué lo cuenta ahora? Porque usted no parece como los demás. Escucha sin juzgar. Y a veces hace falta decir la verdad, aunque nadie la crea. Él sintió un nudo en la garganta. Si Lucía decía la verdad, la condesa no solo era infiel, sino traidora.
Todo lo que había sospechado se confirmaba. A la mañana siguiente, los rumores corrieron por la servidumbre. Se decía que un mensajero extranjero había sido visto cerca de los jardines del norte. Alejandro intentó actuar con normalidad, pero su mente no descansaba. Necesitaba pruebas. Necesitaba verla con sus propios ojos. Lucía notó su inquietud.
Andrés, ¿qué busca realmente aquí? No parece un hombre cualquiera. ¿Por qué dice eso? Porque los hombres comunes no preguntan tanto ni miran de esa forma. Tal vez busco lo mismo que usted, sobrevivir a los secretos de este lugar. Lucía no insistió, pero su expresión decía que no le creía del todo. A media tarde, un guardia entró en la cocina. Todos se quedaron quietos.
Por orden del mayordomo, revisaremos los nombres de los empleados nuevos. Hay sospechas de que un impostor ha entrado en el palacio. Alejandro sintió el corazón en la garganta. Un impostor, repitió el jefe de cocina. Aquí solo trabajamos los mismos de siempre. Veremos. Nadie sale hasta que se confirme. El guardia comenzó a revisar lista en mano.
Alejandro mantenía la cabeza gacha, fingiendo limpiar una bandeja. Cuando el soldado se acercó, Lucía intervino. Oficial, él es mi ayudante. Vino conmigo de Segovia. El guardia la miró de arriba a abajo. ¿Estás segura? Sí, absolutamente. Lo contraté yo misma. El hombre dudó un momento y pasó de largo.
Alejandro apenas respiró cuando salió de la cocina. “Gracias”, susurró. “No me lo agradezca. No sé por qué lo hice. Solo no me pareció justo. Él la miró con gratitud. Me salvó. Entonces, pájeme con silencio. No diga nada. Ni sobre lo que escuchamos, ni sobre usted. Y si el silencio también es peligroso. Peor es hablar en un lugar donde las palabras cuestan la vida.
El jefe de cocina los llamó y todo quedó en suspenso. Sin embargo, el miedo se quedó flotando. Esa noche, Alejandro no durmió. Pensó en lo cerca que había estado de ser descubierto, en las cartas, en la voz de la condesa y, sobre todo, en Lucía. Cuando por fin salió el sol, ya había tomado una decisión. seguiría fingiendo, seguiría observando.
Necesitaba la verdad completa, aunque doliera. Horas más tarde, mientras el día avanzaba con el mismo ritmo de siempre, los sirvientes se agolparon junto a la entrada. Un guardia volvió con una noticia que el heló a todos. El mayordomo ha recibido una denuncia. Alguien asegura que entre ustedes hay un impostor disfrazado y esta vez el rey mismo ha pedido que lo encuentren. El anuncio corrió como pólvora.
En cuestión de minutos, las cocinas se llenaron de murmullos, de miradas nerviosas, de manos que fingían trabajar mientras los ojos buscaban al supuesto impostor. Alejandro sintió que el corazón le latía en los oídos. No podía permitirse un error, un paso en falso y todo terminaría. El jefe de cocina, con su voz ronca, intentó poner orden.
Basta de hablar. Aquí todos tienen trabajo que hacer. Quien sea inocente no teme una revisión. Lucía se acercó a Alejandro y le susurró apenas, “No se mueva. Déjeme hablar si preguntan por usted.” Él la miró sorprendido por su valentía. No tiene por qué arriesgarse. No lo hago por usted, Andrés. Lo hago porque odio la injusticia.
Los guardias entraron con paso pesado. Revisaron nombres, rostros, manos. Preguntaban por cartas de recomendación, por lugares de origen, por detalles que pocos sabían responder. Cuando se acercaron a Alejandro, el aire se volvió denso. “Tú, dijo uno de ellos, ¿de qué ciudad vienes?” Alejandro fingió dudar.
“De Toledo, señor, ¿y tu carta de entrada?” Lucía intervino de inmediato. La perdió en el viaje. Yo di su nombre al jefe de cocina. Es buen trabajador, no hay motivo para sospechar de él. El guardia la miró con desconfianza. Muy generosa, demasiado. El jefe de cocina levantó la voz. Si hubiera un impostor aquí, yo sería el primero en saberlo.
Este muchacho limpia mejor que la mitad de mis hombres. Los soldados se miraron entre ellos, dudosos. Finalmente, el más alto asintió. De acuerdo, pero si llega otra denuncia, volveremos. Cuando salieron, el silencio se rompió con un suspiro colectivo. Lucía apretó las manos intentando ocultar el temblor. Alejandro quiso agradecerle, pero ella le lanzó una mirada severa.
“No diga nada, ya hice demasiado. Le debo más de lo que imagina”, susurró él. El jefe de cocina ordenó volver al trabajo. Nadie habló del asunto durante el resto del día, aunque todos lo pensaban. Alejandro se obligó a actuar con naturalidad, pero por dentro ardía de miedo y gratitud. Esa mujer lo había protegido sin saber quién era.
Esa noche, cuando el palacio se fue quedando en silencio, una tormenta comenzó a golpear los muros. El viento se colaba por las rendijas y hacía crujir las ventanas. Alejandro estaba a punto de retirarse cuando vio a Lucía corriendo hacia los hornos tratando de cubrirlos con telas gruesas para que el agua no los apagara. “Déjeme ayudarla”, dijo él tomando una lona.
“No hace falta, ya estoy acostumbrada.” Dos manos más no estorban. Trabajaron lado a lado mientras la lluvia arreciaba. Los truenos retumbaban sobre ellos y el fuego del horno parpadeaba con cada ráfaga. En medio de la oscuridad, Lucía habló casi sin querer. ¿Alguna vez has sentido que todo lo que hace es solo para mantener un secreto? Más veces de las que quisiera.
Entonces somos parecidos, dijo con una sonrisa débil. Yo también tengo uno. Alejandro sintió un nudo en el pecho. ¿Qué secreto guarda Lucía? Ella tardó en responder. No siempre fui cocinera. Antes trabajé en casa de la condesa de Albear. Él la miró fijo. ¿La conoce? Sí, y ojalá no la conociera.
El trueno siguiente cayó tan fuerte que por un instante no pudieron oírse. Cuando el ruido pasó, Lucía continuó. No debería contarlo, pero usted me salvó esta mañana. Lo menos que puedo hacer es confiarle una verdad. Lo escucho. La condesa no es quien todos creen. Finge virtud, pero usa la bondad como máscara. Vi cosas, cartas que no eran para el príncipe.
Un hombre extranjero iba a su casa siempre al anochecer. Decían que era diplomático, pero sus reuniones no eran de política. Alejandro tragó saliva. ¿Por qué no lo denunció? ¿Y a quién? Si una sirvienta acusa a una noble, nadie la escucha. Me habrían acusado de mentir. Así que me fui.
Me alejé antes de que alguien me hiciera desaparecer como al mozo, que se atrevió a leer una de esas cartas. El fuego proyectaba sombras en su rostro. Alejandro sintió una mezcla de rabia y miedo. Si lo que decía era cierto, su compromiso estaba construido sobre una traición. ¿Y las cartas? Preguntó, “¿Sabe a dónde las enviaba?” Lucía negó con la cabeza.
Solo sé que venían con el sello del reino de Orleans, el mismo sello que él había visto en la carta anónima. Su respiración se volvió más rápida. Lucía, debe prometerme que no hablará de esto con nadie. Lo haré si usted promete cuidarse. Hay ojos en todas partes. Un ruido los interrumpió. Una sombra se movió detrás de la puerta. Ambos se quedaron inmóviles.
Lucía se giró lentamente. Entre el parpadeo del fuego alcanzaron a ver una silueta femenina observándolos desde el umbral. Luego la sombra desapareció. ¿Quién era?, preguntó Alejandro. Lucía palideció. Creo que la reconozco. Es la doncella de la condesa. ¿Estás segura? Sí. Trabajó conmigo antes. Me odia. Siempre dijo que yo sabía demasiado. El corazón de Alejandro se aceleró.
Si la doncella había escuchado algo, ambos estaban perdidos. Tenemos que fingir que no vimos nada. Ella no fingirá, dijo Lucía con voz temblorosa. Va a contarle todo. Alejandro miró hacia el pasillo vacío. Afuera, la tormenta rugía con más fuerza. Entonces, debemos prepararnos para lo que venga.
Lucía asintió, sin atreverse a decir más. A la mañana siguiente, el ambiente en las cocinas era tenso. El jefe de cocina gritaba más de lo normal. Los sirvientes hablaban entre murmullos. Cuando Lucía llegó, todos la miraron de reojo. Alejandro sintió el peso de esas miradas. Algo había cambiado. Poco después entró el mayordomo con rostro severo. Lucía Morales.
Su presencia es requerida en la sala del servicio. Ella se quedó helada. Yo, ¿por qué? Preguntas después. Muévase. Alejandro quiso intervenir, pero el jefe de cocina lo detuvo con un gesto. No te metas, muchacho. No ganarás nada. Lucía lo miró una última vez antes de salir. Esa mirada bastó para romperle el alma.
Pasaron los minutos como horas, nadie hablaba. Cuando por fin regresó el mayordomo, traía un papel en la mano. Por orden de la jefa de servicio, la cocinera Lucía Morales queda suspendida de su cargo hasta nueva revisión. El murmullo fue inmediato. Alejandro apretó los puños. ¿Por qué? Preguntó. Difusión de rumores y conducta inapropiada.
Parece que la señorita ha estado hablando de la condesa con quien no debe. Lucía no regresó ese día. Alejandro esperó hasta la noche y luego, desesperado, decidió seguirla. Cambió su ropa de sirviente por un abrigo oscuro y salió del palacio por la puerta trasera. La lluvia había cesado, pero el aire seguía frío.
La encontró en una pequeña posada del camino, sentada junto al fuego, con los ojos rojos de tanto llorar. Sabía que vendría dijo sin levantar la vista. Solo alguien tan imprudente como usted seguiría a una mujer despedida. No podía dejar que se fuera así. No es justo lo que le hicieron. La justicia no vive en los palacios, Andrés, solo las apariencias. Él se sentó frente a ella.
Dígame la verdad completa. ¿Por qué la odia tanto la condesa? Lucía se frotó las manos tratando de entrar en calor porque sabe que la vi. Una noche en su casa entré al despacho para dejar una bandeja y la encontré escribiendo una carta. No estaba sola. El hombre extranjero le hablaba de dinero y poder.
Ella le dijo que el príncipe era ingenuo, que caería en la trampa. Alejandro sintió un vértigo. ¿Qué trampa? No lo sé. Solo escuché esas palabras. Cuando me vio, me despidió al día siguiente. Desde entonces he tenido miedo. Lucía, lo que dice es grave. podría destruir el compromiso real. Entonces, guárdelo para usted. No diga que lo supo por mí. No puedo callar.
Si habla, la arrastrará conmigo. No se lo permitiré. Él la miró con ternura. No la arrastraré. La protegeré. Ella rió con tristeza. Nadie puede proteger a una sirvienta. El silencio los envolvió. El fuego crepitaba entre ellos. De pronto, Lucía se inclinó hacia él y habló en voz baja, como si las paredes pudieran oír. Hay algo más. La condesa no solo recibe cartas, planea huír del reino.
¿Qué? Lo escuché con mis propios oídos. Dijo que cuando el príncipe firme el acta del matrimonio, tendrá acceso a los sellos del reino. Con ellos podrá entregarlos a Orleans y desaparecer antes del amanecer. Alejandro sintió que el mundo se desmoronaba. Eso no puede ser verdad. Lo es. Y si lo duda, mire el jardín norte. Es ahí donde se reúnen.
Él se levantó temblando. Debo regresar al palacio. Lucía intentó detenerlo. Espere. Si vuelve ahora, lo descubrirán. No tengo elección. Ella se quedó mirándolo sin entender la fuerza que lo impulsaba. Andrés, tenga cuidado. No quiero que por mi culpa lo maten. Él la tomó de la mano. Nada de lo que ha dicho fue en vano. Gracias por confiar en mí.
Lucía asintió con los ojos húmedos. Prométame que si sale de esto, no volverá aquí. El palacio destruye a los que buscan la verdad. Alejandro soltó su mano lentamente y salió al frío de la noche. Cada paso lo alejaba de ella, pero lo acercaba al abismo de su destino. Cuando llegó al palacio, un mensajero lo esperaba en el pasillo principal, jadeante por la urgencia.
“Traigo noticias para su alteza”, dijo el hombre inclinándose. Alejandro sintió un escalofrío. Nadie debía llamarlo así en ese lugar. “¿Qué noticias? El rey ha ordenado adelantar la boda. Será dentro de tres días. El mensaje cayó como un golpe. Alejandro apenas pudo mantener la calma frente al mensajero. Tres días.
En tres días debía casarse con una mujer que planeaba traicionarlo. El hombre esperó instrucciones, pero el príncipe solo asintió y lo despidió con voz tensa. Cuando se quedó solo, sintió que el aire se volvía más pesado que el mármol de los muros. No podía dormir. Caminó por los pasillos vacíos del palacio con el eco de sus propios pasos, siguiéndolo como un fantasma.
El silencio lo empujaba a tomar decisiones, pero cualquier movimiento podía delatarlo. Si hablaba, pondría en ridículo al rey y al reino entero. Si callaba, entregaría su vida a una mentira. Al amanecer fue directo a las cocinas. Tenía que ver a Lucía. tenía que asegurarse de que estuviera bien, pero su lugar estaba vacío. Nadie sabía dónde estaba la cocinera despedida.
“La echaron ayer”, dijo el jefe de cocina mientras afilaba un cuchillo. No tenía buenas influencias, o eso dijo el mayordomo. Alejandro disimuló la frustración. ¿Y sabe a dónde fue? A las afueras. Al parecer la contrató una posada del camino sur. Pero no pierdas el tiempo pensando en ella, muchacho. Aquí todos somos reemplazables. Todos, menos yo, pensó con amargura.
El resto del día lo pasó entre tareas mecánicas, fingiendo que seguía siendo Andrés. Cada mirada de los sirvientes lo hacía sentir atrapado. Por la noche decidió escaparse de nuevo. Cruzó los jardines sin escoltas, cubierto con una capa, y siguió el camino hasta la posada. Lucía estaba allí. limpiando mesas bajo la tenue luz de las velas. Cuando lo vio entrar, se quedó inmóvil.
Sabía que no iba a obedecerme, dijo sin sorpresa. No podía dejarla sola después de lo que me contó. Estoy acostumbrada a estar sola. Alejandro se quitó la capucha. Sus ojos hablaban más que sus palabras. Lucía, la boda se adelantó. Será en tres días. Ella se quedó sin habla. Tan pronto. Sí. No tengo tiempo. Necesito saber si todo lo que dijo es verdad.
Lucía apretó el trapo entre las manos. No mentí. Si pudiera borrar lo que vi, lo haría, pero no puedo. Entonces, debo actuar. Actuar como si dice algo sin pruebas, lo acusarán de conspirar. Y si consiguiera una prueba, una carta, un testigo? Lucía lo miró con desesperación. No lo haga. Esa mujer es peligrosa. Si sospecha de usted, lo destruirá. Ya me está destruyendo.
Ella se giró como si no quisiera verlo tan decidido. ¿Por qué me busca a mí? ¿Usted podría resolver esto con su gente? Él dudó. Porque no confío en nadie más. Lucía lo observó en silencio. Había una verdad que comenzaba a asomarse entre ellos, una que ninguno se atrevía a nombrar. Esa noche hablaron durante horas.
Lucía le contó con detalle cómo había visto llegar al mensajero extranjero, como la condesa guardaba las cartas en una caja de plata bajo llave. También recordó que siempre se reunían en el jardín norte, justo cuando el reloj marcaba las 9. “Si quiere verla en falta, vaya allí”, dijo. “Pero tenga cuidado, no vaya solo. No tengo a quién llevar. Entonces no vaya”, repitió ella. Alejandro sonrió con cansancio. Prometo tener cuidado.
Cuando se levantó para irse, Lucía lo detuvo. Andrés, no sé quién es usted realmente, pero me temo que no pertenece a mi mundo. Si regresa, podría ser tarde. Él la miró fijamente. Volveré. Se lo juro. Al llegar al palacio, la noche ya había caído. Caminó sin ruido hasta el jardín norte.
La luna iluminaba los rosales y el viento traía el perfume de la lavanda. Esperó una estatua observando el sendero. A los pocos minutos, una figura femenina apareció entre las sombras. La condesa de Alvear caminaba con paso ligero, envuelta en una capa azul. Se detuvo junto a la fuente, mirando a su alrededor. Poco después, un hombre delgado y de acento extranjero se le acercó. Alejandro contuvo la respiración.
Todo está listo dijo el hombre. Cuando el príncipe firme el acta, tendremos acceso al sello real. Perfecto, respondió la condesa. Para entonces ya habremos salido de Castilla. El príncipe apretó los puños. No podía creer lo que oía. Y el muchacho que te sirve como espía en la cocina, preguntó el hombre. No se preocupe, está controlado. Nadie sospecha de mí. Alejandro se dio cuenta de que hablaban de Lucía. El corazón le golpeó el pecho.
El príncipe jamás imaginará que la traición duerme tan cerca, añadió la condesa con una risa suave. Él sintió una mezcla de furia y desilusión. Estuvo a punto de salir de su escondite, pero se contuvo. Necesitaba pruebas, no impulsos. Esperó a que se marcharan. Cuando lo hicieron, volvió al palacio con la mente ardiendo.
Al amanecer fue a las cocinas buscando a Lucía. Quería contarle lo que había visto, advertirle del peligro, pero apenas cruzó la puerta, todos se quedaron en silencio. La atmósfera era diferente, densa, llena de sospecha. El jefe de cocina lo señaló con un gesto. Andrés, el mayordomo quiere verte a mí. ¿Por qué? Ve y descúbrelo. Alejandro caminó hacia la sala del servicio, donde lo esperaban dos guardias y la jefa de servicio.
Lucía estaba de pie con el rostro pálido. ¿Qué ocurre aquí?, preguntó él. La jefa levantó un papel. Esta mujer ha sido acusada de difundir rumores contra la condesa de Albear y de reunirse a solas con empleados desconocidos. Uno de ellos eres tú. Lucía intentó defenderse.
No he hecho nada malo, solo trabajo aquí. La jefa la interrumpió. La doncella de la condesa te vio hablando con este hombre durante la tormenta. Dijo que mencionabas cartas y traiciones. Lucía negóesperada. No fue así. Estábamos protegiendo los hornos nada más. La jefa no la escuchó. Por orden del mayordomo, queda despedida y prohibida su entrada al palacio. Los guardias se acercaron para escoltarla.
Alejandro dio un paso al frente, pero Lucía lo detuvo con una mirada. “No diga nada”, murmuró, “por favor.” Él sintió la impotencia quemarle el pecho. Si hablaba, pondría en riesgo su identidad. Si callaba, la perdería. Lucía fue conducida hasta la puerta principal. Los demás empleados la miraban en silencio.
Nadie se atrevió a defenderla. El sonido de sus pasos sobre el mármol fue lo último que quedó de ella en ese lugar. Esa noche el príncipe no soportó más. Se quitó el delantal, arrojó la gorra al suelo y salió del palacio. No le importaba quién lo viera, cabalgó hasta la posada bajo un cielo sin luna.
Lucía lo vio llegar empapado, con la mirada encendida. ¿Qué hace aquí? van a descubrirlo. No puedo quedarme mientras te culpan por mi culpa. No fue su culpa. Me habrían echado tarde o temprano. Lucía, escúchame. Vi a la condesa. Vi cómo hablaba con su cómplice. Planean traicionar al reino. Ella lo miró horrorizada. Entonces, todo es cierto. Sí.
Y ahora entiendo por qué te odia. Lucía se cubrió el rostro con las manos. No debí decirle nada. Si no lo hubieras hecho, yo seguiría ciego. Se quedaron en silencio un momento. El fuego de la chimenea iluminaba sus rostros. Fuera. El viento soplaba con fuerza. Lucía habló con voz temblorosa.
¿Y qué hará ahora, Andrés? Alejandro, corrigió él sin pensarlo. Ella lo miró confundida. ¿Qué dijo? El príncipe cerró los ojos un instante, sabiendo que ya no podía ocultarlo. Mi nombre, mi verdadero nombre. Alejandro de Borbón. Lucía retrocedió un paso. No, no puede ser. Lo siento. No quería mentirte, pero necesitaba saber la verdad. Ella se cubrió la boca. Y yo le hablé como si fuera igual que yo.
Eso fue lo que más me gustó, dijo él suavemente. Que no me vieras como príncipe, sino como hombre. Lucía temblaba. Ahora entiendo el peligro. Si saben que vino aquí, lo acusarán de traición. No permitiré que te hagan daño. Ya lo hicieron. No pertenezco a su mundo, su alteza. No me llames así. Es lo que es. Y yo soy solo una cocinera despedida. Alejandro intentó acercarse, pero ella se apartó.
Déjeme ir, por favor, Lucía, no puedo. Lo que sabes puede salvar al reino o puede destruirlo, respondió ella con los ojos llenos de lágrimas. Si habla, su propia familia quedará manchada. Él la observó en silencio. Sabía que tenía razón, pero también sabía que no podía seguir mintiendo. Voy a enfrentarla, dijo al fin, aunque me cueste todo.
Lucía negó con la cabeza. Entonces tendrá que hacerlo solo. Alejandro la miró por última vez antes de salir. Gracias por decirme la verdad. Un día lo entenderás. Cuando volvió al palacio, un mensajero lo esperaba con una capa empapada y un rostro preocupado. Su alteza, el rey desea verlo al amanecer.
La boda será anunciada públicamente mañana. Alejandro asintió, intentando no dejar ver su angustia. El mensajero dudó un instante antes de agregar en voz baja, “Y sepa que la condesa ha pedido reforzar la guardia del ala norte. dice que teme a los traidores dentro del palacio. El príncipe lo miró fijamente con el rostro endurecido.
Sabía que el juego se había convertido en una trampa y que si no actuaba pronto, el reino entero caería con él. El amanecer llegó con un silencio extraño. El palacio de Castilla se despertó con los preparativos de la boda, pero bajo la superficie de los festejos había un rumor que nadie se atrevía a mencionar. Alejandro observaba desde su ventana los carros cargados con flores, el ir y venir de los sirvientes y el brillo del oro que adornaba los corredores.
Todo parecía en orden y sin embargo, dentro de él todo estaba en ruinas. En tres días debía casarse con una mujer que había planeado traicionarlo. No podía revelarlo sin hundir a su familia. Se acusaba a la condesa sin pruebas, el escándalo sería mortal. Si callaba, el reino terminaría en manos de sus enemigos.
Mientras la corte celebraba, él seguía con la ropa de trabajo escondida bajo su capa. bajó a las cocinas con la excusa de revisar los preparativos del banquete. Nadie sospechó de su presencia, aunque algunos lo miraron con respeto. No era común que el príncipe visitara el lugar donde se preparaba su propia boda. El jefe de cocina se apresuró a saludarlo. Su alteza, un honor tenerlo aquí. Todo está bajo control. Alejandro asintió.
Solo quiero ver cómo va todo. He oído hablar del talento de su personal. El hombre sonrió nervioso. Sí, aunque lamentablemente perdimos a una buena cocinera hace unos días. Lucía Morales. Una pena. El nombre la hizo aparecer en su mente de inmediato. He oído que regresó al pueblo. Eso dicen. Pero no durará mucho allá. La gente olvida rápido a los que caen en desgracia. Alejandro se apartó.
No podía soportar oír su nombre en boca de otros. observó el ajetreo de los trabajadores. Ollas humeantes, panes dorados, copas relucientes, todo tan perfecto y vacío. Por la tarde, los ministros se reunieron con el rey para definir los detalles del compromiso. Alejandro asistió fingiendo interés. Escuchaba las palabras, pero su mente estaba en otra parte.
veía el rostro de Lucía, las cartas de la condesa, la amenaza de Orleans. Cuando la reunión terminó, su padre lo llamó aparte. Dijo, “El pueblo espera una boda ejemplar. Esta unión traerá estabilidad. No permitas que tus dudas personales interfieran con tu deber.” Alejandro bajó la cabeza. “Lo sé, padre. Haré lo que se espera de mí.” El rey le puso una mano en el hombro. La condesa es una mujer astuta.
Confío en que sabrás mantenerla cerca. A veces mantener al enemigo junto a uno mismo es la mejor defensa. Las palabras lo dejaron inquieto. ¿Acaso su padre sospechaba algo? Esa noche el príncipe vagó por los jardines. La luna iluminaba las fuentes y los rosales. En el aire flotaba el olor del vino y la música de los preparativos.
Pasó junto al jardín norte, el mismo donde había visto a la condesa con su cómplice. Todo parecía tranquilo, pero el recuerdo lo perseguía. Escuchó pasos y se escondió detrás de una columna. Era la condesa. Caminaba sola, envuelta en un manto claro. Se acercó a la fuente, miró a su alrededor y sacó algo de su bolso. Un sobre sellado con un emblema. Alejandro reconoció el símbolo de Orleans.
Se acercó sin hacer ruido. La condesa arrojó el sobre a la corriente de la fuente y se alejó con calma. Cuando desapareció, él corrió hacia el agua y recuperó el papel. El sello estaba roto por el agua, pero el contenido seguía legible. Cuando el príncipe firme, Castilla será nuestra. No quedaba duda, era la prueba que necesitaba. A la mañana siguiente volvió a las cocinas. Nadie esperaba verlo tan temprano.
El jefe de cocina se sobresaltó al verlo entrar. Su alteza. Tan pronto. Alejandro lo ignoró y se dirigió a un rincón donde trabajaba uno de los ayudantes más viejos, un hombre que había servido en la casa de la condesa años atrás. “Necesito hablar contigo”, dijo en voz baja. El hombre se inclinó.
“A sus órdenes, ¿recuerdas haber visto algún mensajero extranjero visitando a la condesa? El sirviente dudó. Algunos sí, pero preferiría no hablar de eso. Alteza, no quiero perder la lengua. Alejandro le mostró la carta mojada. Ya no hay vuelta atrás. Dime lo que sabes. El hombre miró alrededor y bajó la voz. Venían de noche. Uno traía una insignia con un lirio dorado.
La condesa le entregaba sobres sellados. Decían que eran asuntos diplomáticos, pero no eran del rey. ¿Podrías repetir eso ante el consejo si fuera necesario? El sirviente tragó saliva. Si su alteza me protege, sí, lo haré. En ese momento, un guardia entró anunciando la llegada de un mensajero. Alejandro guardó la carta con rapidez. El guardia lo buscó con la vista, sin reconocerlo al principio.
El rey solicita su presencia, su alteza. La condesa desea discutir detalles de la ceremonia. Iré enseguida, respondió. Cuando llegó a la sala, la condesa lo esperaba vestida de blanco con una sonrisa calculada. “Mi príncipe”, dijo con dulzura, “el pueblo está encantado. Pronto seremos uno ante Dios y la corona.” Él la observó con frialdad.
Eso dicen. ¿Pasa algo? Lo noto distante, solo cansancio. Han sido días largos. Ella se acercó y le tomó la mano. No me gusta verlo triste. Tal vez no me gusta fingir, respondió él apartando la mano. Por un instante, algo cambió en los ojos de la condesa. Luego recuperó la sonrisa. Todos fingimos, mi señor.
Esa es la primera lección del poder. Alejandro comprendió que no obtendría nada enfrentándola de frente. Decidió esperar, reunir más pruebas. Esa noche, mientras el palacio dormía, regresó al jardín norte. Quería ver si el mensajero regresaba. Se escondió entre los rosales. Pasó una hora, luego dos.
Finalmente vio una sombra acercarse. Era la misma figura del extranjero. Llevaba un abrigo oscuro y un sobre en la mano. El príncipe lo siguió en silencio hasta una pequeña puerta lateral que conducía al ala oeste. El hombre se detuvo allí mirando alrededor como esperando a alguien. Alejandro dio un paso más, pero una rama crujió bajo su bota.
El mensajero se giró. ¿Quién está ahí? El príncipe se quedó quieto conteniendo la respiración. El hombre miró unos segundos y luego desapareció entre los árboles. Alejandro lo siguió, pero lo perdió de vista. Cuando regresó, encontró un pañuelo caído junto a la fuente. Era de la condesa bordado con su escudo familiar. Lo guardó con la carta. Al día siguiente, todo el palacio se movía con prisa.
El banquete de compromiso debía realizarse esa noche. Lucía había sido llamada de nuevo para ayudar bajo petición del jefe de cocina que no encontraba reemplazo para su talento. Cuando Alejandro la vio entrar, se quedó inmóvil. Ella lo notó y se detuvo en seco. Su alteza. No sabía que estaría aquí. No esperaba volver a verla. El jefe de cocina me pidió ayuda.
Solo vine a trabajar nada más. Entonces trabaje, pero con cuidado. La condesa no la querrá cerca. Lo sé, pero no puedo esconderme siempre. Alejandro bajó la voz. La carta que mencionó la tengo. Es real. Lucía se sorprendió. De verdad. Sí. Con eso puedo probar su traición. Pero necesito tiempo. Tiempo es lo que menos tiene.
El resto del día trabajaron bajo la tensión de las miradas ajenas. Lucía servía en silencio sin levantar la vista. Alejandro vigilaba cada movimiento de la condesa desde su lugar en la mesa. Ella reía, hablaba, fingía inocencia. Cuando la noche avanzó, el rey se levantó para brindar. Por la unión que sellará la paz en Castilla, dijo con solemnidad.
Alejandro alzó su copa, pero no bebió. miró a la condesa. Ella sonreía radiante. Por un instante pensó en desenmascararla frente a todos, pero el rostro de su padre, lleno de orgullo detuvo. No podía hacerlo allí. Después del banquete, la condesa se retiró a sus aposentos. Alejandro esperó unos minutos y la siguió en silencio por los corredores oscuros.
La vio entrar al estudio y cerrar la puerta. Desde afuera escuchó el sonido de un cer rojo y luego el de una caja metálica. Se asomó por la rendija y la vio sacar varias cartas, entre ellas una con el mismo sello de Orleans. “Con esto bastará”, murmuró ella guardándolas en un cofre pequeño. Alejandro retrocedió. Tenía que conseguir ese cofre. Al día siguiente lo haría.
Mientras volvía a su habitación, pensó en Lucía, en cómo la verdad los había unido, aunque el destino lo separara, en cómo un corazón humilde había tenido más valor que toda la nobleza junta. Cuando el reloj marcó la medianoche, una figura golpeó suavemente la puerta de su cuarto. Era Diego, su asistente. Su alteza, susurró.
Un mensajero acaba de llegar del Consejo Real. ¿Qué sucede? Han confirmado la fecha final. La boda será mañana al mediodía. El príncipe se quedó helado con la carta aún escondida bajo la capa. Mañana, repitió con voz baja. Sí, señor. El rey quiere evitar más rumores. Todo debe hacerse rápido.
Alejandro cerró los ojos sintiendo el peso del destino caer sobre él. Entonces, esta noche tendré que actuar. Diego lo miró sin entender. ¿Qué piensa hacer, Alteza? Alejandro tomó aire y apretó la carta entre los dedos. Encontrar la verdad frente a todos, aunque me cueste la corona. Y sin decir más, se dirigió hacia el pasillo que conducía al ala oeste, decidido a enfrentarse con su destino antes de que amaneciera. La noche se volvió más fría que nunca.
Alejandro caminaba por los pasillos desiertos del palacio con la carta escondida dentro de su abrigo y una sola idea repitiéndose en la mente. Tenía que detener esa boda antes de que el reino cayera. Los ecos de sus pasos lo acompañaban como si el edificio entero respirara con él.
Llegó hasta la galería del ala oeste, donde las sombras se estiraban sobre los retratos de sus antepasados. A cada paso, la sensación de culpa crecía. su linaje, su deber, su padre, todo lo que había jurado proteger estaba a punto de mezclarse con la mentira más grande de la corte. No podía hacerlo solo. Necesitaba alguien que conociera los rincones del palacio mejor que los nobles, alguien que no temiera la verdad. Pensó en Lucía. Fue a buscarla a las cocinas.
Eran casi las 11 cuando la encontró de pie junto al horno revisando bandejas de pan. Al verlo, se sorprendió. Su alteza, susurró, “Porque está aquí, no hay tiempo. Mañana se casará una traidora y necesito pruebas.” Ella dejó el pan y lo miró con seriedad. ¿Qué clase de pruebas? Cartas. Las guarda en un cofre en su estudio del ala oeste.
Si logro tomarlas, podré presentarlas al consejo. Lucía negó con la cabeza. Eso es una locura. Si la condesa o sus guardias lo descubren, lo acusarán de espionaje. No tengo opción. Entonces, permítame ayudarle, dijo sin dudar. Alejandro la miró sorprendido. Ayudarme. Yo puedo entrar al ala oeste sin que nadie sospeche.
Los sirvientes llevamos los alimentos nocturnos. Nadie me detendrá. Él quiso protestar, pero ella lo interrumpió. Si va solo, lo atraparán. Déjeme hacerlo. Nadie sospecha de mí. Alejandro dudó unos segundos y luego asintió. De acuerdo, pero si algo sale mal, usted corre al establo. No se quede a esperarme. Lucía asintió. Lo prometo. Prepararon el plan rápidamente.
Lucía se disfrazó con un delantal limpio y tomó una bandeja de té. Alejandro la siguió unos metros detrás, escondido entre los pasillos. Cuando llegaron al ala oeste, el silencio era total. Solo se oía el murmullo del viento colándose por las ventanas. Lucía avanzó con pasos firmes hasta la puerta del estudio. Dentro la condesa hablaba con alguien.
“Mañana todo estará consumado”, decía una voz masculina. “Una vez firmado el documento, enviaremos el mensaje a Orleans y yo desapareceré antes de que amanezca”, respondió la condesa. “Nadie sospechará de mí.” Lucía respiró hondo y llamó a la puerta. Señora, traigo su té. La voz de la condesa cambió. Pásalo y deja la bandeja. Lucía entró. La condesa estaba sentada junto a la chimenea.
A su lado, el hombre extranjero revisaba papeles. Lucía fingió mirar al suelo mientras dejaba el té sobre la mesa. “¿Tú otra vez?”, preguntó la condesa desconfiada. “Pensé que te habían despedido. El jefe de cocina me pidió volver por una noche. Faltaban manos. La condesa la observó unos segundos y luego hizo un gesto.
Está bien, retírate. Lucía inclinó la cabeza, pero al girarse notó el pequeño cofre abierto sobre el escritorio. El corazón le golpeó el pecho. Detrás de la puerta, Alejandro observaba todo a través de la rendija. Mientras fingía tropezar, Lucía dejó caer una jarra al suelo. El ruido resonó en toda la habitación.
La condesa se levantó molesta. Torpe. Lucía se disculpó una y otra vez recogiendo los pedazos. Aprovechó el momento para deslizar la mano sobre el escritorio y tomar una de las cartas del cofre. La escondió dentro del delantal y se apresuró a salir. Alejandro retrocedió para dejarle paso. Cuando ella cruzó la puerta, él la tomó del brazo.
¿La tiene? Lucía asintió respirando agitadamente. Sí. una de ellas. Pero antes de que pudieran moverse, la voz de la condesa resonó de ellos. ¿Quién está ahí? Los dos se quedaron inmóviles. La puerta se abrió de golpe y la condesa apareció con el hombre extranjero detrás. Sus ojos se encontraron con los de Lucía. “Tú”, dijo con veneno.
“Sabía que volverías a espiarme.” Lucía intentó hablar, pero la condesa levantó la mano. “Guardias, vengan aquí.” Alejandro la tomó de la mano y corrieron por el pasillo. Detrás de ellos se escuchaban gritos y el sonido de botas acercándose. Bajaron las escaleras, doblaron esquinas, atravesaron corredores.
Cuando llegaron a las cocinas, Lucía ya casi no podía respirar. “Por aquí!”, dijo señalando la puerta trasera. Pero antes de abrirla, varios guardias aparecieron por el otro extremo del pasillo. Alto. Alejandro la empujó detrás de una mesa y sacó la carta de su delantal. Escóndela. Si me atrapan, que no la encuentren conmigo. No, usted debe conservarla.
Obedezca a Lucía. Ella tomó la carta y la guardó entre las capas de harina en un saco. En ese momento, los guardias entraron y los rodearon. Atrapen a la mujer, ordenó el capitán. La condesa exige verla. Lucía alzó las manos. No hice nada. Mentira, replicó el capitán. Fuiste vista robando papeles del despacho.
Alejandro intentó interponerse. Fue un error. Ella solo llevaba la cena. El capitán lo miró con desdén. ¿Y tú qué hacías ahí a esas horas? Lucía lo miró con súplica, rogándole silencio. Él asintió levemente. Solo limpiaba el corredor. No sabía que estaba prohibido. Los guardias ignoraron su explicación y se llevaron a Lucía.
Alejandro quiso seguirlos, pero uno de ellos lo detuvo con un empujón. El mayordomo decidirá si tú también eres culpable. Cuando los perdieron de vista, el príncipe apretó los puños. Todo se estaba saliendo de control. esperó hasta que el pasillo quedó vacío y luego fue directo a los establos. Allí se encontró con Diego, su ayudante.
“Necesito que consigas a dos hombres de confianza”, ordenó. “Lucía ha sido arrestada injustamente. La cocinera, sí, está acusada de espionaje. Debo liberarla antes del amanecer.” Diego lo miró alarmado. “Su alteza, si el rey se entera, el rey no debe saberlo todavía.” El ayudante obedeció.
En menos de una hora, los tres hombres se dirigieron a la zona baja del palacio donde estaban las celdas de los sirvientes. Dentro, Lucía se encontraba sentada sobre una manta vieja. Tenía las manos temblorosas y los ojos hinchados de cansancio. Cuando la puerta se abrió, se levantó de golpe. “Andrés”, susurró. “Alejandro”, corrigió él con suavidad.
No debió venir. Vine porque no voy a dejarte pagar por mi error. Ella negó con la cabeza. No puede liberarme. Lo atraparán también. No lo harán si nos movemos rápido. Le entregó una llave que Diego había conseguido. Lucía abrió el cerrojo y salió con él. Caminaban sigilosos entre las sombras cuando una voz los detuvo. ¿A dónde creen que van? Era la condesa acompañada por dos guardias.
sonreía con una calma inquietante. Sabía que no resistiría mi príncipe. Alejandro la enfrentó con el rostro endurecido. Su farsa ha terminado. Tengo pruebas de su traición. Pruebas, rió ella. Una carta. Seguramente ya la destruyeron mis hombres. Lucía dio un paso al frente. No la destruyeron. La escondí donde nadie la encontrará. La condesa frunció el ceño. Entonces morirás antes de hablar.
Los guardias avanzaron, pero Alejandro se interpuso. Nadie tocará a esta mujer. Eres un tonto, Alejandro, dijo la condesa. Todo lo que construiste se desmoronará. Cuando el rey sepa que dudaste de mí, será tu ruina. Prefiero caer con la verdad que vivir en tu mentira. Los guardias se detuvieron indecisos.
La voz del príncipe tenía un poder que ninguno se atrevía a desafiar. “Llévenla al salón del consejo”, ordenó Alejandro. “Ahora mismo, ¿qué pretende hacer?”, preguntó la condesa fingiendo calma. “Que la verdad se escuche frente a todos.” Los guardias se miraron sin saber a quién obedecer. Finalmente, uno de ellos se inclinó ante el príncipe.
A sus órdenes, su alteza, la condesa palideció. Por primera vez la máscara se le rompió. Caminaron por los pasillos en silencio con Lucía detrás de Alejandro. Al llegar al gran salón, los ministros se reunían para ultimar detalles de la boda. El príncipe irrumpió con voz firme. Detengan todo. Esta boda no puede celebrarse. El rey se levantó desconcertado.
¿Qué significa esto, hijo? Alejandro arrojó sobre la mesa la carta mojada y el pañuelo bordado de la condesa. Esto, pruebas de una alianza con Orleans. Los consejeros se miraron unos a otros. La condesa intentó hablar, pero Alejandro la interrumpió. Confiese. O haré que registren su despacho. El silencio se hizo eterno. Finalmente, la condesa cambió su tono, volviéndose fría y altiva.
Y si fuera cierto, ¿qué ganaría usted con arruinar su propio nombre? La verdad, dijo él, y la libertad de quienes me ayudaron a verla. El rey tomó la carta con manos temblorosas. Al leerla, su expresión cambió. Guardias, arresten a la condesa de Albear. Ella intentó protestar, pero ya era tarde. Los hombres la sujetaron y se la llevaron.
Su mirada se cruzó con la de Lucía llena de rencor. Cuando el silencio volvió, el rey miró a su hijo. Has salvado a Castilla, pero tu desobediencia no quedará sin consecuencia. Alejandro bajó la cabeza. Acepto lo que venga, padre. Pero ella señaló a Lucía, “No debe sufrir más.” El rey suspiró. Esa mujer arriesgó su vida por ti. Merece justicia.
Lucía dio un paso atrás abrumada. No busqué justicia, majestad, solo dije la verdad. El rey asintió. Entonces, la verdad te protegerá. Alejandro se acercó a ella y tomó su mano con gratitud. Gracias por no rendirte. Lucía bajó la mirada. Ahora todo terminó. Vuelva a su lugar, su alteza.
Él intentó responder, pero ella se apartó suavemente. El palacio ya tiene su paz. Yo debo irme. Lucía, espera. Pero ella se dio la vuelta y salió del salón sin mirar atrás. Mientras la veía desaparecer por la puerta, Alejandro sintió que el silencio lo envolvía otra vez. No sabía si había salvado el reino o perdido lo único verdadero que había encontrado.
Y cuando al fin quiso seguirla, el consejero del rey se le acercó con una expresión grave. Su alteza, el consejo acaba de decidir algo más. El pueblo exige que el compromiso se mantenga. El rey ordena que en tres días se anuncie una nueva prometida para el heredero. El amanecer llegó con un cielo gris y pesado. La noticia del arresto de la condesa se había esparcido por todo el palacio antes de que el sol apareciera.
Nadie hablaba en voz alta, pero todos sabían que el escándalo era tan grande que cambiaría la historia del reino. Los criados susurraban entre pasillos, los ministros evitaban mirarse a los ojos y el rey permanecía encerrado en su despacho. En la celda principal del palacio, Lucía se encontraba sentada, envuelta en una manta que apenas la cubría. No había dormido.
Aunque su nombre estaba limpio, seguía allí por orden del consejo. Hasta que todo se aclarara. Nadie se había atrevido a liberarla sin permiso del rey. El ruido de pasos interrumpió su silencio. La puerta se abrió y entró Diego, el asistente del príncipe. Lucía Morales dijo con respeto. Su alteza ordenó que la saquen de aquí. Lucía lo miró confundida.
el príncipe, pero él el príncipe ya no espera órdenes del consejo, respondió Diego con una sonrisa cansada. Dice que es hora de pagar una deuda. Lucía se levantó lentamente. Afuera la esperaba Alejandro de pie, sin capa ni escoltas. Parecía más hombre que príncipe. Cuando sus miradas se cruzaron, el tiempo se detuvo. No debió venir, susurró ella.
Ya hizo bastante por mí, apenas empecé. respondió él con voz firme. No permitiré que te traten como culpable cuando fuiste la única que tuvo valor. Caminaron juntos por el corredor de piedra. Nadie se atrevió a detenerlos. Al salir al patio, el aire fresco los envolvió. Lucía respiró profundamente, como si volviera a vivir. ¿Qué pasará con la condesa?, preguntó en voz baja.
Será juzgada por traición. El rey firmó el decreto esta madrugada. Lucía bajó la mirada. Nunca quise destruir a nadie, solo decir la verdad. Y lo lograste, dijo Alejandro. Pero aún hay quienes no te perdonan por eso. No espero perdón, alteza, solo paz. Él se detuvo. Lucía, deja de llamarme así.
Ya no quiero ese título entre nosotros. Ella lo miró sin entender. ¿Qué dice? que si no fuera por ti, seguiría ciego. La nobleza no está en el linaje, sino en el corazón. Lucía sonrió apenas con tristeza. Habla como si quisiera abandonar su trono. Tal vez sí. Su voz fue un susurro. Un trono sin verdad no vale nada.
Antes de que pudiera responder, un grupo de soldados se acercó. El capitán se inclinó ante el príncipe. Su alteza, el Consejo Real solicita su presencia inmediata. ¿Qué ocurre ahora? El rey está reunido con los ministros. Hablan de un nuevo compromiso para asegurar la estabilidad. Alejandro apretó la mandíbula.
Dígales que iré enseguida. Lucía retrocedió un paso. Debe ir. El rey no lo necesita. Lo que necesito está aquí, dijo él mirándola con intensidad. Ella negó suavemente. No diga eso. Si se queda a mi lado, todo lo que salvó se perderá. Alejandro la observó. un largo momento, pero luego asintió. Te prometo que volveré. No importa lo que decidan.
Lucía lo miró alejarse por el corredor. No lo sabía, pero esas palabras quedarían grabadas en su memoria. El salón del consejo olía a incienso y tensión. El rey con el rostro pálido, escuchaba las voces de los ministros que discutían sobre alianzas, reputación y política. Cuando Alejandro entró, todos callaron.
Majestad, dijo uno de los consejeros, la boda cancelada ha generado inquietud entre los aliados. Necesitamos una nueva unión antes de que los rumores crezcan. El rey miró a su hijo con cansancio. Dicen que en Lisboa hay una duquesa dispuesta a casarse contigo. Sería una alianza útil. Alejandro se mantuvo en silencio unos segundos antes de hablar.
Padre, no puedo comprometerme otra vez por obligación. No hablas como un príncipe, sino como un niño, respondió el rey. Castilla necesita estabilidad, no caprichos. Castilla necesita verdad, replicó Alejandro. Acabamos de salvar al reino de una traición por un matrimonio sin amor. ¿Quiere que repita el error? El silencio cayó sobre la mesa.
El rey respiró hondo. Eres mi hijo, pero también eres el heredero. Tu deber está por encima de tus sentimientos. Y si mi deber me pide renunciar al amor, ¿qué quedará de mí como hombre? Preguntó Alejandro. Te quedarás con la historia, respondió el rey con frialdad.
Alejandro se inclinó brevemente y salió sin pedir permiso. Nadie se atrevió a detenerlo. Esa noche la corte se llenó de murmullo sobre su rebeldía. Algunos decían que el príncipe planeaba abandonar el palacio, otros que había perdido la razón. Solo Lucía conocía la verdad. En las cocinas el jefe la recibió con una mezcla de alivio y temor. Dicen que fuiste tú quien salvó al príncipe.
No lo salvé, dijo ella amasando pan. Solo le mostré lo que no quería ver. El hombre bajó la voz. Ten cuidado, Lucía. La gente poderosa no olvida a quienes los hacen sangrar. Esa misma noche, cuando todos dormían, Alejandro regresó. Vestía ropa sencilla, sin insignias. La buscó entre los hornos y la encontró cubriendo el pan con telas. Sabía que aquí la encontraría. Dijo. Lucía se sobresaltó.
¿Qué hace aquí? Es peligroso. No podía irme sin verla. El consejo está en su contra. Si lo descubren, lo exiliarán. Entonces, que lo hagan. Estoy cansado de obedecer por miedo. Lucía intentó mantener la calma. Su deber no es conmigo, sino con su pueblo. Alejandro se acercó.
Mi deber es ser honesto y lo único honesto que he sentido en años es lo que me une a ti. Ella apartó la mirada. Eso no puede ser. Somos de mundos distintos. Los títulos no definen el amor, Lucía, pero sí las consecuencias. El silencio entre ellos fue largo. Luego ella dio un paso atrás. Váyase, por favor. No quiero ser la causa de su caída. Él la miró con tristeza. Y si caer por ti fuera mi forma de ser libre.
Lucía no respondió, solo se giró y tomó una bandeja para distraerse. Alejandro entendió que insistir era inútil, dio media vuelta y se marchó. Dos días después, el rey anunció públicamente que el príncipe viajaría al norte para negociar una nueva alianza. El pueblo lo celebró como un triunfo diplomático. Solo unos pocos sabían que se trataba de un castigo encubierto. Antes de partir, Alejandro buscó a Lucía una vez más.
La encontró en los jardines traseros, donde las flores crecían libres entre los muros. “Parto mañana”, dijo él. “Tal vez tarde meses, tal vez nunca regrese.” Lucía dejó de regar las plantas y lo miró. “Entonces debo agradecerle antes de que se vaya. No me agradezcas. No hice nada que no haría por ti otra vez.” Ella respiró hondo. No se puede construir un futuro con alguien como yo.
No hables así. Tú me diste un futuro distinto. Lucía sonrió, aunque sus ojos estaban húmedos. No quiero ser recuerdo, príncipe. Quiero que viva en paz. Alejandro sacó algo de su bolsillo, un pequeño anillo de pan trenzado, seco pero intacto. ¿Recuerdas cuando hicimos esto en la cocina? Dijiste que el pan se ablanda con paciencia y también que se endurece si se olvida en el fuego. Entonces, no me olvides”, dijo colocándole el anillo en la mano.
Lucía lo miró temblar. ¿Por qué me hace esto? Porque no sé cuándo volveré y necesito saber que hay un lugar en el mundo donde mi nombre aún significa algo. Ella no pudo responder, solo lo abrazó brevemente, sabiendo que ese gesto sería su despedida. Cuando se separaron, Alejandro montó su caballo y se alejó sin escoltas. El polvo del camino lo envolvió hasta desaparecer.
Pasaron semanas. El escándalo de la condesa se desvaneció y el reino volvió a la rutina. Lucía dejó el palacio y se refugió en un convento de las afueras donde ayudaba a hornear pan para los pobres. Cada mañana el olor a masa caliente le recordaba la voz del príncipe, su mirada, sus manos. Un día, mientras servía pan a los niños del pueblo, una anciana le entregó una carta sin sello. Me la dieron en la plaza.
Dijeron que era para ti. Lucía la tomó con cuidado. La letra era inconfundible. Lucía, he cumplido con mi deber, pero no con mi corazón. Mi viaje no me ha llevado lejos, solo más cerca de entender lo que vales. Si algún día escuchas que el príncipe renunció a un matrimonio por amor, sabrás que fue por ti. Tu verdad me enseñó a ser libre. Ah.
Lucía dobló la carta y la guardó junto al anillo de pan. Esa noche, mientras las campanas del convento tocaban, miró el cielo y susurró para sí. Ojalá algún día regrese, no como príncipe, sino como el hombre que conocí en la cocina.
El viento sopló entre las ventanas y, por un instante creyó oír una voz lejana responderle. Pero al amanecer siguiente, cuando las monjas se preparaban para abrir las puertas del convento, un mensajero real llegó con un estandarte dorado y una orden sellada con el escudo del rey. Lucía se quedó inmóvil mientras el mensajero leía en voz alta, “Por decreto real, se convoca al regreso del príncipe Alejandro de Borbón a Castilla para anunciar un nuevo destino que cambiará el futuro de la corona.
El regreso del príncipe fue anunciado con campanas. El pueblo llenó las calles, las banderas ondeaban y las damas se apresuraban a colgar flores en los balcones. Nadie sabía exactamente por qué volvía, pero los rumores decían que el rey había preparado un nuevo compromiso. Algunos lo veían como una celebración, otros como un castigo disfrazado.
Alejandro cabalgó hasta el palacio con el rostro sereno, aunque por dentro no sentía paz. Habían pasado meses desde su partida y nada en su corazón había cambiado. Llevaba aún el recuerdo de Lucía grabado en la memoria, como una llama que no se apaga aunque el viento la intente. El rey lo recibió en el salón principal, rodeado por ministros y cortesanos.
Bienvenido de nuevo, hijo dijo con solemnidad. Castilla te recibe con orgullo. Alejandro se inclinó. Gracias, Padre. He cumplido con lo que ordenó. Lo sé, respondió el rey. Y ahora debes cumplir con algo más importante, asegurar la paz. Los ministros asintieron. Uno de ellos avanzó con un pergamino en la mano.
El consejo ha decidido que la mejor alianza es con la familia de Aragón. Su alteza será prometido con la princesa Leonor. Alejandro no mostró sorpresa. Lo había esperado. Y si me niego. El ministro lo miró incómodo. Negarse significaría rechazar la voluntad del rey. El rey lo observó con firmeza. A veces, hijo, la corona pesa más que el amor. Alejandro respiró hondo.
Entonces, no merezco la corona. El salón se quedó en silencio. El rey se incorporó lentamente. ¿Qué estás diciendo? Que renuncio a un matrimonio sin alma. No quiero repetir la historia que casi nos destruye. Los consejeros murmuraron. El rey lo miró con decepción, pero no habló. Alejandro se inclinó, dio media vuelta y salió del salón sin mirar atrás.
Esa tarde el palacio entero se agitaba con la noticia. Algunos lo llamaban valiente, otros loco, pero él ya no buscaba la aprobación de nadie. Sabía lo que tenía que hacer. Pidió a Diego que preparara un carruaje sencillo y partió sin escoltas hacia el convento donde Lucía trabajaba. No lo hacía como príncipe, sino como hombre. El camino era largo, pero el paisaje le devolvía la calma.
Los campos de trigo se mecían bajo el viento y el sonido de las ruedas sobre la tierra le recordaba la cocina, el horno, el olor del pan. Al llegar vio el convento a lo lejos, pequeño, humilde, con muros blancos y un portón de madera. Dejó el caballo fuera y entró caminando. Una monja lo recibió en la puerta. “¿Busca a alguien, señor?”, alucía Morales. La monja sonríó.
Está en el taller horneando pan para los pobres. Alejandro siguió el aroma del pan recién hecho. Al abrir la puerta del taller, la vio de espaldas moviendo una bandeja con cuidado. Su cabello estaba cubierto por un pañuelo. Su vestido era simple, pero su postura seguía siendo la misma. Firme, tranquila, serena.
Lucía dijo él suavemente. Ella se giró. El asombro la dejó sin palabras. Príncipe, no solo Alejandro. Lucía dejó la bandeja sobre la mesa. No creí que volvería. Prometí que lo haría. Ha pasado mucho tiempo, no tanto como para olvidarte. Ella bajó la mirada. No debió venir.
Aquí no hay tronos ni coronas, solo harina y silencio. Eso es justo lo que buscaba. Lucía suspiró. No puede quedarse. Su padre lo necesita. Mi padre necesita un heredero obediente. Yo no puedo seguir si eso significa perderme a mí mismo. Entonces, ¿qué busca de mí? Preguntó con voz temblorosa. ¿Verdad? Y quizás perdón. Lucía se quedó quieta.
No tiene nada que perdonar. Yo fui quien huyó. Huiste porque tenías miedo y con razón, pero ya no hay nada que temer. Ella sonrió con tristeza. Siempre hay algo que temer, Alejandro. El amor entre nosotros sería un escándalo. Usted perdería todo. Ya lo perdí cuando te perdí a ti. Lucía intentó alejarse, pero él la detuvo suavemente por la mano. Escúchame.
El consejo quiere que me case otra vez con alguien que no conozco, que no amo, pero esta vez no lo haré. No puede desafiar al rey. Ya lo hice. Ella abrió los ojos con sorpresa. ¿Qué? Renuncié al compromiso. Les dije que no aceptaría un matrimonio por conveniencia. Lucía lo miró con incredulidad.
Eso podría costarle el trono. Prefiero perder el trono que perder mi alma. Lucía no supo qué decir. El silencio se llenó con el crepitar del horno. Afuera, las campanas del convento anunciaban la hora de la oración. Vine para pedirte que regreses conmigo dijo él finalmente. No puedo. ¿Por qué? Porque no pertenezco a su mundo.
La corte me recordará como una sirvienta que se atrevió a hablar de más. Entonces, dejemos la corte. Lucía lo miró sorprendida. Dejarla. Sí, podemos vivir lejos de todo. No necesito un palacio para ser quien soy. No diga eso. Nació para gobernar. Nací para ser libre y contigo lo soy. Lucía tembló. No sé qué decir. Solo di que me crees.
Ella lo miró a los ojos y por primera vez no vio al príncipe sino al hombre. Sí te creo susurró. Pero el rey nunca lo permitirá. Alejandro sonrió con determinación. Entonces haré que lo permita. Antes de que pudiera responder, el sonido de cascos interrumpió el momento. Diego apareció en la puerta agitado. Su alteza, el rey ha enviado soldados.
Vienen hacia aquí. Lucía se llevó una mano al pecho. Lo siguieron. Alejandro tomó su mano. No dejaré que te hagan daño. Debe irse. Si lo encuentran aquí, lo acusarán de locura. No me iré sin ti. Diego intervino. Su alteza, los soldados están cerca. Si los alcanzan aquí, no habrá escapatoria.
Lucía lo miró con desesperación. Por favor, váyase. No quiero que lo encarcelen por mi culpa. No te dejaré sola. Otra vez. Ella se apartó y habló con firmeza. Si realmente me ama, obedezca. Váyase y demuestre que puede proteger lo que siente, no con palabras, sino con acciones.
Alejandro la miró por un instante, sin saber qué hacer. Luego asintió. Volveré. Te lo juro. Se giró y salió por la puerta trasera del convento. Los cascos de los caballos resonaban cada vez más cerca. Lucía corrió hacia el taller y fingió seguir trabajando. Pocos minutos después, los soldados entraron al convento. El capitán habló con voz dura. Buscamos al príncipe Alejandro. Sabemos que vino aquí.
Lucía no levantó la vista. Aquí solo hay pan y oración, señor. Nadie con ese nombre ha pasado. El capitán la observó con sospecha, pero no encontró nada. Si lo ve, infórmelo. Es orden del rey. Así lo haré, respondió ella con calma. Cuando se fueron, Lucía se dejó caer en una silla respirando agitada.
Sabía que Alejandro no se rendiría. lo conocía demasiado bien. Esa misma noche el príncipe llegó al palacio. Estaba cubierto de polvo y cansancio. Fue directo al despacho del rey. Los guardias intentaron detenerlo, pero su mirada bastó para que se apartaran. Padre, dijo al entrar, vengo a hablarle como hijo, no como heredero. El rey lo observó con frialdad.
Ya desobedeciste suficiente por un día. No lo hice por rebeldía, lo hice por verdad. ¿Y qué verdad es esa? ¿Una cocinera? Una mujer que salvó la corona cuando nadie más lo hizo. El rey se levantó. ¿Y crees que puedes casarte con ella? ¿Convertir a una sirvienta en princesa? No lo sé, pero si no lo intento, me convertiré en un rey vacío.
El silencio se alargó. El rey se acercó y lo miró con una mezcla de enojo y ternura. Alejandro, el pueblo te admira porque creen en ti. Si haces esto, te darán la espalda. Prefiero que me odien por amar, que me aplaudan por mentir. El rey suspiró. Cansado. Hablas como tu madre. Alejandro bajó la voz.
Ella también eligió el corazón antes que la política y por eso la recordamos con amor. El rey guardó silencio. Finalmente se volvió hacia la ventana. Ve y dile a esa mujer que si acepta tu vida, yo aceptaré la suya, pero si la eliges, renuncias a todo. Alejandro sintió un nudo en la garganta. Renuncio sin dudarlo. El rey no lo miró. Entonces, no regreses mañana con corona.
Regresa con certeza. Alejandro inclinó la cabeza y salió. Antes del amanecer, el carruaje volvió a detenerse frente al convento. Lucía, que no había dormido, lo vio llegar desde la ventana. corrió a abrir la puerta antes de que nadie más lo hiciera. Él estaba allí con los ojos brillando de emoción. “El rey lo sabe todo”, dijo sin aliento. “Me dio su bendición, pero con una condición.
¿Cuál? Que si te elijo, renuncio a la corona.” Lucía lo miró sin poder hablar. Eso, eso lo cambiará todo. Ya lo cambió. Ella lo miró largo rato sin decir nada. finalmente le tomó la mano. Entonces, vámonos antes de que alguien cambie de opinión. Él sonríó y por primera vez en mucho tiempo el futuro le pareció real.
El carruaje los llevó por el camino que salía de Castilla. Atrás quedaron los muros del palacio, los títulos, los deberes. Frente a ellos solo el horizonte. Y mientras el sol se levantaba lentamente sobre los campos, Lucía apoyó su cabeza en el hombro de Alejandro. Pero al llegar al primer pueblo, los aldeanos los recibieron con flores y vítores, gritando que el rey había anunciado algo inesperado.
El príncipe Alejandro de Borbón había abdicado al trono para seguir su corazón. Los rumores corrieron más rápido que el propio carruaje. En cada aldea que cruzaban, la gente salía a mirar al príncipe que había renunciado a la corona por amor. Algunos lo aplaudían, otros murmuraban que estaba loco.
Alejandro no escuchaba a nadie, solo tenía ojos para Lucía, que miraba el camino con una mezcla de asombro y temor. No pensé que el rey aceptaría algo así, dijo ella con voz baja. Tampoco yo, respondió Alejandro. Pero cuando lo miré a los ojos, entendí que lo que más deseaba era verme feliz. Tal vez temía perderte por completo susurró Lucía. Él sonríó. Ya me perdió como príncipe, pero me ganó como hombre.
El carruaje avanzó hasta llegar a un pequeño pueblo rodeado de colinas. Allí Alejandro decidió detenerse. Bajaron en la plaza frente a una iglesia modesta. El cura del lugar salió a recibirlos. Curioso por la conmoción. Buenos días, su alteza, o debo decir señor de Borbón”, dijo con una reverencia torpe.
Alejandro negó con la cabeza. Solo Alejandro, padre, venimos a descansar unos días. Lucía bajó la mirada incómoda por las atenciones. El cura sonrió al verla. Ah, entonces ella es la razón de tanto alboroto. Bienvenida, hija. Gracias, respondió ella en voz baja. No buscábamos alboroto, solo paz.
El padre los condujo a una pequeña casa al lado de la iglesia. Tenía paredes encaladas y un jardín lleno de flores simples. Lucía se quedó observándolas sin saber si debía entrar. Es suya, si así lo desean, dijo el sacerdote. Nadie vive ahí desde hace años. Alejandro le agradeció y le dio unas monedas. Por ahora basta con tener techo y pan, dijo mirando a Lucía.
Lo demás lo construiremos después. Durante los días siguientes, el pueblo los aceptó con curiosidad. Lucía ayudaba en la panadería local y Alejandro, que ya no tenía trono, comenzó a trabajar con los campesinos. Aprendió a arar la tierra, a cargar sacos de trigo y a reír sin protocolo.
Cada noche regresaban a la pequeña casa y cenaban juntos a la luz de las velas. Una tarde, mientras Lucía sacaba pan del horno, Alejandro se acercó con las manos cubiertas de tierra. “Nunca pensé que la libertad doliera tanto”, dijo sonriendo. “Duele porque cuesta,”, respondió ella, “Pero lo que se gana con esfuerzo dura más”. Él la miró en silencio. Eres feliz aquí, Lucía dudó a veces, pero temo por ti.
Dejaste un reino. Dejé un peso. No me arrepiento. Ni siquiera cuando escuchas a la gente murmurar. Que murmuren. Ya no soy su príncipe. Lucía volvió a mirar el pan. Entonces sí soy feliz. Alejandro tomó un trozo aún caliente y lo partió en dos. En ese caso, no necesito nada más.
Pasaron las semanas y el pueblo comenzó a verlos como una pareja común. Pero en el fondo, Lucía sabía que la sombra del pasado aún lo seguía. Una mañana, un jinete llegó con una carta sellada con el escudo real. Alejandro la abrió sin decir palabra. El mensaje era breve. El rey está enfermo. Castilla necesita su presencia. Lucía lo miró preocupada. Debes volver. Es tu padre.
Si regreso, querrán que retome el trono. Y si no vas, se arrepentirá de morir sin verte. Alejandro apretó el papel. No puedo arrastrarte de nuevo a ese mundo. No tienes que hacerlo. Solo ve esa misma noche preparó su caballo. Antes de partir, Lucía le entregó un pequeño pañuelo con su nombre bordado para que recuerdes que alguien te espera.
Él la abrazó. Prometo volver pronto. Durante días no hubo noticias. Lucía continuó trabajando, aunque el horno se le hacía más pesado y las noches más largas, hasta que un día un mensajero del palacio llegó al pueblo, preguntó por la casa junto a la iglesia y entregó una carta en mano. Lucía la abrió con el corazón temblando. Mi padre descansa ya en paz.
Castilla me ofrece de nuevo la corona, pero aún no he respondido. Si decido quedarme, perderé lo que más amo. Si renuncio otra vez, perderé lo que juré proteger. No puedo decidir sin verte. Lucía se sentó en el suelo, incapaz de contener las lágrimas. Sabía lo que debía hacer. Al día siguiente tomó el primer carro hacia Castilla.
Viajó tres jornadas enteras con el rostro cubierto para no ser reconocida. Cuando llegó a la ciudad la encontró distinta, más callada, más gris. Los guardias la detuvieron en la puerta del palacio, pero uno de ellos la reconoció. ¿Usted es Lucía Morales? Sí. El hombre asintió. Su alteza dijo que si alguna vez regresaba la dejáramos pasar.
Sin preguntas, Lucía caminó por los pasillos que alguna vez la vieron humillada. Nadie la miró con desprecio esta vez. Todos sabían quién era y lo que había hecho por el príncipe. Lo encontró en la capilla, de pie frente al altar. Vestía de negro y sostenía el cetro del rey. Cuando la vio, el rostro se le iluminó. “Sabía que vendrías.
” “Recibí tu carta”, dijo ella. “No podía quedarme allá sin saber.” Alejandro dejó el cetro a un lado. El consejo exige que acepte el trono, pero no puedo hacerlo sin ti. No pertenezco a ese lugar. No quiero ser reina. Entonces no lo serás. Solo quiero que estés conmigo. Lucía lo miró con ternura. El pueblo no lo entendería. Castilla necesita a su rey.
Castilla puede tener su rey, pero yo no quiero perderte. Ella respiró hondo. Tal vez haya otra forma. ¿Cuál? Gobierna por un tiempo. Hazlo en honor a tu padre. Cuando el reino sea estable, elige tu propio destino. Alejandro la tomó de las manos. Y si ese destino sigue siendo tú, entonces te esperaré. El príncipe sonríó. Prometiste esperarme una vez.
¿Cumpliste. Tal vez el cielo me dé otra oportunidad. Pasaron los meses. Alejandro asumió la corona brevemente, cumpliendo con el deber de su padre. Gobernó con justicia y sin orgullo, restauró la paz y se dio el poder a su primo más joven, asegurando la continuidad del reino.
Cuando todo estuvo listo, se quitó la corona y la colocó sobre el altar donde había jurado servir. Los consejeros lo miraron con respeto. Castilla no perderá a su hijo dijo el más anciano. Pero tal vez lo recupere como leyenda. Alejandro no respondió, solo sonrió y se retiró en silencio. Lucía lo esperaba fuera, en el mismo jardín donde se habían conocido años atrás, cuando él era un simple aprendiz.
Al verlo, dejó caer el cesto de flores que llevaba. ¿Y bien?, preguntó ella con una mezcla de miedo y esperanza. He cumplido. Castilla tiene su rey y yo tengo mi libertad. Lucía se llevó una mano a la boca. ¿De verdad renunciaste otra vez? Esta vez no fue una renuncia, fue una elección. Ella rió entre lágrimas.
Entonces, ahora, ¿qué será de nosotros? Lo que tú quieras. Yo solo quiero paz. Entonces, paz tendrás. Caminaron juntos por el jardín mientras el atardecer teñía de oro las piedras del palacio. Nadie los siguió, nadie los detuvo. La corte entera los observó desde lejos, como si entendieran que esa despedida no necesitaba palabras.
Al salir por la gran puerta, Lucía se detuvo un instante. ¿A dónde iremos? ¿A dónde empiece la vida? Respondió él. Tal vez al mismo pueblo donde el pan aún huele a hogar. Ella sonríó. El pan siempre huele a hogar cuando se amasa con amor. Alejandro tomó su mano. Entonces, amasemos juntos nuestro futuro. Lucía asintió, pero esta vez sin miedo.
El viento sopló levantando los pétalos que caían de los árboles. A lo lejos, las campanas del palacio sonaban, anunciando el final de una era y el comienzo de otra. Y mientras se alejaban, los aldeanos que miraban desde la colina contaban la historia con voz baja, como si fuera un milagro. El príncipe que renunció a la corona por una cocinera y que encontró en ella el verdadero significado de la nobleza.
Esa noche, cuando acamparon bajo las estrellas, Alejandro encendió una pequeña fogata y sacó de su bolsa algo envuelto en lino. Lucía lo miró curiosa. ¿Qué es eso? Él sonríó. El anillo de pan. Nunca lo tiré. Ella lo tomó entre los dedos. Pensé que se habría deshecho hace mucho. Al contrario, dijo él, parece que el tiempo también sabe conservar lo que se hace con el corazón. Lucía lo miró emocionada.
Entonces, ¿ya terminó todo? Alejandro negó con la cabeza. No, Lucía, apenas va a comenzar. El fuego crepitó suavemente mientras el cielo se llenaba de estrellas y en ese instante los dos comprendieron que el amor que habían salvado del palacio, del deber y de la corona, era ahora su única corona verdadera.
Pero cuando el amanecer pintó de rosa el horizonte, un mensajero apareció cabalgando desde el norte con una carta sellada en oro. Lucía y Alejandro se miraron sorprendidos cuando el hombre gritó, “Su alteza, traigo noticias del nuevo rey de Castilla que desea verlos a ambos de inmediato.” El mensajero desmontó del caballo jadeante y entregó la carta a Alejandro con una reverencia rápida. El sello dorado del nuevo rey brillaba bajo el sol naciente. Lucía observó en silencio mientras él rompía el lacre.
Sus ojos se movieron de un lado a otro leyendo con atención. Luego levantó la mirada sorprendido. “¿Qué dice?”, preguntó Lucía inquieta. “El nuevo rey quiere vernos. Dice que tiene un asunto de honor que resolver.” “De honor”, repitió ella confundida. “¿Qué puede querer de nosotros?” Alejandro dobló la carta. Solo hay una forma de saberlo.
Debemos regresar a Castilla. Lucía dudó. Y si es una trampa. No lo creo. El nuevo rey es mi primo, un hombre justo. Además, ya no tengo nada que perder y yo ya no tengo miedo, respondió ella con firmeza. Partiron esa misma mañana. El camino de regreso fue largo, pero diferente.
No había ansiedad ni secretos, solo el sonido de los cascos del caballo y el murmullo del viento. Alejandro cabalgaba tranquilo y lucía a su lado. Sentía que cada kilómetro la acercaba no al pasado, sino a un futuro que apenas comenzaba a tomar forma. Cuando por fin llegaron a las murallas del palacio, fueron recibidos con respeto.
Los guardias los saludaron sin prejuicio y un joven paje los condujo al salón del trono. El rey los esperaba de pie, un hombre joven de mirada noble. Primo saludó Alejandro inclinándose. Alejandro, respondió el rey con una sonrisa sincera. Castilla te debe más de lo que imagina.
Ya no soy príncipe, solo vine porque lo pidió y por eso mismo te respeto más. El rey hizo una seña y un sirviente trajo un cofre cubierto por un paño, lo colocó frente a ellos y lo abrió. Dentro había una corona, no la del reino, sino una sencilla hecha de ramas doradas entrelazadas. No te traje aquí para devolverte el trono, dijo el rey. Te traje para ofrecerte algo que mereces más. Libertad con dignidad.
Castilla no te necesita como rey, pero te honra como su salvador. Alejandro guardó silencio sin saber qué decir. Lucía lo miró conmovida. Y a ti, Lucía Morales, continuó el rey. El rey no te debe justicia. Tu nombre fue borrado de los registros por culpa de la traición de otros. Hoy lo restablezco oficialmente. Ya no eres sirvienta ni fugitiva.
Eres libre y honrada ante la ley. Lucía no pudo evitar llorar. Majestad, no hice más que decir la verdad. Y por eso la historia te recordará, dijo el rey. Pero hay algo más. Se volvió hacia Alejandro. En el pueblo todos cuentan tu historia. La llaman el príncipe que eligió el corazón. Quieren verte, quieren verlos.
Me piden que al menos una vez los reúna como símbolo de lo que Castilla podría ser, un reino donde el amor no tenga rango. Alejandro asintió. Si el pueblo lo desea, lo haré. El rey sonrió. Entonces, prepárense. Hoy habrá fiesta. Al atardecer, la plaza del palacio estaba llena. Las campanas repicaban con fuerza.
Las flores caían desde los balcones y la gente correaba el nombre de Alejandro. Lucía miraba todo desde la entrada. temblando un poco. “No estoy acostumbrada a esto”, susurró Alejandro. Tomó su mano. Yo tampoco, pero esta vez no hay máscaras. La multitud los vio avanzar juntos por el corredor central. En el centro de la plaza, el rey se dirigió a todos.
Castilla fue salvada por un hombre que eligió el deber sin renunciar al amor y por una mujer que habló cuando el miedo gobernaba. Hoy celebramos no una boda real, sino una unión que pertenece al pueblo. Los aplausos resonaron por toda la plaza. Lucía se cubrió el rostro abrumada, pero Alejandro la sostuvo de la mano.
Lucía Morales dijo el rey con solemnidad. Aceptas unirte a Alejandro de Borbón, no como súbdita ni como reina, sino como compañera de vida, igual en alma y destino? Lucía lo miró a los ojos. Sí, lo acepto. El rey sonrió. Y tú, Alejandro, ¿aceptas a Lucía como tu esposa y tu hogar, sin trono ni corona, pero con amor eterno, con todo lo que soy? Respondió él con voz firme. El rey levantó las manos.
Entonces que Castilla sea testigo. El pueblo estalló en vítores. Los músicos comenzaron a tocar y los niños lanzaron pétalos de flores. Alejandro giró hacia Lucía, tomó su rostro entre las manos y la besó. Fue un beso sencillo, limpio, profundo. No había poder ni deber, solo verdad. Cuando se separaron, el pueblo aplaudía sin descanso. Lucía reía entre lágrimas.
Nunca imaginé que el amor hiciera tanto ruido, dijo. El amor verdadero no se esconde, respondió él. El rey se acercó con una sonrisa. El pueblo los bendice. Vivan como quieran, pero nunca olviden lo que representan. No lo haremos, majestad, dijo Alejandro. Lucía miró la corona sencilla de ramas doradas que aún estaba en el altar improvisado.
Y esto, el rey la tomó y la colocó sobre las manos de ambos. No es símbolo de poder, sino de promesa. Que su amor sea fuerte como el oro, pero sencillo como la tierra. Lucía acarició las hojas de la corona. Entonces será nuestro único reino. Alejandro la miró con ternura. Nuestro y de nadie más. Esa noche hubo música, vino y risas.
Los campesinos bailaban, las damas cantaban y los niños corrían entre las luces. Alejandro y Lucía se sentaron juntos frente a una fogata lejos del bullicio. “¿Te das cuenta?”, dijo él. “Estamos en el mismo lugar donde todo comenzó, solo que ahora nadie nos esconde”, respondió ella sonriendo. “Y nadie podrá separarnos.” Lucía apoyó la cabeza en su hombro.
“¿Qué haremos mañana? Lo que queramos, ya no hay deberes, solo días nuevos.” Ella rió suavemente. Eso suena mejor que cualquier corona. Porque lo es, dijo él besondente. El fuego iluminaba sus rostros y en ese instante Alejandro pensó que nunca había visto tanta paz.
No había palacio ni banquete, solo ella, el olor del pan y el aire libre. Más tarde, cuando la fiesta terminó, el rey los buscó. El pueblo no los deja ir, dijo entre risas. ¿Quieren verlos bailar? Lucía se sonrojó. Yo no sé bailar como las damas de la corte. Yo tampoco, respondió Alejandro, pero aprendí a seguir el ritmo del corazón. La tomó de la mano y la llevó al centro de la plaza.
Los músicos tocaron una melodía suave, los dos comenzaron a moverse despacio, torpes al principio, luego más seguros. La gente aplaudía riendo y llorando al mismo tiempo. “Míralo”, dijo una anciana. Si el amor existe, debe parecerse a eso. La danza terminó con un abrazo largo. Nadie habló porque todos entendieron que no hacía falta. Al día siguiente, el sol amaneció brillante sobre Castilla.
Alejandro y Lucía partieron temprano, esta vez no huyendo, sino caminando juntos hacia su nueva vida. El rey los despidió en la puerta del palacio. Donde sea que vayan, Castilla irá con ustedes. Dijo. Y en su pan, mi señor, añadió Lucía riendo, prometo que siempre olerá a hogar. El rey les deseó suerte y el carruaje avanzó lentamente hasta desaparecer entre los caminos dorados.
Llegaron al pueblo donde habían vivido antes y los vecinos los recibieron con alegría. La panadería vieja seguía en pie. Lucía la miró y sonríó. Podríamos empezar aquí otra vez con harina y esperanza”, dijo él, y sin mentiras, “nunca más.” En los días siguientes, los aldeanos vieron como la panadería cobraba vida.
Alejandro amasaba torpemente y Lucía lo corregía entre risas. A veces los niños del pueblo se asomaban por la ventana solo para mirar al expríncipe trabajar con las manos cubiertas de harina. “¿Es cierto que fuiste rey?”, preguntó un niño. Por un tiempo respondió Alejandro, pero descubrí que hacer pan es más difícil y más feliz.
Lucía reía al escucharlo y que ensuciarse no le quita la nobleza. Cada noche compartían el pan recién hecho con los aldeanos. El aroma llenaba las calles y el pequeño pueblo se convirtió en un lugar de visita para quienes buscaban historias de amor verdaderas. Una tarde, mientras cerraban la panadería, Lucía encendió una vela sobre el mostrador. ¿Sabes qué día es hoy? Alejandro la miró confundido.
Nuestro aniversario, el día en que dijiste que el pan se parece a las personas, se endurece si no se cuida. Él sonríó. Entonces prometo seguir cuidándote para que nunca te endurezcas. Y yo prometo amarte hasta que el pan deje de oler a hogar. Se quedaron mirándose en silencio hasta que Alejandro la abrazó. Fuera el cielo se llenaba de estrellas.
Lucía Morales susurró él, gracias por enseñarme que la libertad no está en el poder, sino en amar sin miedo. Y gracias a ti por demostrarme que hasta un príncipe puede arrodillarse por amor, respondió ella. Se besaron una vez más, suaves, seguros, mientras el viento agitaba la llama de la vela.
En ese momento, el reloj del pueblo marcó la medianoche y las campanas sonaron llenando el aire con su música. Y así, entre risas, pan y promesas, Alejandro y Lucía encontraron el reino que siempre habían buscado, uno sin muros, sin tronos, pero lleno de amor. Porque el amor verdadero, el que nace entre el humo del horno y la sencillez del alma, nunca necesita coronas para ser eterno. Muchas gracias por haber escuchado esta historia hasta el final.
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